El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿La sociedad se “derechizó”?: desear el orden y aceptar la servidumbre

Diseno sin titulo 2
Pavel Sokolov-Skalya, “The Final Conclusion of His Bloody Dictatorship”. 1945

Por: Diego Verdejo Cariaga

La diputada republicana Stephanie Jéldrez afirmó recientemente que “no hay que ser ningún genio para darse cuenta de que el mundo se derechizó”, que la ciudadanía pide “mano dura” y que los postulados de su sector son hoy los que “están de moda”. Más allá de su intención coyuntural, la frase contiene una intuición política relevante, y es que las sociedades no solo eligen programas y gobiernos; también experimentan transformaciones en aquello que desean.

La expresión “mano dura” no designa únicamente una política de seguridad. Es, ante todo, una imagen del poder. Una mano que separa y castiga. Allí donde la realidad aparece difícil de comprender, la dureza promete restablecer límites. Frente a instituciones percibidas como lentas y discursos incapaces de ofrecer certezas, la fuerza puede comenzar a confundirse con la eficacia, así como la severidad con la verdad.

No basta con preguntarnos por qué una sociedad gira hacia la derecha. También debemos problematizar en torno a por qué comienza a desear la autoridad bajo la forma del endurecimiento.

En El Anti-Edipo, Gilles Deleuze y Félix Guattari recuperan una antigua interrogación de Spinoza: ¿por qué los seres humanos luchan por su servidumbre como si se tratara de su salvación? La respuesta está lejos de tranquilizarnos. El autoritarismo no prospera exclusivamente porque las personas hayan sido engañadas por la propaganda o porque desconozcan sus verdaderos intereses. Como sostienen provocativamente, “las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo” (Deleuze y Guattari, 2004, p. 36).

La afirmación no significa que toda persona que reclame seguridad sea fascista, ni que todo movimiento hacia la derecha pueda identificarse con el fascismo. Esa equivalencia sería históricamente imprecisa y políticamente estéril. La cuestión planteada por Deleuze y Guattari, podríamos simplificarla diciendo que el poder no se sostiene únicamente desde arriba. Para estabilizarse debe conectarse con deseos, temores, frustraciones y formas cotidianas de satisfacción.

La dominación más eficaz no es aquella que se impone completamente desde el exterior, sino aquella que logra presentarse como una necesidad interior. Que una autoridad obligue no es suficiente. Es menester que su presencia sea experimentada como protección, que sus prohibiciones parezcan razonables y que sus castigos produzcan algún tipo de alivio.

Deleuze y Guattari afirman que “el deseo produce lo real” (2004, p. 37). El deseo no sería, entonces, una fantasía privada alojada en la intimidad del individuo. Es una fuerza social que organiza cuerpos, instituciones, discursos y relaciones. Circula por la familia, la escuela, los medios de comunicación, el trabajo y la política. Además de estructurarse mediante leyes e intereses, las sociedades lo hacen también a partir de aquello que admiran, temen y consideran intolerable.

Desde esta perspectiva, la “mano dura” ofrece algo más que un conjunto de medidas. Ofrece una experiencia afectiva. Promete volver inteligible un mundo que parece haber perdido sus coordenadas. Permite distinguir entre ciudadanos respetables y sujetos sospechosos, entre quienes deben ser protegidos y quienes pueden ser vigilados, expulsados o castigados.

El miedo, inicialmente disperso, encuentra así un objeto reconocible. La precariedad puede adquirir el rostro del migrante; la inseguridad, el del delincuente; la crisis institucional, el del funcionario público; el conflicto social, el del manifestante. El problema deja de aparecer como una trama compleja de relaciones y se encarna en grupos sobre los cuales resulta posible descargar la frustración.

En este sentido, es significativo que Jéldrez describa ciertos postulados como ideas que “están de moda”. Aunque la expresión pueda parecer superficial, reconoce que la política no circula únicamente mediante argumentos racionales. También funciona a través del contagio, la repetición y la producción de climas afectivos. Hay épocas en que determinadas palabras adquieren una resonancia particular. La crueldad puede presentarse como sinceridad; la intolerancia, como valentía (recordemos el concepto de la derecha cobarde impulsada por los republicanos) y la voluntad de diálogo, como debilidad.

Para Deleuze y Guattari, el fascismo no comienza necesariamente con la instauración de un régimen totalitario. Antes puede instalarse molecularmente en la vida cotidiana, en otras palabras, en el placer de mandar, en la voluntad de silenciar, en la fascinación por la vigilancia o en la satisfacción que produce el castigo de otro. Los grandes autoritarismos requieren de esos pequeños deseos de autoridad. Necesitan que el sometimiento sea imaginado como orden y que la exclusión pueda ser experimentada como seguridad.

Esto también interpela a la(s) izquierda(s). Explicar el avance de la derecha exclusivamente mediante la ignorancia, la manipulación o la falsa conciencia impide comprender la profundidad del fenómeno. Las personas no adhieren a promesas autoritarias únicamente porque hayan sido engañadas. Pueden encontrar en ellas una respuesta emocional a experiencias reales de inseguridad, abandono, humillación o pérdida de control.

La superioridad moral no permite comprender esos deseos y mucho menos transformarlos. No basta con demostrar que la mano dura puede ser ineficaz, injusta o peligrosa. El desafío que tenemos consiste en producir otra relación con el orden y la autoridad. Producir una seguridad que no dependa de fabricar enemigos, una comunidad que no se sostenga en la exclusión y una autoridad que no convierta la obediencia en virtud.

La lección más incómoda de El Anti-Edipo es que el deseo autoritario no pertenece siempre a otros. Puede atravesar distintas ideologías y alojarse en prácticas que incluso se consideran democráticas. Aparece cada vez que la diferencia se vuelve insoportable, que el castigo produce placer o que la existencia del otro comienza a percibirse como amenaza.

La pregunta política fundamental es por qué clase de deseos estamos produciendo. Una sociedad no se vuelve autoritaria únicamente cuando pierde sus instituciones democráticas. Comienza a serlo cuando aprende a desear su propia dureza.

  • opinion 7 e1781554474808

    Diego Verdejo Cariaga es Sociólogo y Magíster en Análisis Sistémico Aplicado a la Sociedad. Actualmente, candidato a Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Playa Ancha.

    Ver todas las entradas
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x