La escuela y la libertad de elegir qué niños dejar afuera

Por: Pablo Castro Carrasco
Dos titulares, la misma semana. Uno: el Gobierno quiere que los colegios vuelvan a elegir a sus alumnos. Otro: los gritos de auxilio ante la crisis de salud mental que afecta a la niñez chilena. Parecen noticias distintas. No lo son. Mirémoslas juntas. Una culpa al niño: su fragilidad, su psiquis rota, su familia que falló. La otra culpa al sistema: la tómbola, el azar, una ley que no permite elegir. Internalismo de un lado. Externalismo del otro. Caminos opuestos que terminan en el mismo sitio. Cualquier parte menos la que importa.
Porque los problemas de la escuela no viven en la cabeza de un niño, ni tampoco en el diseño de una ley: viven entre las personas. En lo que ocurre cuando un profesor enseña, cuando dos compañeros comparten banco, cuando una escuela mira a las familias de su barrio. Y es justo ahí donde nadie quiere mirar, porque obliga a preguntarnos: ¿qué estamos dispuestos a construir juntos?
Lo digo sin posicionarme desde afuera. Hace poco pagué mi cuota para cerrar el acceso a mi calle y, de paso, a una plaza pública durante la noche. Tenía razones, la seguridad, junto con las razones de siempre, esas que todos esgrimimos. Pero el gesto fue ese: frente a lo que inquieta yo contribuí a levantar una reja. Porque excluir tranquiliza.
La reforma al SAE es esa misma reja a escala nacional.
El proyecto permite seleccionar a los colegios con más postulantes que cupos: tomando en cuenta el rendimiento desde séptimo, realizar entrevistas, la adhesión al proyecto, haber ido a las reuniones informativas. Todo esto lo venden como libertad, como modernización, como devolverle la elección a las familias. Suena bien en el papel, pero la evidencia dice otra cosa: seleccionar segrega y concentra las ventajas en quienes ya las tenían.
En Chile hay un dato interesante: la selección de los colegios subvencionados explica hasta el 20 por ciento de la ventaja de estos sobre los establecimientos públicos. Una quinta parte de su supuesta superioridad no es enseñanza, es admisión. No producen mejores alumnos, sino que eligen a los “fáciles de enseñar”.
¿Y el rendimiento académico, el premio que lo justificaría todo? No aparece. En la educación obligatoria, los sistemas que seleccionan no rinden mejor que los que no seleccionan. Hubo un caso chileno en el que una escuela selectiva agregaba valor, sí, pero ese valor era casi igual para quienes aceptaba y para quienes rechazaba. Tanto para la idea de que la selección mejora las cosas por un “mejor ajuste” entre el alumno y el proyecto. Lo poco que mejora viene de los pares, de con quién te sientas, no del filtro de entrada. Es decir, a un niño lo hacen crecer los demás niños, no lo hace crecer estar lejos de ellos.
Falta el costo que nadie menciona: las entrevistas, los exámenes, los trámites presenciales, las reuniones a las que hay que ir sí o sí. Cada requisito es un peaje, y lo paga más caro la familia que tiene menos tiempo y/o menos recursos. Las familias pobres lo cuentan así: incertidumbre, esperas, la sensación de haber perdido antes de jugar. Entonces, el filtro no empieza en el aula, empieza antes en el formulario de postulación.
Así, vemos que la calidad no sube y que la equidad baja. ¿Qué queda en pie? Una sola cosa: la tranquilidad de no tener que convivir con lo que nos asusta.
Ahí, el alarmismo sobre la salud mental hace su trabajo. Si la infancia se pinta como frágil, rota, peligrosa para sí misma, seleccionar deja de ser exclusión y pasa a llamarse prudencia. El niño con problemas ya no es un desafío que la escuela asume, si no que es un riesgo del que el colegio debería poder defenderse. Entonces, la crisis contada así no pide construir nada: pide blindarse contra quienes la sufren.
La escuela que no filtra es de los últimos lugares donde un niño de un mundo se cruza con otro. Donde se aprende a aguantar al distinto, a sostener un vínculo con alguien que no se te parece en nada. En lo técnico, es una conducta prosocial, porque para conversar solo basta con convivir. No se trata de algo que baja por decreto, ni que florece en el aire. Es algo que pasa cuando quien va bien comparte mesa con quien va mal, cuando quien tiene todo en casa se sienta al lado de quien no tiene nada. Separarlos es no proteger a ninguno, por el contrario: los empobrece a todos, incluyendo al elegido.
Un sistema que enfrenta la “crisis” de sus niños determinando a cuáles deja entrar y a cuáles no, no resuelve ninguna crisis, solo resuelve a quién pertenece. Le dicen libertad, y la palabra es cómoda porque nos deja del lado de quienes eligen. ¿Cuántas rejas estamos dispuestos a levantar con tal de no dejar entrar a quien está del otro lado?

