El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Se le salió lo poblacional”: la disforia de clase

Por: Verónica Aravena Vega

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El 5 de agosto, en el Senado, la senadora Camila Flores le gritó a la senadora Fabiola Campillai una frase que resume al país en cinco palabras: “Se le salió lo poblacional.” Antes la había tratado de “señora de feria”. La escena tenía un fondo que conviene no olvidar: Flores venía de sumarse a una bancada que le pide a José Antonio Kast indultar a los uniformados condenados por crímenes del estallido, entre ellos, el capitán que dejó ciega a Campillai de un disparo en la cara mientras salía de su casa rumbo al trabajo en 2019.

Lo que vuelve la frase digna de análisis no es tan solo la crueldad, que en el Congreso sobra. Es también quién la pronuncia. Camila Flores nació en Paillaco, hija de agricultores. Su madre viene de Nontuelá, una localidad rural de la provincia de Valdivia. Estudió en un liceo público de Casablanca y se tituló de abogada en la Universidad Andrés Bello, una de esas privadas que se llenaron de primera generación gracias al crédito. La mujer que usa “poblacional” como mancha podría ser, con la biografía corrida unos grados, la misma señora a la que insulta.

Enfrente, Campillai también viene de abajo. Trabajó de sol a sol y desde ahí llegó al Senado. La diferencia es que nunca fingió venir de otra parte. Por eso Flores le tira el origen por la cara como si fuera un defecto: entre dos mujeres que subieron desde el mismo piso, una necesita esconder de dónde salió y la otra no. En ese pasillo caben las dos maneras que tiene un país de llevarse con su propia clase.

A esa incomodidad se le puede poner un nombre prestado: disforia de clase. En la clínica, la disforia nombra la angustia de un cuerpo que no coincide con quien uno siente que es. La traigo a la clase porque no encuentro mejor palabra para ese otro malestar, el de ocupar un lugar social que no calza, ni con el origen, ni con el destino prometido. Flores es su versión a gritos: salir de un lugar y necesitar, para sostenerse en el nuevo, escupir sobre el que se dejó. “Se le salió lo poblacional” da por hecho que lo poblacional es una impureza que uno lleva adentro y que en cualquier descuido aflora y delata. Solo piensa así quien vive con el miedo de que a ella también se le note.

En la misma pelea, Flores acusó a Campillai de tener una hija delincuente, un yerno delincuente, un círculo delincuente. El movimiento se reconoce de lejos: la delincuencia se pinta siempre con cara de pobre, como si venir de abajo fuera una sospecha que uno pasa la vida entera desmintiendo. Y mientras reparte ese estigma, a Flores la investiga la fiscalía por presunto fraude al fisco, la llamada “cuota Flores”, un esquema para quedarse con parte del sueldo de sus propios asesores. El único expediente por delito que hay en esta escena lleva su firma y no la de ninguna feriante.

Flores grita lo que el país murmura. Cerca del 70 por ciento de los chilenos se declara clase media, según el sociólogo Óscar Mac-Clure, y en ese saco cabe desde el que factura 2 millones hasta el que llega a fin de mes con 600 mil. La cifra ni siquiera se queda quieta: en 2019, antes del estallido social, el 43 por ciento  se ponía en la clase media propiamente tal y dos años después ese grupo se había desplomado al 30 por ciento. Y si le pides a alguien que nombre su clase sin darle opciones, casi nadie la dice: se describe por el oficio, el barrio, la ropa. La explicación incomoda por lo simple. Decir que uno es pobre da vergüenza, decir que uno es rico también. La clase media terminó siendo el lugar donde se esconden los dos extremos. El pobre se refugia ahí para no pronunciar la palabra pobre y al rico le sirve el mismo refugio, porque adentro su plata deja de notarse. Los dos comparten la sala de espera fingiendo que entraron por la misma puerta.

Ese refugio lo construyó el Estado. Cuando el ex presidente Sebastián Piñera anunció desde el Congreso que el 70 por ciento del país ya era clase media, repartía una casilla en la que caber. Después vino el Bono Clase Media, que decretó que serlo era ganar entre 400 mil y 2 millones, un rango donde caben vidas que no se cruzan jamás. El país aprendió a mirarse con las categorías que le pasó la política pública, hechas para que casi nadie quedara fuera del centro y todos siguieran esperando un ascenso que no llegaba.

Lazzarato nombró el mecanismo: el eje del capitalismo se corrió del salario a la deuda y la deudavuelve privada una condición que es de muchos. El asalariado negociaba acompañado, con otros al lado y un patrón enfrente. El deudor rumia a solas frente a un banco, seguro de que si no puede pagar la falla es suya. El repartidor que se cree empresario de una flota de una sola persona comparte precariedad con millones, pero cada uno compite por el mismo pedido en vez de reconocerse en el de al lado. Así se fabrica en serie la disforia de clase: millones avergonzados de su deuda, igual que Flores se avergüenza de su origen. Ella lo grita en el Senado; el resto lo esconde en la cartola del banco. Como escribió Mark Fisher, el capitalismo tardío no gana por la fuerza, gana volviéndose la única realidad que uno alcanza a imaginar. En Chile se enseñó con método: treinta años de pedagogía según la cual el mérito borra el origen.

El problema no son las identidades: nombrar un daño antes invisible le cambia la vida a quien lo carga y la izquierda hizo bien en construir esos lenguajes. El problema es que crecieron mientras el de la clase se secaba, hasta dejarla muda. La razón es material. Una identidad se puede consumir: tiene estética, símbolos, un nicho al que venderle cosas y el mercado aprendió a fabricar mercancía para cada una. La clase es lo único que no se deja volver producto, porque nombrarla obliga a decir de dónde sale la plata de unos y por qué falta la de otros. Lo que no se vende, se olvida.

Flores encarna una forma de traicionar el origen: subir y patear la escalera. Existe la contraria, la del que baja a buscar un origen que no tuvo. El progresismo de apellido y colegio caro que aprende a hablar en “poblacional” y colecciona carencias como quien colecciona credenciales, porque en ciertos ambientes la falta da autoridad para hablar. Cuando alguien con patrimonio ocupa el lugar del que no tiene nada, habla por una experiencia que no vive y deja el mapa ilegible. La que reniega de su clase termina en lo mismo que el que se disfraza de una ajena: borrar las coordenadas que dejaban ver quién está arriba y quién abajo.

Con la clase vuelta identidad, cualquiera se pone la que se le antoje. El repartidor se compra a crédito la ropa del ascenso que le prometieron; a Flores le acomoda parecer que su asiento en el Senado no se lo debe a nadie. Cada uno miente con el cuerpo mucho antes de que la cuenta bancaria lo confirme o lo desmienta.

Nada de esto pide volver a la fábrica. La fábrica no vuelve y el sindicato industrial tampoco; el que quiere resucitarlos escribe nostalgia. La pregunta que queda es más áspera. Si el lugar donde la clase se reconocía ya no existe, el nuevo tendría que estar en la deuda que comparten el cajero y el repartidor sin haberse visto nunca la cara, en el arriendo que se traga medio sueldo antes de comprar comida, en el algoritmo que les cobra a todos la misma obediencia. El terreno está ahí, a la vista. Lo que falta es alguien dispuesto a pararse en él y decir su nombre.

Cuando Flores lanzó el insulto, la Confederación de Ferias Libres (Asof) respondió algo que ninguna encuesta habría anticipado: que si les dicen señoras de feria, lo reciben con orgullo, porque detrás hay décadas de trabajo. En un país donde casi nadie se atreve a nombrar su clase, las únicas que dijeron la suya sin bajar la voz fueron las que Flores quiso humillar.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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