Para quebrar un pueblo, vacíalo de cultura: sobre los recortes de la extrema derecha

Por Verónica Aravena Vega
Plan Nacional de Lectura. Fomento de las Artes. Culturas Indígenas. Patrimonio. Talleres comunitarios. Fondos de música, danza, teatro. 142 programas. Seis mil millones de dólares proyectados hasta 2031. Una lista que el Ministerio de Hacienda llama “cambio de paradigma en la gestión de los recursos públicos”. Una frase técnica, neutral, casi aburrida. Construida para que nadie se altere. Para que suene a administración y no a lo que es.
Nadie está diciendo que todo funcionaba bien. Chile lleva décadas con una deuda cultural enorme: programas insuficientes, mal financiados, que llegaban tarde y a pocos. Hay comunas enteras donde nunca hubo un centro cultural. Lenguas que casi desaparecieron sin que el Estado moviera un dedo. La discusión sobre cómo mejorar, ampliar y hacer más justa la política cultural en Chile es urgente y necesaria.
Pero esa no es la discusión que está teniendo este gobierno.
Este gobierno no está proponiendo mejorar. Está cortando. Y cuando juntas todo lo que está cortando — cultura, patrimonio, lenguas, lectura, artes — ya no puedes seguir llamándolo ajuste fiscal. Tienes que llamarlo por su nombre: un proyecto ideológico. La decisión de que el Estado chileno no tiene nada que ver con quiénes somos. Con lo que recordamos. Con lo que nos reconocemos.
Cuando Héctor Daer, dirigente sindical argentino, dijo que hay que quebrar la cultura para quebrar a un pueblo, no estaba haciendo poesía. Estaba describiendo una metodología. La misma que opera hoy en Chile. Porque esto no es austeridad. La austeridad responde a una crisis. Esto responde a una convicción: que el Estado no tiene nada que ver con que una chica de Cerro Navia descubra que puede escribir. Que los talleres de música en las poblaciones son prescindibles. Que la cultura es, en el fondo, un problema personal.
Kast dijo en campaña que no iba a cortar ningún beneficio social que hoy existiera. La frase existe. El oficio de Hacienda también existe. Uno de los dos miente, y no es el oficio.
El neoliberalismo no recorta el Estado: lo reemplaza por una lógica que convierte todo en capital individual. Lo describió hace años la filósofa Wendy Brown — no como crítica desde afuera sino como diagnóstico clínico de lo que ya estaba ocurriendo. La cultura, bajo esa lógica, solo vale si produce retorno. Si no produce retorno, no vale. Y lo que no vale, se corta.
Ya somos una sociedad fragmentada. Ya aprendimos a desconfiar del vecino, a resolver solos lo que antes era colectivo, a medir el valor de las cosas por lo que cuestan. Eso no lo inventó Kast. Pero lo que está haciendo es profundizarlo, normalizarlo, institucionalizarlo. Fabricar un país donde el individualismo no sea una herida sino el paisaje. Donde ya nadie recuerde que alguna vez existió otra manera de estar juntos.
Eso no es una consecuencia accidental. Es el objetivo.
Tú lo sabes. Lo sabes cuando entras a una comuna donde no hay nada — ningún teatro, ninguna biblioteca, ningún taller — y los niños/as crecen sin que nadie les haya dicho que lo que sienten tiene nombre. Lo sabes cuando una lengua agoniza no porque nadie la hable en su casa sino porque nunca tuvo un espacio público donde sonar, donde ser tratada como algo que merece vivir. Lo sabes cuando el único lugar donde ir un sábado es el mall.
Eso no es ausencia de cultura. Es una decisión. Alguien eligió que esa gente no tuviera otra cosa.
Cortarla no empobrece un presupuesto. Vacía un país de sí mismo. Lo deja sin alma. Sin lenguaje propio. Sin la posibilidad de mirarse y reconocerse en algo que no sea el precio de las cosas.
Y un país sin alma no desaparece de golpe. Se va volviendo más solo, más sordo, más incapaz de imaginarse distinto.
En Argentina ya pasó a escala mayor. Milei desmanteló en meses lo que costó décadas construir. Fondos de música, artes escénicas, literatura: cerrados. Sitios de memoria: vaciados. Más de mil artistas y docentes firmaron una declaración recordando algo que debería ser obvio: que durante la dictadura del 76 la represión también empezó por ahí. Por los libros quemados. Por los teatros cerrados. Por los espacios donde la gente se juntaba y descubría que no estaba sola.
Porque eso es exactamente lo que el poder teme de la cultura. No el arte en sí. Lo que ocurre cuando la gente se junta alrededor de él. El reconocimiento. La conversación. El momento en que alguien deja de sentirse solo y entiende que lo que le pasa no es solo suyo.
Mark Fisher lo llamaba la máquina del olvido: el vaciamiento cultural produce la amnesia que justifica el vaciamiento cultural. Si la generación que viene no conoce lo que el Estado fue capaz de garantizarle, no puede reclamarlo. Una máquina que se alimenta sola.
Un pueblo no pierde su identidad de un golpe. La pierde de a poco, programa por programa, taller por taller, hasta que olvida que alguna vez existió algo distinto. Hasta que el mercado deja de parecer una elección y empieza a parecer la naturaleza de las cosas. Hasta que la plaza queda vacía y nadie recuerda que alguna vez estuvo llena. Y entonces, el trabajo sucio ya está hecho.

