El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

La izquierda y la rabia que no supimos nombrar

protestas chile 11119

Por Tomás Garay Pérez, abogado

La izquierda y el progresismo enfrentan hoy una paradoja que no es nueva pero que se ha vuelto más urgente. Defienden causas que afectan directamente a la mayoría, y sin embargo algo no termina de conectar. No es un problema de valores ni de políticas. Es un problema de tiempo. Se construye en años lo que la gente necesita ayer, y esa brecha, más que cualquier error político concreto, es lo que abre espacio para los atajos.

El éxito que llegó a un techo

La socialdemocracia occidental logró avances significativos dentro del capitalismo, construyendo Estados de bienestar que mejoraron las condiciones de vida de millones de personas y avanzaron hacia la universalización de derechos sociales. Pero para lograrlo renunció progresivamente a transformar el modelo que la inspiró, terminando por administrarlo. Ese es su límite histórico y también su lección.

Los socialismos reales no lograron resolver la tensión entre transformación social y libertades individuales, obteniendo múltiples avances en mejorar condiciones de vida de la clase trabajadora, pero derivando en sistemas que coartaron derechos básicos y gestionaron la disidencia mediante la represión.

China y Vietnam son casos distintos. Construyeron caminos propios, adaptados a sus condiciones históricas y culturales, con resultados concretos en reducción de la pobreza y capacidad estatal de planificación. Pero son experiencias que responden a condiciones históricas, culturales y políticas muy distintas a las de América Latina, donde la izquierda ha construido su identidad sobre la base de la democracia participativa y los derechos individuales. Trasladar esos modelos sin ese contexto es, al menos, una pregunta abierta.

La izquierda de esta parte del mundo tiene que construir su propio camino. Y ahí está el desafío más honesto que enfrenta el progresismo contemporáneo. El modelo socialdemócrata llegó a un techo, los grandes proyectos revolucionarios mostraron sus límites, y todavía no hay una respuesta acabada sobre qué viene después. No es un problema chileno. Es un debate abierto en todo el mundo.

Eso no significa que no haya avances reales. El gobierno de Gabriel Boric los tuvo, y vale la pena nombrarlos con orgullo. El Plan de Emergencia Habitacional, la reforma de pensiones, los aumentos sostenidos del salario mínimo, la ley de 40 horas, el copago cero en salud, la Estrategia Nacional del Litio y los avances en hidrógeno verde son conquistas concretas que mejoran la vida de personas reales o sientan las bases para un desarrollo más soberano y sostenible. Pero se construyen en años y se juzgan en meses. La izquierda y el progresismo gobiernan en el tiempo largo en una sociedad que vive en el tiempo corto. Y eso no es un detalle menor.

No porque la gente sea impaciente por naturaleza, sino porque vivimos en una cultura de la inmediatez construida por décadas de consumismo, redes sociales que premian la reacción por sobre la reflexión, algoritmos que hacen que todo parezca urgente y nada importante por más de 48 horas, y una precarización laboral que obliga a millones a vivir al día sin posibilidad real de planificar el futuro. En ese contexto, pedirle a la ciudadanía que confíe en un proyecto que da frutos en años es un desafío comunicacional y político que la izquierda todavía no ha resuelto del todo.

La industria de la confusión

Ese desajuste genera frustración. Y hay quienes han decidido invertir en ella. Porque lo que podríamos llamar una suerte de terraplanismo político no es un fenómeno espontáneo ni una simple expresión de ignorancia. Es una industria. Hay recursos, hay decisiones editoriales, hay tiktokers financiados, influencers coordinados y programas de televisión diseñados para ocupar los espacios donde la política tradicional no llega. La ultraderecha aprendió antes que nadie que confundir es más barato que convencer, y que en el territorio del espectáculo y la provocación sus ideas rinden mejor que en el del argumento.

El ejemplo más claro de esa escuela es “Sin Filtros”, un programa de televisión que normalizó el insulto, la destemplanza y la agresión como forma legítima de debate político. Varios de sus panelistas terminaron ocupando posiciones de poder en el gobierno actual. Entre ellos Iván Poduje, hoy ministro de Vivienda, y Mara Sedini, vocera de gobierno, cuya primera viralidad fue un video insultando a una militante del Frente Amplio. Que la cara comunicacional del gobierno sea alguien conocida por eso no es casualidad. Es coherencia.

El partido de nadie

En ese ecosistema prospera también Franco Parisi. Y vale la pena entender por qué, porque su éxito no habla de él sino de nosotros. Su lema “no somos fachos ni comunachos” expresa algo real: el hartazgo de una parte importante de la ciudadanía con una política que siente lejana, que no la nombra y que no llega donde vive. Parisi no construye un proyecto, pero sí ocupa un espacio que la izquierda y el progresismo dejaron vacío. Y mientras ese espacio siga vacío, alguien lo va a llenar.

El Partido de la Gente tiene un nombre potente y una bancada que genera más preguntas que respuestas. Ahí está Pamela Jiles, que construyó su historia política en la izquierda y hoy la niega con el mismo descaro con que antes la reivindicaba, y cuyo principal aporte al Congreso ha sido su propia performance mediática. O Cristián Contreras, conocido como Dr. File, que llegó al Parlamento con una agenda que incluye plebiscitos sobre la pena de muerte, vacunación voluntaria y limitaciones a la Agenda 2030, convirtiendo el terraplanismo de las redes sociales en proyectos de ley. O Javier Olivares, diputado que tuvo sus minutos de fama como animador juvenil de poco talento y que hoy encuentra en la apología del peor criminal de la historia de Chile su mejor estrategia para seguir siendo noticia.

Y sin embargo en el norte arrasó. No porque sus propuestas fueran coherentes ni porque, en esta ocasión, Parisi pisara el país durante la campaña. Arrasó porque había una rabia muy concreta que nadie más estaba nombrando con honestidad. La del paciente que espera meses un especialista que nunca llega. La del trabajador que vive en una ciudad minera y no llega a fin de mes por más que trabaje. La de la familia que siente que las decisiones que afectan su vida se toman en Santiago por personas que nunca han pisado su barrio. Parisi no resolvió nada de eso. Pero al menos fingió escucharlo.

Ese es el espacio que la izquierda y el progresismo tienen que recuperar. No compitiendo en el terreno del espectáculo sino estando presentes donde esa rabia se produce, con lenguaje claro y sin condescendencia, con propuestas que la gente pueda ver y tocar en su vida cotidiana.

Lo que se está construyendo

Uno de los desafíos más concretos que enfrenta la izquierda es aprender a hablarle a quien no está interesado en política. Y no porque esa gente sea ajena a los problemas que la política resuelve o agrava, sino porque el lenguaje con que se comunican las ideas sigue siendo, demasiadas veces, un lenguaje construido para convencer a los ya convencidos. Hablar claro no es renunciar al rigor. Es respetar a quien te escucha. Es traducir una reforma de pensiones en lo que significa para una mujer de 60 años que trabajó toda su vida de manera informal. Es explicar un plan habitacional en términos de cuántas familias van a dormir esta noche bajo un techo que antes no tenían. Mientras el progresismo no aprenda a hacer esa traducción de forma sistemática y sin condescendencia, seguirá ganando debates que nadie escucha.

Hay otro desafío que ningún gobierno progresista en el mundo ha resuelto del todo. La presión permanente para moderar, para ceder, para demostrar responsabilidad fiscal y sensatez institucional es una constante de la izquierda democrática en el poder. Y tiene una lógica comprensible. Gobernar exige negociar, administrar tensiones y mantener la estabilidad. Pero cuando esa moderación se percibe como renuncia, el costo político es alto y se paga lejos del centro, en las regiones, en los sectores que esperaban un cambio concreto y sienten que el proyecto los dejó a mitad de camino. Encontrar ese equilibrio entre la gestión y la convicción es quizás el dilema más difícil que enfrenta el progresismo contemporáneo. Y todavía no hay una respuesta acabada.

Pero hay gestos que vale la pena nombrar. La construcción de unidad entre el mundo de la izquierda y la centroizquierda, desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana, es una señal relevante en un momento donde la fragmentación ha sido la norma. No es todavía un proyecto, pero es la condición para que uno sea posible. Y en política, a veces, saber estar juntos es el primer paso para saber hacia dónde ir.

Ese proceso no va a resolver de un día para otro el problema de la inmediatez ni va a neutralizar el ecosistema mediático que la ultraderecha ha construido con tanto dinero y tanta paciencia. Pero es desde ahí, desde esa unidad en construcción, desde donde se puede empezar a hablar de algo más que administrar lo que hay.

No se trata de tener razón, se trata de estar presente, de hablar claro, de no ceder el espacio a quienes lo llenan con rabia sin propuesta. Ese es el desafío que tiene la izquierda y el progresismo por delante. Y es más urgente que nunca.

Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x