Amamos odiar: hambrientos de ternura, expertos en odiar
Por: Verónica Aravena Vega

Criticar se volvió la lengua común. Gozar con la caída del otro, sumarse al hilo donde se destroza a un desconocido: eso parece hoy lo normal, casi lo esperable, la manera corriente de estar entre los demás. Amamos odiar y lo hacemos con una soltura que da miedo, como quien maneja un idioma que aprendió de niño. La ternura, en cambio, se nos traba. Sale a medias, avergonzada, o no encuentra la salida. Y llama la atención, porque la ternura es lo que nos hizo humanos mucho antes que cualquier otra cosa. ¿En qué momento se nos dio vuelta la lengua materna?
Somos animales criados en el cuidado, incapaces de sobrevivir sin una mano que nos sostenga y aun así crecimos dentro de un mundo que premia lo contrario: la competencia y la sospecha de quien está a tu lado. Freud describió el amor y el odio como dos caras de una misma energía volcada hacia los otros; la ternura es ese amor bajado a lo diario, el gesto hacia el otro. Cuando a esa energía le tapan la cara tierna, no se evapora, sigue empujando en busca de otra salida. El odio tiene raíces propias, no nace solo de ahí, pero se engorda con toda esa capacidad de vínculo que no encontró dónde posarse. Odiamos también con la fuerza que nos sobra de no poder cuidar.
Ese cauce baja siempre. La causa real de nuestra rabia vive lejos y bien protegida, blindada por el dinero y por la distancia: quien especula con la vivienda mientras una generación entera arrienda habitaciones, quien recorta el sueldo de medio país desde un directorio al que nunca vamos a entrar. A esos no los alcanzamos. La rabia igual necesita salir y se corre hacia lo que tenemos cerca y no puede devolvernos el golpe: el venezolano recién llegado, el compañero al que despidieron la semana pasada. Es lo mismo que llegar reventado del trabajo y gritarle a la que está lavando los platos. Freud lo llamó desplazamiento: el afecto que no puede ir a su objeto se descarga sobre un sustituto que no ofrece peligro. Cambiamos el blanco porque el verdadero da miedo y el falso queda a mano.
¿Y si ese odio contra el de abajo fuera menos un exceso que una tarea que cumplimos sin saberlo? En el desvío se cuela un placer que casi nadie confiesa. Alicia Valdés lo trabaja en su libro “Política del Malestar”; bajo el decir “algo habrán hecho” más sereno, respira una satisfacción sádica, el gusto callado de comprobar que a otro le fue mal tal como esperábamos. Es un calorcito breve en el pecho, el mismo con que se saborea una venganza chica. Ese placer no busca dejarnos bien, busca repetirse y por eso volvemos noche tras noche al mismo comentario que nos amarga. Como se disfraza de justicia, casi no lo pillamos. Nos creemos del lado correcto mientras pegamos hacia abajo.
Que funcionemos así le sirve a gente muy concreta. Al político que gana con el miedo le conviene que la bronca caiga sobre el migrante y no sobre quien vació las arcas del Estado. Al dueño de la empresa le sirve que sus trabajadores se vigilen entre turnos en vez de mirar hacia su oficina. Ninguno inventa nuestra rabia, la encuentra ya cargada y solo nos señala adónde apuntar.
El desprecio además se enseña desde arriba. Cada vez cuesta más encontrar a un político que discuta con otro sin tratarlo como enemigo a liquidar por el solo hecho de pensar distinto. Vemos a un ministro humillar a un diputado en cámara y al día siguiente al diputado celebrar la caída del ministro. El ida y vuelta se repite en horario estelar hasta volverse la forma normal de hacer política. Cada uno de esos gestos le da permiso a quien mira: si allá donde debería estar el ejemplo todo se resuelve a golpes de desprecio, despreciar al vecino que vota diferente parece lo más lógico del mundo.
Hacia arriba, mientras tanto, casi no apuntamos. Al poderoso no lo alcanza ningún comentario indignado ni lo desvela ninguna tragedia ajena. Cuando alguno cae, cae con red, con la fortuna intacta y una entrevista de perdón esperándolo a la vuelta de la esquina. Ahí está lo que mantiene el bucle girando: como los de arriba nunca pagan, la rabia no encuentra jamás su blanco verdadero y vuelve a caer, un día tras otro, sobre el que ya está en el suelo.
Pregúntate una cosa. Después de dejar el comentario más filoso, del que estuviste orgulloso dos minutos, ¿dormiste en paz? Seguramente no. La descarga dura lo que dura el pulgar sobre el teclado y lo que viene después es una boca seca y el cuerpo todavía cargado, buscando a quién más. El odio no descansa a nadie. Deja una resaca sorda, la sensación de haber empujado con todo el peso una puerta que sigue exactamente donde estaba. Nos enseñaron que amar cuesta y odiar alivia, cuando en realidad el odio nos deja más solos y cansados y aun así lo repetimos porque es lo único que el sistema dejó a mano.
La ternura que nos queda, la que no se transforma en odio, el sistema también la administra. Dufourmantelle escribió que el poder económico parte la dulzura en dos y se queda con la mitad manejable, la reducida a producto. Es la del video del gato que se duerme en una mano entre dos noticias del matinal: nos enternece, se apaga apenas cerramos la aplicación y no nos pide que cambiemos un solo hábito. Una migaja que nos mantiene blandos sin que nada se mueva de lugar.
La otra mitad, la que servía para algo, quedó arrumbada y es la única salida del bucle. Dufourmantelle la describía como la ternura que desarma tanto a quien la da como a quien la recibe, la que abre una herida por donde entra el otro. No se gasta en el video tierno de tiktok, se pone donde molesta y empieza en algo pequeño: pasarle el número del abogado laboral al compañero que van a echar, quedarse en la puerta cuando llega la familia que nadie quiere en el edificio. Pero el sistema no le teme al gesto suelto de una persona buena, le teme a que ese gesto se junte con otro. La ternura que de verdad lo desvela es la que se organiza: la olla común, las vecinas que frenan un desalojo entre todas. Ahí el cariño deja de ser una virtud privada y se vuelve fuerza y hace lo único que el sistema no puede permitir: deshace el desplazamiento. Cuando al venezolano empezamos a mirarlo como uno de los nuestros, la rabia se queda sin víctima fácil y sube, por fin, hacia donde debió ir desde el principio.
Nadie desaprende el odio en una noche. Pero el día que empecemos a gastar la ternura en las personas que tenemos al lado y no en pelear con extraños en una pantalla, la rabia se va a quedar sin excusa y va a mirar, por fin, hacia arriba.

