Madres reales: contradictorias, entrañables e insoportables

Por Verónica Aravena Vega, doctora en Género y Política
La mía me enseñó a andar en bici sin haberse subido nunca a una. Me contaba historias de militancia, de escapadas a escondidas de su padre, de la precariedad que la rodeaba y del deseo de vivir a pesar de todo.
Siempre andaba con prisa, de un lado a otro, como si el día nunca le alcanzara. Dejaba la olla puesta —porque el almuerzo tenía que estar listo para cuando llegara el señoro de mi padre; ese es otro tinglado— y salía “a comprar”. Pero comprar era apenas una coartada. Su verdadera tarea consistía en quedarse conversando en la esquina, reírse a carcajadas, enterarse de todo, habitar otras vidas durante un rato antes de volver a la suya.
Los sábados sonaba a todo volumen:
Querida,
por lo que quieras tú más ven,
más compasión de mí tú ten,
mira mi soledad,
mira mi soledad,
que no me sienta nada bien…
Y limpiaba la casa con una energía que yo, al mediodía, todavía no encontraba. De noche tomaba café muy cargado, ¿para qué? No sé, supongo que para seguir funcionando mientras todos dormíamos. Yo la miraba con la tranquilidad de quien respira sin pensar en los pulmones. No veía a la mujer que sostenía todo mientras guardaba sus propios silencios en un lugar que yo todavía no sabía nombrar.
Por las noches me contaba historias que no terminaban nunca. Historias que se abrían como pasillos y de pronto nos dejaban en un bosque o en un puerto inexistente. Su voz de noche era distinta. Más lenta. Más suya. Como si en la oscuridad se le cayera algo del peso que cargaba durante el día. Esas historias no eran solo para mí. También eran una forma de recordarse a sí misma que todavía podía inventar mundos en vez de limitarse a sostener uno.
Yo conocí el mundo primero a través de ella. Crecí escuchando historias ajenas que, de alguna manera, terminaron construyéndome. Fue la primera persona que me habló de feminismo sin nombrarlo nunca. La que me enseñó que el argumento puede ser un arma, que leer da poder, y que el deseo es la condición de posibilidad. Y también me pasó todo lo demás: lo que no se enseña de frente, lo que simplemente se pega.
Las madres reales son muchas mujeres a la vez. Son la chica que fueron antes de que tú llegaras, con deseos propios y una historia que empezó mucho antes que la tuya. Las que querían otra cosa. O querían esto, pero no así: no con ese cuerpo agotado ni con una vida que poco a poco se fue achicando hasta caber en los horarios de otro. Las que soñaban con otras versiones de sí mismas y, sin darse cuenta, dejaron algunos de esos sueños viviendo dentro de ti.
Son las que preparan la once cuando llegas con frío y también leen tu diario a escondidas. Son las intrusivas, las estrictas, las que aparecen con una opinión no solicitada justo cuando acabas de tomar una decisión difícil. Las que se preocupan en voz alta hasta ocupar todo el aire del cuarto. Las que tienen razón cuando más necesitas que estén equivocadas.
Y aun así se quedan. No siempre es el amor bonito. A veces es un amor torpe, invasivo, cansado. Pero es el que sostiene.
A veces no lo hacen bien y eso duele. Hay madres que gritaron. Que estuvieron ausentes. Que tuvieron envidia. Que hicieron daño sin querer y, a veces, queriendo. El dolor no desaparece solo porque haya amor alrededor; el amor no anestesia todo.
Hay madres que se arrepienten. No de sus hijos, sino de las vidas que dejaron enfriarse mientras sostenían otra. De las versiones de sí mismas que quedaron suspendidas en algún punto. De deseos que nunca parecieron legítimos porque eran suyos y de nadie más. Ese arrepentimiento no es una traición. Es una honestidad que el mundo todavía castiga en las mujeres: admitir que el amor más grande de sus vidas también vino acompañado de una pérdida.
La mía sostuvo mucho sin que nadie le preguntara nunca cómo estaba haciéndolo. Le costó años soltar el peso. Ahora se junta con amigas de la escuela, sale, se ríe con esa risa que yo solo le conocía en la esquina. A veces no me contesta los mensajes y algo en mí se descoloca, como si el mundo estuviera al revés. Pero no es que se haya ido. Es que está volviendo a algún lugar suyo al que nunca debió dejar de ir.
Las madres reales no se resumen. Son contradictorias porque la vida es contradictoria y ellas llevan mucha vida encima. Son entrañables porque te formaron de maneras que todavía estás descubriendo. Son insoportables porque te conocen demasiado, y el amor que conoce demasiado siempre tiene un filo.

