Ministra Lincolao: usted sigue siendo pobre

Por Javiera Garay
Ximena Lincolao, no sé si ya advertiste el golpe, pero esta semana ofendiste a casi todo Chile. Te pasaste veinte pueblos, como le gusta decir a los santiaguinos.
El neoliberalismo, el sistema, el capital, la Matrix, nos han obligado a convertirnos en seres de resistencia para no morirnos de pena. Podemos romantizar el arroz con huevo y convertir las vienesas en “pulpitos” para tragarnos con felicidad las uñas de cerdo, pero nunca vas a escuchar del que creció en piso de tierra que ser pobre le sirvió para algo. Nunca, querida amiga, escucharás a nadie vociferar lo feliz que era cuando su mamá la mandaba a dormir a las siete de la tarde porque no quedaba comida.
En el colegio había amigos que se desmayaban en clases porque ni para un vaso de leche tenían. Tú tienes 57 años, 20 más que yo. Dices que eras pobre. Me imagino que viviste los tiempos más complejos de crisis económica en Chile, el hambre que impuso Pinochet. En la vuelta a la democracia, según la Casen, había un 13 por ciento de indigentes y un 25,6 por ciento de pobres no indigentes. Los dos tramos sumaban 4 millones 968 mil 302 personas bajo la línea de la pobreza.
En esa cifra estábamos nosotros. Teníamos la dieta de la AFP: arroz, fideos y papas. Las verduras eran escasas, y ni hablar de los lácteos o las carnes. De ahí nacieron las bromas que hacemos hoy de la ropa heredada, del uniforme pirata que te compraban en la feria o que te cosía tu mamá después de llegar del trabajo. La leche Purita Cereal, y ni hablar del acceso a la salud y a la educación, donde terminar cuarto medio en un colegio técnico era motivo de celebración.
“Hasta el feto trabaja”, como cantaba Rubén Blades. Algunos vivían en una pieza en la casa de los suegros, se hacían la propia en el mismo terreno, y cuando la cosa no daba para más, se iban a una toma donde al menos podían cocinar con leña. Una vez una amiga me contó que estuvieron sin gas por muchos días, y entre los hermanos se comían los tallarines crudos con un poco de agua.
Claro que había momentos de felicidad, al menos para los más chicos que aún no eran tan conscientes de las pellejerías. Los cumpleaños con los casetes del Topo Gigio, los pancitos de huevo y jugo en polvo. Los completos de domingo de la mamá, o las sandías del verano. Los más afortunados podían llenar la piscina, esa de fondo azul con bordes de plástico que tenían dibujos de pececitos. Claro que había felicidad. Duraba momentos, hasta que la realidad te alcanzaba otra vez cuando alguien se enfermaba, y todo se volvía un deambular por los consultorios y la posta. Nos acostumbramos a paliar la fiebre con dipirona, y la tos con mentholatum (no el de los pacos, el real) y noscapina.
En esos años surgieron grandes escritores y cantautores, que conmovidos por las realidades, pudieron dejar registradas las historias de esa resistencia. Manuel Rojas, Nicomédez Guzmán, la Marta Brunet, Stella Díaz Varín o la Violeta. Sí, de la miseria nació arte, nació esperanza, nació la protesta. Pero lea bien ministra, ninguno admiraba ni se regocijaba en ella. Escribían y cantaban para nombrar a quienes la propiciaban y la mantenían para hacerse ricos.
Usted Ximena, dice que agradece el “regalo” de la pobreza. Y bueno, si se siente tan cómoda y orgullosa en esa posición, le tengo una buena noticia: usted sigue estando bajo la línea de la pobreza, de la pobreza moral. Sigue siendo pobre, porque pretende decirle al país que su caso es la regla, y que todo el que no logró construir su millonario patrimonio, fue porque “no hizo lo que tenía que hacer”, porque andaban por ahí de carrete en vez de estar “estudiando”. Sí, eso también lo dijo.
Usted es pobre ministra, pobre de visión, pobre de lo que es Chile, y más pobre de contexto. Es tan pobre que tiene la ilusión de creer que por tener más plata dejó de serlo. De aquí se la veo, ministra, cosida a la planta de los pies. Se la llevó de Maipú hasta Estados Unidos, sirvió mesas en Arlington con ella. Paseó por el River Legacy Park y fueron juntas a ver un partido en el Choctaw. La invitó a hacer un doctorado en Washington y ninguna caminata se la pudo arrancar. Cuando quiso volver a Chile, pasó la aduana sin reparos, la guardó en la bodega del avión y aterrizó con ella en Santiago, directo a La Moneda para reírse juntas de todas nosotras.

