Ya no confío en nada, ni en nadie: la desconfianza como último acuerdo social y cómo salir de ahí
Por: Verónica Aravena Vega

Las puertas tienen dos cerraduras y un pestillo; los timbres graban en video de quien toca, y las alarmas se arman solas a las once. Cuando llega el repartidor, la aplicación pide calificarlo con estrellas antes de que alcance el ascensor y uno lo hace: cuatro, porque tardó. Hemos construido, sin habérnoslo propuesto, una vida entera en la que no hace falta confiar en nadie. Todo lo verifica una cámara, una contraseña, un puntaje. La ciudad entera funcionando como una aduana entre desconocidos que se miran de reojo y ya no como el lugar donde uno hablaba con el vecino.
Últimamente lo escucho en todas partes. En la mesa con amigas, en el grupo de la familia, en la peluquería, en la televisión de fondo: “ya no confío en nadie”, “ya no confío en nada”, “la gente está mala”, “algo se perdió”, “algo nos pasa como sociedad”. Se dice con cansancio, como quien constata el clima y, casi siempre alguien del otro lado asiente. Es lo más parecido a un acuerdo que nos queda: la certeza de que las personas empeoraron y de que lo sensato es replegarse. Que hayamos llegado todos a la misma conclusión, más o menos al mismo tiempo, debería bastar para sospechar que no la descubrimos solos.
Winnicott reflexionó sobre esto pensando en bebés. Un niño aprende a confiar cuando alguien aparece cada vez que llora, cuando el mundo responde. Si el mundo falla demasiado pronto y demasiadas veces, el niño deja de arriesgarse; se queda en guardia, con la carita atenta. La desconfianza que después parece temperamento es una herida que aprendió modales. No dice nada verdadero sobre las personas, solo lo que quedó cuando confiar salió caro las primeras veces. Cuarenta años después, seguimos con la misma carita atenta, revisando el timbre.
La herida de adultos, se reparte y se administra. A uno lo despidieron por WhatsApp un viernes a las seis. A otra el banco le cambió las condiciones del crédito con una letra que nadie podía leer. El ministro dijo que “no vio nada”, el fondo se llevó la plata de todos y nadie fue preso. Cada promesa rota fue una clase particular y aprendimos bien. Lo peor es que tenemos razón, la desconfianza no miente, no hay un solo dato falso en el expediente colectivo, es la lectura correcta de un mundo que efectivamente traicionó y esa exactitud es justo lo que la vuelve tan difícil de mover. No se sale de acá llevándole la contraria a los hechos.
La conclusión que sacamos de esos hechos ciertos es la más barata de gestionar para quien la produjo. De noche, en el sillón, el dedo baja por la pantalla. Un hombre de voz tranquila explica que nadie va a venir a salvarte, que la debilidad es una elección, que si tú no tomas lo que quieres lo tomará otro. El video tiene dos millones de vistas y se mira completo. No suena a ideología, suena a sentido común, a por fin alguien que dice las cosas como son. Cada deslizamiento del dedo deja un poco más solo y un poco más convencido de que estar solo es madurez. El teléfono entero empuja hacia el mismo punto, la marca personal y esa paz que hay que proteger y lo colectivo aparece siempre como lo que resta, la gente que hay que soltar, la familia que baja la vibra. Cortar con todos, ahí adentro, es una forma superior de quererse.
Wendy Brown levanta la vista del teléfono al país y ve lo mismo repetido a escala. Donde se desmonta lo común ya no queda pueblo sino usuarios y cada usuario vuelve a su búnker con lo que puede pagar: la propiedad, el seguro, la seguridad contratada, la app que reemplaza al vecino. Alguien cobra por cada uno de esos ladrillos, el que vende la alarma y las cámaras. La plataforma para la cual un usuario aislado, comprando sin parar su propia protección, es el cliente perfecto. El político que llega prometiendo mano dura contra un enemigo que él mismo se ocupa de que veamos en cada esquina. A ninguno le sirve que confiemos en el vecino. A todos les sirve que le tengamos miedo.
Porque el miedo hace el trabajo solo. Quien no confía en nadie tampoco se junta con nadie, y ahí está el negocio entero. Sin confianza no hay sindicato, ni asamblea, ni paro que aguante una semana, porque cada cual da por hecho que el de al lado lo venderá primero. La desconfianza general alimenta al mismo orden que fabricó las traiciones. Es su emoción preferida, la que lo deja dormir tranquilo. “Ya no confío en nadie” termina siendo el eslogan de la propia derrota y encima se vende como lucidez.
No nos equivocamos en nada de esto: tenemos razón y aun así perdimos. La salida no puede ser negar los hechos, porque los hechos están de nuestro lado. Tiene que ser otra cosa, más incómoda: correr a propósito el riesgo que los hechos aconsejan evitar. Confiar es exponerse a que el otro falle y no existe la aplicación que cubra esa pérdida. Es prestar plata sin contrato. Cuidar al hijo de la vecina, poner el nombre primero en la carta que todos firman después, sentarse en la asamblea donde no se conoce a nadie y quedarse igual. Cosas chicas, ninguna segura, todas contra el consejo que repetimos en la mesa.
De noche revisamos que todo esté cerrado. Las dos cerraduras, el pestillo, la alarma en verde. Nos metemos en la cama con el teléfono encendido, que ilumina media cara en lo oscuro. El búnker por fin conseguido y adentro no hay nadie más. Antes de armar la alarma esta noche, valdría la pena preguntarse una sola cosa. Cuando cerramos todo por dentro, ¿a quién dejamos afuera y a quién le conviene que lo hagamos?

