Correas en el cuello: la erotización de la animalización en la industria del cine

Por Ariadna Beneventi Pacheco
El domingo pasado se estrenó la tercera temporada de Euphoria y, más allá del giro narrativo que propone Sam Levinson, con personajes que dejaron atrás la adolescencia y una estética que ya no es la misma, hubo una escena en particular que capturó la atención en redes sociales por lo que revela.
Cassie Howard, interpretada por Sydney Sweeney, aparece vestida de perro, grabando contenido de carácter sexual para plataformas eróticas. La escena incorpora gestos, posturas y conductas asociadas a lo canino, difuminando deliberadamente la frontera entre lo humano y lo animal.
Más allá del impacto inmediato o del morbo fácil que este tipo de imágenes provoca, la propuesta de Levinson no es un caso aislado. En febrero de este año, una nueva adaptación de Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell, volvió a poner en escena una lógica similar. Hacia el final de la película, Isabella Linton, interpretada por Alison Oliver, también aparece bajo una estética de subordinación que recurre explícitamente a lo animal como código visual de dominación.
Esto es nada menos que violencia simbólica de especie. Al vestir a Cassie de perro o posicionar a Isabella bajo una lógica de domesticación, la industria lo despoja de su condición de sujeto. La animalización funciona como el fetiche definitivo del control ya que un animal no negocia, no cuestiona y, sobre todo, pertenece a su dueño.
Esta tendencia revela una verdad incómoda sobre el consumo actual: para que el deseo sea total, la humanidad de la mujer parece estorbar. Se busca una ‘otredad’ que sea biológicamente inferior para justificar una dominación sin culpas
¿Por qué seguimos encontrando erotismo en la deshumanización? ¿Por qué esto sigue vendiendo? ¿Quién lo consume? ¿Es solo mirada masculina o también hay complicidad cultural que ha normalizado la domesticación como estética?
Resulta perverso observar cómo se utiliza el concepto de “agencia femenina” para blindar estas representaciones. Se nos dice que, si la actriz o el personaje deciden encarnar lo animal, entonces la escena es empoderadora. Sin embargo, esta es una trampa retórica. No existe autonomía real cuando las opciones de representación se reducen a formas que validan la jerarquía del dueño sobre el animal.
Lo que estas preguntas evidencian es que la erotización de la animalización no opera en los márgenes de la industria, sino en su centro. Se repite y se estiliza bajo una fachada de sofisticación visual, pero el mensaje de fondo es arcaico, pues reduce a la mujer a un estado de sumisión absoluta, donde el lenguaje y la voluntad desaparecen para dar paso al instinto subordinado. Lo peligroso es cómo la industria nos entrena para encontrar “belleza” o “provocación” en la anulación de la dignidad humana.
Esta anestesia moral permite que el espectador consuma la degradación sin el peso de la culpa, pues al animalizar el cuerpo, se elimina la necesidad de empatía. La industria no está innovando, debido a que está perfeccionando una tecnología de control que prefiere la ‘mascota’ dócil a la persona compleja, asegurando que el dominio sea la única narrativa posible durante el acto sexual.
No basta simplemente con identificar quién produce estas imágenes, sino quién las legitima al consumirlas sin cuestionar la correa que llevan al cuello. Al final del día, el uso de lo animal en la narrativa sexual contemporánea en mujeres es la confesión de un sistema que, para seguir ejerciendo poder, necesita que el otro deje de ser persona. Mientras sigamos aceptando la animalización como un código erótico válido, seguiremos validando una premisa aterradora: que el deseo más puro es aquel que se ejerce sobre un cuerpo que ya no tiene permiso de ser humano.

