El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Contra el karaoke académico: una pedagogía después del data show

ChatGPT Image 3 may 2026 03 16 41 p.m 1

Por Camilo AZ-5

Hace no mucho tuve una conversación con un coordinador de cosas, de esos que abundan en las instituciones educativas. En tono de sorna, me preguntó por qué no usaba PowerPoint en mis clases. La pregunta parecía menor, pero contenía una teoría completa de la docencia. Para él, no usar PPT era una rareza, quizá una falta de modernidad, quizá una señal de desorden, incluso de flojera: ¿cómo se hace una clase sin proyectar algo?, ¿dónde está la materia?, ¿cómo se demuestra que el contenido fue pasado? En esa burla aparecía una institución administrada como bodega de evidencias, donde enseñar se parece menos a producir pensamiento que a dejar constancia de que se subió, mostró o distribuyó un archivo.

Lo curioso es que yo sí entiendo la fascinación por el PowerPoint, sobre todo para los millennials chilenos. No crecimos exactamente en una escuela digital, sino en una transición desigual, improvisada, profundamente chilena: laboratorios de computación con horarios restringidos y computadores lentos, frágiles disquetes en los que cabían apenas 1,44 MB, salas donde el data show era un bien de lujo y donde algo tan simple como un telón que bajaba con botón parecía tecnología de primer mundo. Veníamos del cuaderno, la fotocopia de la fotocopia, los libros agotados en la biblioteca, el profesor que escribía esquemas en la pizarra y nosotros dibujando gráficos a mano en papel milimetrado, con una paciencia que hoy parece casi arqueológica. Entonces sí: cuando apareció el PPT, impresionó. Ordenaba, iluminaba, modernizaba. Daba la sensación de que la clase entraba, por fin, al siglo XXI.

Pero esa memoria generacional es justamente el problema. Muchos docentes formados en esa transición siguen mirando el PowerPoint (o Canva para los más aggiornados) con ojos de 2006, como si proyectar algo todavía fuera sinónimo de innovación. Para los estudiantes actuales, en cambio, la pantalla no tiene aura. No es novedad, no es futuro, no es sorpresa. La proyección ya no es acontecimiento; llegan a salas con un proyector instalado, un computador conectado, una plataforma abierta y un archivo por descargar. Por eso, encender otra pantalla al frente de la sala no necesariamente convoca atención; muchas veces sólo agrega otra superficie al cansancio digital. Lo que para el millennial chileno fue modernización, para el estudiante actual puede ser ruido de fondo.

Ahí aparece una contradicción absurda: les pedimos que guarden el celular, que no se dispersen, que vuelvan a mirar, escuchar y escribir, pero organizamos toda la clase alrededor de una pantalla más grande, más solemne y más institucional. La pantalla pequeña distrae; la pantalla grande enseña. Esa diferencia es demasiado conveniente. En el fondo, muchas veces no combatimos la dependencia digital: la administramos desde la tarima. La institución castiga la pantalla del estudiante mientras sacraliza la pantalla del docente. Incluso cuando la sala se oscurece, cuando los rostros desaparecen y los cuadernos se cierran, seguimos actuando como si la nitidez de la diapositiva compensara el empobrecimiento de la escena pedagógica.

Por eso me inquietan los fanáticos del PPT; esos que lo defienden como si fuera la prueba ontológica de la clase. Porque el PowerPoint no sólo proyecta contenidos: también produce una docencia protegida, cómoda, poco expuesta. Se ha vuelto una prótesis para profesores oxidados. Ordena la memoria, evita el silencio, reemplaza la pizarra, tapa la inseguridad y reduce el riesgo de contradicción. Sin diapositivas, el docente queda expuesto: tiene que recordar, hilar, explicar, escribir, dibujar, volver atrás, responder preguntas, corregirse y aceptar que un estudiante lo obligue a pensar mejor.

Eso incomoda, claro. Pero quizá eso era exactamente una clase antes de que la convirtiéramos en karaoke académico. Si al apagar el proyector la clase se cae, quizá el problema no era la ausencia de tecnología, sino que la clase estaba sostenida por una muleta. Una clase puede estar rigurosamente preparada sin estar proyectada. Puede tener una arquitectura conceptual clara, una secuencia de problemas, autores, ejemplos, preguntas y discusión, sin depender de una pantalla permanente. De hecho, enseñar con menos PPT exige más preparación, más dominio, más estructura interna; lo que se pierde en comodidad se gana en presencia.

El PowerPoint, además, alimenta una pedagogía de la postergación. El estudiante mira, fotografía, espera que suban el archivo, se promete revisar después. La clase pierde urgencia. Ya no parece necesario comprender ahora, preguntar ahora, escribir ahora, porque todo se presenta como recuperable más tarde. Pero una clase no debe ser completamente recuperable. Si lo fuera, bastaría con enviar el archivo. Su valor está precisamente en aquello que no puede reducirse a material descargable: los énfasis, los desvíos, los ejemplos, las tensiones, los silencios, las risas, los errores y las contradicciones que aparecen en el encuentro. Una clase debe ser una experiencia irrepetible de atención compartida. Cuando la reducimos a un archivo proyectado, no modernizamos la enseñanza: convertimos la educación en una cadena de distribución de PDFs con asistencia humana. 

La cuestión, entonces, no es prohibir el PowerPoint ni fingir que la tecnología no sirve. Una imagen puede ser necesaria; a veces, incluso decisiva. Poder explicar el mundo con un globo digital, observar una ciudad, una portada de diario de hace cien años o una imagen icónica sigue teniendo potencia pedagógica. Esa tecnología todavía puede producir asombro cuando abre mundo, cuando permite ver relaciones que la palabra sola no alcanza a mostrar. El problema no es la pantalla que revela algo; el problema es la pantalla usada como plantilla obligatoria, como trámite o como reemplazo de la clase.

También sería ingenuo idealizar lo contrario: no toda clase sin PPT es buena. Existe la improvisación pobre, la divagación narcisista, el profesor que se cita a sí mismo o el que usa la clase como terapia para hablar de su divorcio, y la vieja guardia que confundió libertad pedagógica con licencia para no preparar nada. Pero justamente por eso la crítica al PPT debe ser más exigente, no menos. Se trata de retirar la prótesis sin caer en la arbitrariedad. No se trata de apagar toda pantalla, sino de devolverle criterio: usarla cuando muestra algo que la palabra, la pizarra o el cuaderno no pueden mostrar igual; apagarla cuando sólo repite, adormece o burocratiza.

Para los millennials chilenos, quizá el desafío es aceptar que la herramienta que alguna vez nos pareció mágica ya envejeció. Hoy, en una educación saturada de pantallas, lo verdaderamente radical puede ser volver a encender la sala: luz, pizarra, cuaderno, palabra, memoria, conversación, contradicción y estudiantes mirando algo más que una pared (que aunque iluminada sigue siendo una pared). La tecnología todavía puede producir asombro cuando abre el mundo; lo que ya no puede es sustituir la clase. Tal vez la pregunta no sea por qué algunos no usamos PowerPoint. Tal vez la pregunta sea por qué tantos docentes ya no saben qué hacer cuando se apaga la pantalla.

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