El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Naya Fácil, Josefa Sáez y El Chino: ¿armas de distracción masiva?

Por: Álvaro Ortiz

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Nobody Likes Me” (“A nadie le gusto”), Banksy

Naya Fácil se dirigió esta última semana a sus más de 2 millones de seguidores en Instagram y amenazó con abandonar las redes sociales después de una seguidilla de polémicas que incluyó la exposición de su nuevo penthouse en Las Condes, un choque y un video conduciendo a más de 200 kilómetros por hora en su Tesla Cybertruck rosado, uno de los autos más caros que circulan por este país. Alegando estar “aburrida” porque “todo lo critican”, posteriormente tomó la decisión de irse de Chile para “recargar energías”.

Josefa Sáez recorrió una versión distinta del mismo circo. Tras las críticas por darle wasabi a su perro junto a su padre, reapareció con disculpas, mensajes de aprendizaje y, más tarde, el clásico de explicar lo dura que se vuelve la vida del influencer cuando los actos tienen consecuencias. Habló del odio, de las amenazas que recibió y de cómo todo eso terminó afectando su imagen, haciéndola sentir mal consigo misma y cerrándole contratos, entre ellos, la colaboración con Falabella que le había permitido lanzar una colección de ropa con su nombre. Todo a los 22 años, una edad en que para muchos conseguir el primer trabajo sigue siendo una preocupación bastante más crítica.

Y unas semanas antes estuvo “El Chino”. Manuel Orellana, pasó de una noche de carrete a quedar seis días aislado en el Cajón del Maipo junto a dos mujeres y protagonizar un operativo de rescate que costó más de 100 millones de pesos. Reconoció su imprudencia, pidió disculpas y, en menos de una semana, ya había llegado a la portada de “Las Últimas Noticias”, protagonizado una campaña publicitaria para una botillería y participado en un evento masivo convocado en torno a su nueva fama.  También se sabía que registraba más de veinte causas judiciales, entre ellas violencia intrafamiliar y conducción en estado de ebriedad, lo que no fue muy relevante para ninguno de los hitos mencionados. 

Son casos distintos y sería absurdo comparar las responsabilidades de cada uno. Pero hay algo sumamente frustrante en el que yo no haya buscado ninguna de estas tres historias y, aun así, no haya podido evitar toparme con ellas. Estaban en Instagram, TikTok, los portales de noticias, los matinales, los memes enviados y las conversaciones de gente que, en su mayoría, tampoco decidió voluntariamente interesarse en ellas, pero que tampoco rechazó la oportunidad de indignarse, reírse o analizarlo como lo estoy haciendo ahora.

La relación que tenemos con estas figuras es desigual y, en buena medida, no consensuada. Estar en redes hoy supone habitar un flujo permanente donde una noticia, una tragedia, un anuncio y la intimidad de un desconocido compiten por nuestra atención bajo la misma lógica, mientras los algoritmos premian aquello que consigue retenerla. Y mientras para nosotros esa exposición puede ser apenas una consecuencia de estar conectados, para ellos puede convertirse en una fuente de ingresos, reconocimiento o, incluso, poder. Según la última encuesta 5C de Cadem, un 58 por ciento de los chilenos sigue al menos a un influencer y, entre ellos, un 78 por ciento consume sus contenidos todos los días o varias veces por semana. 

Cuando Naya Fácil dice que ser influencer es “la mejor profesión” que pudo haber elegido, la frase es totalmente sincera respecto de su experiencia y bastante ignorante de casi todo lo que ocurre fuera de ella. Además, tiene razón en que nadie debería vivir sometido al odio constante ni convertir cada error personal en un linchamiento. Pero, lamentablemente, ignora que ella misma construyó su forma de ganarse la vida sobre una exposición donde entre Nayadeth y Naya Fácil, la persona y la marca, prácticamente no existe diferencia. 

Sin embargo, la dimensión económica ayuda a entender por qué alguien estaría dispuesto a asumir ese costo. El estudio de Not Media “No es un hobby: es un trabajo de innovación” sitúa en torno a $1,6 millones el costo promedio de una publicación pagada entre creadores que trabajan con marcas. Con al menos tres colaboraciones de ese nivel, un influencer puede alcanzar ingresos mensuales de entre 5 y 6 millones.  

Cabe aclarar que cobrar por hacer contenido no es ningún pecado en estos tiempos. Lo incómodo es que esos montos existen en la misma economía donde estudiar durante años, acumular experiencia o sostener trabajos mucho más indispensables que nuestro entretenimiento sigue sin garantizar siquiera una estabilidad razonable. 

Un 74 por ciento de los encuestados por Cadem estuvo de acuerdo con que Josefa Sáez perdiera su contrato con Falabella, y sospecho que buena parte de ese desenlace tiene menos que ver con exigir perfección que con una pregunta que rara vez se hacen los mismos influencers: ¿qué era exactamente lo que aportaba desde la posición que había conseguido? Después de convertir su día a día en un producto de consumo, quizás el golpe más incómodo sea descubrir que, cuando ese producto deja de gustar, no había mucho más detrás que lo estuviera sosteniendo.

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