El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Agradezcan las migajas

Tercer reporte de avances PEH en campamentos v2 1536x1152 1

Por Álvaro Ortiz

“No hay nada noble en ser pobre. He sido rico, y he sido pobre. Y la verdad, elijo ser rico cada puta vez”. La frase, atribuida al ex corredor de bolsa Jordan Belfort e inmortalizada en la película “The Wolf of Wall Street”, no tiene tanto de compleja: la pobreza no es una virtud

En ese marco, me pregunto qué respondería la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, a esa afirmación, considerando que hace unos días dijo en Radio Infinita que en su vida “uno de los mejores regalos fue haber sido pobre”.

La titular, que hoy cuenta con un patrimonio de $US 60 millones, recordó su paso por Estados Unidos y su experiencia con el llamado “sueño americano”, donde vinculó el mérito con la posibilidad de alcanzar independencia económica y realización personal a través del trabajo

Pero si eso es un “regalo”, entonces parece serlo solo cuando la historia ya tuvo un buen desenlace. Para la mayoría, en cambio, la pobreza no se convierte en experiencia, sino en una condición que se arrastra casi toda una vida.

A nivel global, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha advertido desde 2018 que la movilidad social es mucho más limitada de lo que se suele creer. En promedio, se requieren entre cuatro y cinco generaciones para que una familia de bajos ingresos alcance el ingreso medio. En Chile, pueden pasar hasta seis generaciones.

Y eso, lejos de ser una motivación, es una limitación concreta. Por ejemplo, según estudios del Ministerio de Desarrollo Social y Familia, la participación en educación superior sigue fuertemente segmentada por ingresos: mientras en el quintil más alto, más de la mitad de las personas logra cursarla. En el primer quintil esa cifra está por debajo del 20 por ciento. 

A esto se suma una inserción laboral más precaria, donde en los sectores de menores ingresos la informalidad supera el 40 por cierto, lo que limita la estabilidad, el acceso a seguridad social, y la capacidad de generar ahorro y proyectar movilidad. 

Para muchos, el problema no es elegir entre estudiar en el extranjero o tomar vacaciones -como planteó el presidente José Antonio Kast cuando habló de crisis económicas-, sino llegar a fin de mes, sostener una familia o evitar caer nuevamente en la cesantía. 

El contraste entre la realidad y el discurso del Ejecutivo no es casual, sino coherente con su manera de ver el mundo. El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, lo dijo sin rodeos al defender la rebaja de impuestos corporativos, del 27 por ciento al 23 por ciento, como motor para reactivar la economía: “el mejor regalo para la clase media es que haya empleo”

De esta manera, vuelven a forzar la idea de que basta con dar mayores facilidades a las empresa para que desigualdades persistentes y estructurales se corrijan por sí solas, aún cuando la experiencia reciente en otros países demuestra que esa promesa no se cumple. 

En Estados Unidos, durante la administración de Donald Trump, la rebaja del impuesto corporativo de 35 por ciento a 21 por ciento en 2017, fue presentada como un impulso al empleo y los salarios. Pero esos recursos nunca llegaron a los trabajadores. Según el Congressional Budget Office y el Economic Policy Institute, las empresas destinaron la mayoría del dinero a re-compras de acciones, mientras que los salarios reales crecieron en torno a un 1 por ciento anual en los años posteriores.

Algo similar ocurrió en Hungría bajo el gobierno de Viktor Orbán, donde desde 2017 se mantiene un impuesto corporativo de apenas 9 por ciento, el más bajo de la Unión Europea. Pese a que atrajo inversión extranjera, en 2024 el crecimiento fue de apenas 0,5 por ciento y en 2025 la economía prácticamente se estancó, con niveles de consumo entre los más bajos de la Unión Europea y una inflación acumulada cercana al 50 por ciento.

Todo esto, para personajes como Quiroz, no se trata de emparejar la cancha, sino de aceptar las migajas que caigan de más arriba. En ese marco, la pobreza deja de ser un problema a resolver y pasa a ser una condición que, en el mejor de los casos, se logra superar de manera individual. Y el crecimiento, mientras tanto, se vuelve suficiente mientras suban los números, aunque ello no se refleje en todos lados.

Como advertía Pierre Bourdieu, el problema no es solo cómo se producen las diferencias, sino cómo terminan pareciendo inevitables.

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José
José
20 horas atrás

Las murallas del poder económico son infranqueables. De cada 100 qué intentan el salto con garrocha solo 5 tienen exito y soy muy generoso. Los demás se estrellan contra el muro.

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