Ni ángel ni villano: duelo y rupturas amorosas

Por: Agnieszka Bozanic
Hay relaciones que terminan dos veces. La primera ocurre cuando el vínculo se rompe. La segunda, más lenta y devastadora, ocurre cuando comprendemos que también ha desaparecido la versión de futuro que existía con esa persona.
Entonces el futuro deja de sentirse abierto y comienza a organizarse alrededor del dolor. Cuando el dolor organiza toda nuestra lectura de la relación, el otro corre el riesgo de convertirse únicamente en una explicación. Necesitamos entender qué pasó. Necesitamos ordenar el relato. Necesitamos encontrar responsables. Y entonces construimos una ficción. El que había sido ángel mientras amábamos, ahora debe convertirse en villano mientras sufrimos.
Cuando una relación termina, la tentación es precisamente reducir su complejidad a una explicación que nos permita soportar el dolor. Porque cuando una relación termina no solo perdemos a una persona, también perdemos una historia compartida, una determinada versión de nosotros mismos y una imagen del futuro que parecía posible. Por eso el duelo no consiste únicamente en aceptar una ausencia. Consiste también en reorganizar el mundo después de ella.
Y en ese esfuerzo por reconstruir sentido, la simplificación aparece como una tentación comprensible. Si el otro se convierte en villano, la historia parece ordenarse. Si todo puede reducirse a una única causa, la incertidumbre se vuelve más tolerable.
Sin embargo, Jacques Derrida plantea que siempre existe una dimensión del otro que permanece inapropiable. Algo que resiste nuestras interpretaciones. Algo que no termina de encajar ni en la idealización amorosa ni en la decepción posterior. O como advirtió Emmanuel Levinas, el otro siempre excede las categorías con las que intentamos comprenderlo.
Ni ángel.
Ni villano.
Siempre algo excede ambas versiones.
Quizás por eso cerrar una relación sea tan difícil. Porque no basta con aceptar la ausencia de alguien. Tampoco basta con renunciar al futuro que imaginábamos junto a esa persona. Hay que aprender a convivir con una incertidumbre mucho más incómoda: nunca terminamos de conocer completamente al otro. Y, sin embargo, le amamos. Quizás la tarea más difícil del duelo no sea olvidar ni perdonar. Sea, más bien, resistir la tentación de simplificar. Honrar el amor que hubo en su complejidad.
El duelo suele impulsarnos a buscar certezas. Queremos saber quién fue el culpable. Queremos entender qué era verdadero y qué no. Queremos reorganizar el relato. Pero algunas pérdidas nos obligan a convivir con algo más difícil que una respuesta, como es la ambigüedad: reconocer que una relación puede haber sido significativa sin haber sido para siempre. Que alguien puede habernos lastimado profundamente sin quedar reducido a ese daño. Que alguien puede habernos amado y, aun así, habernos herido. Que una historia puede terminar sin que todo lo vivido se convierta en un error. Que alguien puede haber representado un futuro que no ocurrió sin convertirse por ello en una mentira. Aceptar que el amor y el desamor rara vez caben en categorías limpias. Porque las personas tampoco caben en ellas.
Ni ángel.
Ni villano.
Simplemente otro.
Y quizás esa sea la forma más difícil, y más humana, de hacer el duelo.


Es un agrado visualizar un proceso tan tormentoso y destructivo con términos y conceptos que no sesgan dicha dirección que pudiera significar atravesar el duelo. Se convierte en un entendimiento del tránsito, más que una respuesta o simplificación, y eso indigna en pleno remolino, pero ofrece movimiento.