Cuento el vuelto, siempre es de menos
Por: Nadia Limónov

No sé si era un poema, una canción o el comentario de una persona en la micro, pero decía que el odio estaba rebalsando Chile y que la única manera de responder y atajarlo era con gestos de cariño. No lo entendí como un cariño ñoño y condescendiente, sino como responder distinto cuando más te cuesta. Mi lado radical se debate con esa idea, se cuestiona si me estoy volviendo hippie o si me atrapó la deriva espiritual del Papa y Rosalía. O peor, si me estoy pareciendo al personaje exasperante de Laura Dern en “Iluminada” (Enlightened), convertida a las ideas progresistas después de un retiro espiritual por un ataque de nervios.
Yendo al trabajo en el colectivo, en la radio hablan de la cumbre que reunirá a líderes de ultraderecha en Santiago, incluyendo al presidente José Antonio Kast. El chofer se aburre y cambia el dial al chisme de la semana: Coté López y Gala Caldirola. Me disocio y sigo pensando que la crueldad de los tiempos actuales nos metió en la licuadora del individualismo, incluso, a quienes siempre hemos creído en que las cosas se pueden hacer mejor en grupo, aunque los grupos estén escasos y cueste juntarse hasta con los amigos una vez al año.
Ayer una persona en silla de ruedas se acercó al lugar donde estaba almorzando. Era un restaurante cuico en Santiago. En la pega me habían dado un vale para canjear algo en ese lugar, convenios y cosas para ahorrarse costos. Sentada en una esquina vi al señor pasar de mesa en mesa pidiendo plata mientras mostraba la foto de una niña en su teléfono. La gente se inquietó, el hombre les lanzaba el discurso y ellos se negaban, decían que no tenían nada. Cuando llegó a mi lado, mi respuesta fue automática: “no, sorry”. Lo seguí con la mirada hasta que llegó al otro lado, donde estaba comiendo una pareja de rubios. Le hablaron en inglés y le dijeron que no entendían. Cuando el hombre se giró, se partieron de risa, claro que le habían entendido.
La escena me hizo estallar la cabeza. Busqué en la cartera las dos lucas que tenía para comprarme una palta para el desayuno. Caminé hasta él y se las pasé. Miré a mi alrededor y todo el mundo seguía en lo suyo. No lo hice por caridad, porque no creo en la caridad. No lo hice porque creyera en su historia, a mí qué más me daba si se compraba un pito o un paquete de fideos para sus cabros chicos. Lo hice porque no quería parecerme a toda esa gente.
Le pregunté a mi polola si me estaba convirtiendo en Giorgio Jackson y eso de la superioridad moral me había escalado a la cabeza. Me respondió que “a lo mejor”, pero que en realidad la cuestión era el porqué se habla tan poco de la inferoridad moral de los cuicos y de la derecha. No por no soltar las lucas, sino por no soltarlas y burlarse en la cara de la gente. Nos acordamos de “Machuca” y seguimos divagando con un tecito.
Hoy en la mañana fui con la misma inquietud donde una amiga que vende alfajores en el Metro. Sí, en la lista de precarizados de mi WhatsApp, me pareció que su opinión podía iluminar mis dudas existenciales. Me contó que, aunque se hiciera pocas monedas, si alguien le pedía por ahí, igual le tiraba unos pesos. Que siempre hay alguien que está peor que tú, que hasta con unas chauchas le puedes arreglar el día a alguien.
Hace no tanto tiempo fui a dejar una encomienda a Chilexpres. Delante mío, una mujer le estaba reclamando a los gritos algo a la cajera. La trabajadora intentaba explicarle las fechas de entrega, pero la mujer subía y subía el tono. Estuve al filo de intervenir, esperando que le dijera algo ofensivo, pero la cosa quedó ahí. Miré a la niña y le hice una mueca de solidaridad. Cuando me tocó a mí, redoblé mi amabilidad, como intentando con mi actitud sanar a esa mujer por el mal rato. ¿Lo hice por mí o por la desconocida?
Seguramente muchos y muchas habrán escrito de ese sentimiento, le habrán puesto conceptos, nombres; lo habrán investigado desde las ciencias sociales y el humanismo. Otros lo definirán desde la militancia política.
Anne Dufourmantelle escribió sobre el poder de la dulzura, pero no la que te enseña el mercado cuando te habla del bienestar individual y vida plena, como de comercial de Isapre o alarmas antirrobos para tu casa pareada. La filósofa hablaba de dejar tocarse por el mundo y relacionarnos con los demás en contra de la dureza que se nos exige.
Y no hablo de tirarle flores a la policía en una protesta, ni de abrazar a un carabinero como símbolo de reconstrucción de la patria. Hablo de estar atentas entre nosotras, parias del mundo, precarizadas laboralmente, temerosas de tomar un Uber y aparecer muertas en un peladero. Hablo de pararle los pies a los prepotentes, a que no te cambie la violencia del otro, sea el presidente, tu jefe o tu compañero sapo, que te quede cariño para dárselo a un tercero que está dispuesto a recibirlo.
Vuelvo a mi casa cerca del Metro Pajaritos. Cruzando la calle, una señora se instaló con un toldo a vender completos. Antojada, esperé para pagar en la fila. De repente, un viento fuerte levantó las patas de la carpa. Dos de los que estaban ahí se lanzaron rápido para evitar que se volara. La señora se asustó, pero los cabros le ayudaron a sostener los fierros con un par de piedras que fueron a buscar a la plaza. Se comieron los completos ahí mismo y se despidieron con un “estaba súper rico”.
No sé si era un poema, una canción o el comentario de una persona en la micro, pero decía que el odio estaba rebalsando Chile y que la única manera de responder y atajarlo era con gestos de cariño.

