El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Cuando queman libros, preparan el terreno para quemar la memoria

Libros Dictadura
Militares quemando libros en las afueras de las Torres San Borja. Santiago, 1973. Archivo Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Por Sofía Varas Rojas, socióloga, especializada en salud mental, derechos humanos e infancias.

Leer nunca ha sido un acto inocente

Cada 23 de abril se conmemora el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, una fecha impulsada por la UNESCO para relevar el valor de la lectura en la vida social. Aunque suele asociarse a campañas de fomento lector, descuentos en librerías y homenajes literarios, el sentido más profundo de esta jornada está en recordar que los libros también han sido espacios de disputa política.

Es importante entender que leer no consiste únicamente en consumir información. Paulo Freire (1984) planteaba que antes de leer la palabra, las personas leen el mundo. La lectura, desde esa perspectiva, permite interpretar la realidad, reconocer desigualdades y cuestionar estructuras naturalizadas. Por eso los libros no son neutros: pueden formar pensamiento crítico y abrir preguntas incómodas.

Roger Chartier (1994) explicó que la lectura es una práctica social atravesada por relaciones de poder. No todas las personas acceden del mismo modo a los libros ni todos los textos circulan con la misma libertad. Existen bibliotecas abiertas y bibliotecas prohibidas, autores celebrados y autores perseguidos. Allí aparece la dimensión política de la cultura escrita.

Leer, entonces, no es solo un hábito individual, sino una forma de participación en la vida pública. Cuando un régimen controla libros, en realidad intenta controlar interpretaciones del mundo.

El miedo al pensamiento: la quema de libros nazi

Uno de los episodios históricos más emblemáticos de censura ocurrió en Alemania el 10 de mayo de 1933. En distintas ciudades universitarias, especialmente en Berlín, estudiantes, autoridades académicas y militantes nazis realizaron quemas públicas de miles de libros considerados contrarios al “espíritu alemán”.

Bajo esta lógica, no fue una reacción espontánea, sino una política organizada. Según el United States Holocaust Memorial Museum (2025), las obras destruidas pertenecían a autores judíos, marxistas, pacifistas, liberales y críticos del nacionalismo extremo. Entre ellos estaban Sigmund Freud, Karl Marx, Thomas Mann, Erich Maria Remarque y Bertolt Brecht.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, convirtió esas quemas en una ceremonia política. El objetivo no era solamente destruir textos, sino instalar un mensaje público: ciertas ideas debían desaparecer. La censura se transformó en espectáculo y advertencia.

Hannah Arendt (1951) analizó que los regímenes totalitarios no se sostienen únicamente mediante la represión física, sino también mediante el control del pensamiento. La eliminación de libros formó parte de esa lógica. Antes de perseguir cuerpos, se persiguieron palabras.

La frase de Heinrich Heine, escrita un siglo antes, resume con crudeza ese proceso: “Allí donde se queman libros, se termina por quemar también a las personas”. La historia del nazismo confirmó esa advertencia.

Chile y la sospecha sobre las bibliotecas

¡Te invito a hacer memoria! Vamos a nuestra historia, después del golpe de Estado de 1973, la dictadura de Augusto Pinochet desarrolló una política sistemática de censura cultural. Los allanamientos militares no buscaban solamente armas; también buscaban libros. Textos de sociología, filosofía, marxismo, historia y publicaciones vinculadas a la Unidad Popular fueron requisados, prohibidos y, en muchos casos, destruidos.

Uno de los casos más recordados ocurrió en la Remodelación San Borja, en Santiago, donde se realizó una quema pública de libros pocos días después del golpe. La imagen fue clara: el libro pasó a convertirse en objeto sospechoso.

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La editorial Quimantú fue uno de los blancos principales. Durante el gobierno de Salvador Allende, este proyecto había impulsado el acceso masivo a libros de bajo costo, acercando literatura, pensamiento político y ciencias sociales a sectores populares. Su intervención y destrucción no fue casual: democratizar la lectura también era visto como una amenaza.

Nelly Richard (1998) ha señalado que la dictadura no solo reorganizó el poder político, sino también los límites de lo que podía decirse y pensarse. Controlar la cultura era una forma de disciplinamiento social. Muchas familias escondieron libros en techos, enterraron bibliotecas o destruyeron sus propios textos por miedo.

La autocensura fue una consecuencia profunda de ese proceso. El terror no terminaba en la quema pública; continuaba en el silencio privado.

Negar la lectura libre también es gobernar

Michel Foucault (1975) explicó que el poder moderno no actúa solo prohibiendo, sino administrando saberes. Define qué discursos son legítimos y cuáles deben quedar fuera. La censura, en ese sentido, no aparece únicamente como represión visible, sino también como regulación de lo pensable.

Cuando un Estado persigue libros, no teme al objeto material, sino a su capacidad de producir pensamiento autónomo. Un lector crítico compara versiones, reconoce contradicciones y cuestiona verdades absolutas. Para los proyectos autoritarios, esa capacidad resulta peligrosa.

Pierre Bourdieu (1998) sostuvo que el acceso a la cultura también distribuye poder. Leer no depende solamente de la alfabetización, sino de condiciones materiales, legitimidad social y capital cultural. Negar la lectura libre implica reforzar desigualdades y decidir quién puede participar en la producción del conocimiento.

Susan Sontag (2003) advertía que el olvido también puede funcionar como violencia. Cuando una sociedad banaliza la destrucción cultural o desprecia la educación, naturaliza formas más amplias de exclusión. No siempre la censura llega con fuego visible; a veces aparece como desinterés, precarización o ridiculización del pensamiento.

Por eso el Día del Libro no debería entenderse solo como una celebración literaria. También recuerda una disputa histórica por el derecho a imaginar, disentir y nombrar el mundo con palabras propias.

La memoria también se defiende leyendo

Hoy te invito a recordar a todos esos autores y libros que han sido perseguidos porque conservaban memoria. Permiten registrar conflictos, sostener preguntas y evitar que una sola versión de la historia se imponga como verdad definitiva. Allí radica su potencia política.

Las dictaduras queman libros porque entienden algo que a veces las democracias olvidan: leer transforma. No de manera inmediata ni espectacular, pero sí profunda. La lectura enseña a desconfiar de lo obvio y a reconocer que toda sociedad necesita voces múltiples.

Celebrar el Día del Libro implica recordar que defender la lectura no es un gesto ornamental ni una nostalgia intelectual. Es una forma de proteger la memoria colectiva y la posibilidad de pensar en libertad.

Referencias

Arendt, H. (1951). The origins of totalitarianism. Harcourt.

Bourdieu, P. (1998). La distinción: criterio y bases sociales del gusto. Taurus.

Chartier, R. (1994). El orden de los libros. Gedisa.

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI.

Freire, P. (1984). La importancia de leer y el proceso de liberación. Siglo XXI.

Richard, N. (1998). Residuos y metáforas: ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la transición. Cuarto Propio.

Sontag, S. (2003). Ante el dolor de los demás. Alfaguara.

United States Holocaust Memorial Museum. (2025). Nazi book burnings. https://encyclopedia.ushmm.org/content/en/article/book-burning⁠

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