El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Quiero hablar, pero no contigo: ¿por qué se volvió tan fácil contárselo todo a una máquina?

Por: Felipe Díaz Gómez

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 13

Una joven que atiendo desde hace un año llega un martes y me dice que quiere leerme algo. Saca el teléfono, busca, y lee en voz alta tres párrafos sobre su semana: lo que le pasó con su jefa, lo que no le dijo a su pareja, la sensación de estar administrando una vida que no eligió. Está muy bien escrito. Su relato es, por fin, preciso, ordenado; incluso amable. En la mitad del segundo párrafo se quiebra y llora. No los escribió ella. Los escribió una máquina a la que le contó todo eso la noche anterior.

El llanto era verdadero. Eso es lo primero que hay que aceptar, porque todo lo demás depende de tomarlo en serio: lo que la conmovió fue estar tan bien descrita.

En los últimos meses empecé a notar esto con frecuencia. Las personas hablan de inteligencia artificial, y llegan a la terapia después de haber hablado con ella. Traen el asunto ordenado, con antecedentes y con hipótesis. A veces, con una formulación tan pulida que cuesta encontrarle un borde por donde entrar. Hicieron antes, en otro lugar, algo que solía hacerse aquí. Más allá de la queja gremial que eso podría motivar, hay un hecho más grande y menos evidente: se desplazó el destinatario. Cuando alguien siente la urgencia de decir algo que le pesa, hay un instante en que elige a quién decírselo, y ese instante cambió de resultado en muy poco tiempo. No hubo una decisión cultural al respecto. Hubo millones de decisiones privadas tomadas a horas inconvenientes.

La explicación más elegante puede ser también la más sospechosa: la inteligencia artificial no apareció porque necesitáramos hablar con máquinas, apareció porque cada vez resulta más difícil hablar con personas. Por supuesto, hablar con personas fue siempre difícil. No hubo nunca una época en que la gente dijera con facilidad lo que le importaba. Si la dificultad fuera la causa, esto habría ocurrido hace siglos.

¿Qué es, entonces, lo difícil? No es hablar. Hablar es fácil y lo hacemos todo el día. Lo difícil es dirigirse a alguien que no está hecho para escucharnos. Quien nos escucha estaba haciendo otra cosa: su atención hay que sacarla de algún lado, y ese lado es su propia vida. Un interlocutor humano tiene siempre otra parte. La expresión dice más que estar ocupado. La atención de alguien no aparece, se retira de algo, y todo préstamo tiene plazo: un amigo que nunca está cansado es tan verosímil como un amigo que nunca tiene hambre.

Pero lo decisivo es otra cosa, que suele mencionarse al pasar y merece el centro. El otro desea. No en un sentido romántico: desear significa aquí que quiere algo, que ese algo no es exactamente lo que yo quiero, y que por eso no coincide conmigo. Y hay una vuelta que lo hace mucho más interesante, y que bien conocen los psicoanalistas: tampoco coincide consigo mismo. Nadie sabe del todo qué quiere. La persona que me escucha se contradice, se sorprende de lo que acaba de decir, quiere dos cosas incompatibles el mismo martes, se le escapan palabras que no había planeado. Su deseo no es una voluntad clara apuntada hacia mí, es una falta que ella misma no administra. Lacan lo dijo de la manera más económica posible, que el deseo es siempre deseo del “otro”, y le puso enfrente una pregunta de dos palabras, che vuoi?, “qué quieres”, que nadie contesta del todo ni sobre el otro ni sobre sí mismo.

De esa doble opacidad viene lo único que una conversación puede dar y que no podemos darnos solos: que se nos escape algo. Una máquina puede sorprenderme perfectamente, decirme algo que no sabía, conectar dos cosas de mi historia que nunca había puesto juntas. Lo que no consigue es que me sorprenda lo que digo yo. Frente a alguien que desea, uno se escucha decir cosas que no había planeado: la frase sale torcida, se equivoca de nombre, deja ver un rencor que no venía en el programa. Ocurre porque enfrente hay alguien opaco, que quiere algo, ante el cual uno se está posicionando sin saberlo. A la máquina no se le escapa nada. Y por eso, hablando con ella, a uno tampoco.

Hay que dar vuelta ahora un supuesto que sostiene casi todo lo que se dice sobre escuchar. Solemos imaginar que primero uno tiene algo dentro, después lo dice, y después alguien lo recibe con mayor o menor fidelidad. La escucha aparece como un recipiente: más abierto, más angosto, más limpio. No funciona así. Nadie cuenta lo mismo a su madre, a un amigo, a un desconocido, a alguien que lo desea, y esas versiones no son copias deformadas de un original que estaba adentro esperando salir. Piénselo con una pelea cualquiera. La que uno le cuenta a su hermana sale cargada de historia familiar, porque ella conoce a los personajes y va a tomar partido. La que le cuenta a un amigo del trabajo sale más justa consigo mismo, más divertida y con menos culpa. No son dos relatos de la misma pelea. Son dos peleas distintas, y ninguna de las dos es la verdadera, porque la verdadera no existía antes de ser contada a alguien. Cada versión es otra cosa, producida en presencia de quien escucha. La escucha no es un vaso. Es un molde. No hay original.

El problema se desplaza entonces por completo: la pregunta no sería cómo escucha un interlocutor sin otra parte, sino qué nos hace decir. Lo escucho tres o cuatro veces por semana en el diván. Relatos excesivamente coherentes, presentables, terminados al primer intento. Un habla que no tuvo que pelear por lo dicho, que nadie entendió mal, que no fue interrumpida en el momento incómodo, que no tuvo que sobrevivir a que enfrente hubiera alguien con sus propios asuntos. Un habla que no le pasó por el cuerpo a nadie. Un habla terminada antes de haberle sido dicha a alguien.

Con esto se puede volver al martes, porque ahí quedó una pregunta sin abrir: ¿estaba efectivamente bien descrita? Un texto escrito por alguien que no quiere nada está hecho por completo del material que se le entregó, ordenado según los criterios que uno mismo insinuó al entregarlo. Su precisión es retrospectiva: parece exacto porque nada viene de afuera. Cuando quien nos describe desea algo, la descripción trae siempre un excedente que no encaja; mi madre me describe y hay una frase que me ofende, y esa ofensa es la prueba de que había alguien ahí. La descripción hecha por un otro sin deseo no ofende nunca, y por eso se siente justa, como es justo un espejo: no agrega nada. Sospecho entonces que lo que la conmovió no fue verse comprendida, sino verse terminada. Una buena descripción de alguien es casi siempre una que ese alguien no puede aceptar del todo, y que deja un borde por donde seguir discutiendo consigo mismo. Ella recibió un retrato sin resto molesto, y el alivio de un retrato así es enorme. También se llora con una descripción falsa, si está bien hecha; para eso existe el melodrama. El deseo de quien escucha es lo que introduce en la descripción algo que no vino de mí. Sin él, ser descrito y describirse son la misma operación con mejor redacción.

Aparece entonces la pregunta que este fenómeno vuelve formulable, y es la única que me interesa sostener: ¿qué deseo satisface exactamente una conversación con alguien que no desea nada? Porque algo satisface, y con una eficacia que no se explica por moda ni por flojera.

La primera respuesta disponible es que no juzga. No me parece suficiente. Esa cosa evalúa todo el tiempo, ordena, jerarquiza, corrige, sugiere; hace lo que hace un juez. Lo que no hace es importar. El juicio de un desconocido en la calle no duele; el de mi hermana, sí. Y hay un argumento más simple: hace décadas que existen dispositivos que prometen escucha sin juicio, estaban disponibles, se podían pagar, y nadie los confunde con esto. “No me juzga” es una manera imprecisa de decir que su opinión no me cuesta nada, y eso no es una propiedad del juicio: es una propiedad del deseo ausente.

La segunda respuesta es la disponibilidad. Cualquiera ha tenido un amigo que insiste con que lo llame a cualquier hora, y sabe que uno no llama: la disponibilidad ofrecida con entusiasmo es ella misma una demanda, y usarla endeuda. Lo que alivia es la disponibilidad sin nadie que quiera que la use.

La tercera respuesta es el anonimato, y parece refutarse sola, porque uno le entrega a esa cosa nombres, direcciones, diagnósticos, infidelidades, y ella lo recuerda todo. Sigue siendo anónima, sin embargo, en el único sentido que importaba. El anonimato nunca consistió en no ser identificado; fue siempre la garantía de que después nadie iba a querer nada de mí por lo que dije. El desconocido del metro no servía por desconocido, servía porque se bajaba en la próxima estación. Esto sabe mi nombre y es anónimo igual, porque saberlo no le cuesta nada. El anonimato es el nombre que le dimos a la ausencia de deseo cuando solo podíamos conseguirla de extraños.

Las tres respuestas apuntan al mismo lugar. Lo que satisface es la posibilidad de ser escuchado sin ser deseado. Hablar sin quedar expuesto a que el otro quiera algo: que me necesite, que me pida lo mismo mañana, que se decepcione, que llore antes que yo, que se afecte demasiado, que use lo que le conté en la discusión de diciembre. El deseo del otro es la fuente de todo lo que vale en un vínculo y a la vez su parte insoportable, porque es lo que vuelve peligroso decir. Durante siglos ese peligro fue el impuesto que pagábamos por importarle a alguien. Acabamos de encontrar la manera de no pagarlo. Y lo que se descubrió ahí no tiene que ver con la soledad: hablar volvió a ser fácil en el momento exacto en que dejó de tener consecuencias.

Hay una empresa. Decir que del otro lado no hay nadie que quiera nada es falso en un sentido bien concreto: hay una arquitectura diseñada para que la conversación siga, para que uno vuelva mañana, para que la costumbre se convierta en suscripción y el desahogo en dato. Nunca hubo tanto deseo depositado sobre una conversación privada. Lo que pasa es que ese deseo no está en el interlocutor: está en la infraestructura, y la infraestructura no se decepciona, no reprocha, no pide explicaciones. Cobra. El deseo del otro no se suspendió, entonces, se cambió de lugar. Se fue a un sitio donde ya no se le puede contestar, ni negociar, ni fallarle. Uno deja de deberle algo a su hermana y pasa a deberle una mensualidad a una empresa, o los datos que la reemplazan. La deuda no desapareció, cambió de acreedor, y el nuevo acreedor nunca se enoja.

La fantasía es antigua, no la inventó ninguna IA. El confesionario funcionó durante siglos porque permitía decir lo indecible a alguien que no formaba parte del mundo cotidiano de uno. El diario de vida, la carta que se escribe y no se manda, la hora que se le paga a un terapeuta, donde el dinero sirve justamente para no quedar debiéndole nada más: distintas maneras de hablar suspendiendo por un rato la exposición al deseo ajeno. Lo nuevo no es el deseo de un oyente sin deseo. Lo nuevo es que perdió el marco. Esas figuras eran escasas, costaban algo y terminaban, y ese límite obligaba a volver después a un mundo donde la gente sí quiere cosas. Una fantasía sin borde deja de ser un refugio y empieza a ser un hábitat.

Y un hábitat no se queda quieto. Lo que se aprende adentro se empieza a necesitar de los de afuera: que respondan pronto, que no tengan mal día, que no traigan su propia historia a la conversación, que estén cuando se los necesita y no cuando no. El doble check azul convirtió el silencio de un amigo en un dato objetivo, y dos días de demora, que antes eran la vida de alguien ocurriendo, hoy se leen como una decisión sobre mí. Cambió también el vocabulario con que acusamos. Donde se decía “puede que esté cansado” hoy se dice “no sabe escuchar”; donde se decía “tiene sus propios problemas”, hoy se dice “lo hace todo sobre sí mismo”; donde se decía “quería hablar él”, hoy se dice “no está emocionalmente disponible”. A veces la acusación es exacta y hay que hacerla. Lo nuevo es que la misma frase sirve para nombrar la manera concreta en que alguien es alguien, con sus faltas.

Hay que interrumpir aquí, porque el argumento se está volviendo demasiado redondo. Millones de personas no perdieron nada: no tuvieron nunca a nadie orientado hacia ellas, ni una vez. Para quien creció explicándose ante gente sin tiempo, esto no es la degradación de un vínculo, es la primera vez que alguien se queda. Y conviene decir de qué se trata, porque no es un rasgo de carácter: tener a alguien disponible es una condición material, requiere que en tu vida haya personas cuyo tiempo no esté enteramente vendido. Es posible, además, que descargar en otro lado la décima versión del mismo dolor mejore lo que queda en las relaciones. Quien lo afirme en cualquiera de las dos direcciones está prediciendo, no observando.

Lo que sí puedo observar es lo que pasa en el minuto cuarenta, cuando alguien dice, con culpa, como si me hubiera engañado: en realidad esto ya lo había hablado. Lo notable no es la culpa, sino lo que ocurre justo después, cuando la versión pulida se agrieta y aparece algo torpe, con lagunas, que no cierra. Ahí empieza la sesión. Y ahí el oficio tiene un problema práctico, porque ante un relato ya interpretado la primera tentación es competir, ganarle al aparato en su propio juego, y la segunda es despreciarlo, tratarlo como ruido, como síntoma, desconfirmarlo. Las dos son formas de no escuchar. Queda atender las costuras: qué palabra se repitió tres veces en un texto tan bien redactado, qué quedó afuera precisamente porque el resumen era bueno. No devolver una formulación mejor, sino la pregunta que faltaba.

Y algo más incómodo, que este fenómeno vuelve explícito. Lo que un analista tiene para ofrecer ya no es comprensión, porque comprensión hay mejor y más barata en otra parte. Lo que tiene es su propia otra parte: un horario que se acaba, un precio, un cansancio, el hecho de que quiere algo aunque solo sea que el tratamiento siga. Durante décadas eso se pensó como el residuo inevitable de que el trabajo lo hiciera una persona, una imperfección a administrar. Ahora se ve al revés. Ese resto es lo único que un aparato no puede ofrecer, y es lo que hace que hablar ahí tenga consecuencias.

Porque si toda escucha produce un tipo de habla, produce también un tipo de sujeto. El problema deja de ser cómo escucha una máquina y pasa a ser qué clase de persona produce una escucha que nunca ofrece resistencia. Alguien que no tuvo que sostener lo que dice frente a nadie, y para quien el deseo del otro dejó de ser la condición de la palabra y pasó a ser una interferencia. No un monstruo: alguien perfectamente amable, que conversa muy bien y que experimenta cada roce como un defecto de fábrica del interlocutor. No tenemos todavía coordenadas para describirlo, porque está en el porvenir. Lo único describible por ahora es la escucha que lo está fabricando.

Hay una vuelta más, porque nadie adopta un ideal solo para recibirlo. Si un buen interlocutor es el que no tiene otra parte, mi propia otra parte se vuelve una falla: mi cansancio, mi impaciencia, mi necesidad de hablar, mi deseo. La consecuencia práctica no es escuchar mejor a los demás, es ofrecerse menos, porque nadie quiere ocupar un puesto donde va a rendir mal. Disponibilidad total, atención sin resto, cero costo, ningún deseo propio que estorbe: eso ya no describe un vínculo, describe un puesto de trabajo, y es el que se nos exige hace rato. Responder el mensaje que llega a las nueve de la noche, sostener el buen clima como si fuera una tarea más, aparecer en la evaluación de desempeño calificado por la disposición y no por lo hecho. Casi nadie lo vive como una exigencia externa. Se vive como insuficiencia personal, que es la manera más eficaz que existe de que una exigencia no se discuta.

Queda una pregunta que no sé responder. Si lo que buscábamos en otra persona era, entre muchas cosas, su deseo, el hecho bruto de que quisiera algo de nosotros a pesar nuestro, y ese deseo pasó a ser el precio que ya no estamos dispuestos a pagar, ¿qué vamos a ir a buscar cuando vayamos a buscar a alguien?

Vuelvo al martes por última vez, porque hay un detalle que tardé semanas en ver. Ella tenía ese texto desde la noche anterior. Lo había leído sola, en su casa, y no le pasó nada. Lloró el martes, en voz alta, frente a mí. Para que un párrafo escrito por nadie llegara a dolerle hizo falta que hubiera alguien en la sala. Todavía no sé si eso es una buena noticia o solamente la última.

Los datos de la viñeta clínica fueron modificados para resguardar la identidad de la persona.

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