El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Las pantallas, la crianza y la culpa

Clockwork by Pig Meat
“Say Cheese”, collage digital de Pig Meat

Por Pablo Castro, psicólogo y doctor en Psicología

Son las siete de la tarde. Una mujer, agotada después del trabajo, regresa a su hogar después de recoger a su hijo de dos años de la casa de la abuela, quien lo cuida tras su jornada en el jardín. Anhela sentarse durante cinco minutos antes de comenzar a preparar su almuerzo para llevar al trabajo el día siguiente. Se sienta en el sillón y abre su celular. El niño, al ver el dispositivo, lo pide una y otra vez. Ella recuerda las advertencias que ha escuchado, los artículos que ha leído: las pantallas son nocivas para los menores de dos años, interfiriendo en su desarrollo. Resiste un instante, pero la insistencia del niño aumenta. La paciencia se le agota. Finalmente, cede. “Pásale un rato tu teléfono, por favor”, le dice al hijo mayor. El niño se calma. Ella también respira aliviada.

Un rato después, se dirige a la cama. Antes de cerrar los ojos, revisa su celular una vez más. En el Instagram de un medio nacional, publicaron: “Lo que ocurre cuando le pasas el teléfono a un menor de 5 años: expertas levantan alertas”. Lo lee, silencia el teléfono e intenta dormir, con la culpa en su cabeza.

Esa escena no es un caso extremo ni una representación de una mala madre. Es simplemente un jueves.

Sin embargo, el debate público sobre pantallas e infancia rara vez comienza en este punto. Se inicia en los estudios académicos, en las recomendaciones de la OMS, en las campañas del Mineduc, en los grupos de WhatsApp entre apoderadas. Siempre con un mensaje dirigido a alguien que ya hace demasiado.

En Chile, la Ley N° 21.801 prohibió, a partir del inicio de este año, el uso de dispositivos móviles en todos los niveles educativos, salvo excepciones limitadas por razones de salud o de emergencia. Esta medida se fundamenta en evidencia que demuestra que el uso excesivo de pantallas afecta la concentración, el desarrollo del lenguaje y la salud mental. Nadie lo discute. La regulación escolar opera en un ámbito específico. La crianza, en otro completamente distinto. En hogares donde llegar a las siete de la tarde ya es un logro.

La culpa 

Lara N. Wolfers y sus colegas publicaron el año pasado un resultado que pocas veces se menciona: lo que realmente perjudica la relación entre padres e hijos no es únicamente el tiempo que pasan frente a las pantallas, sino la culpa que sienten los adultos por permitirlo. Esta emoción incrementa el estrés parental y deteriora el vínculo afectivo. La solución propuesta, en consecuencia, se convierte en parte del problema.

Esto no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de las pantallas. Investigaciones sobre discursos de crianza han desentrañado este mecanismo con precisión: los textos presentan la lactancia como la opción moralmente superior y luego instan a las madres a no sentirse culpables si no la practican. El efecto es diametralmente opuesto al que se pretende. Lo mismo ocurre con las pantallas: limite el tiempo de exposición, co-visualice con su hijo, elija contenidos educativos y si no puede, no se sienta mal. Ese “no se sienta mal” es la trampa.

Lo que estos discursos comparten es la tendencia a reducir un problema complejo a una responsabilidad individual, la de las familias, y dentro de ellas la de las madres. Lo que se pierde en este tipo de discursos es una perspectiva más amplia: los factores comunitarios, laborales, institucionales y sociales que también configuran cómo las familias viven y gestionan la presencia de las pantallas en sus hogares.

Un estudio realizado con madres israelíes durante la pandemia reveló que el uso de pantallas para entretenimiento se duplicó en los niños más pequeños, alcanzando un asombroso 108% de aumento. Frustración y culpa fueron los sentimientos predominantes que reportaron. Aquellas con un menor sentido de competencia parental experimentaron un sufrimiento más agudo. ¿Competencia para qué, construida cómo, medida por quién? Estas preguntas no emergen en el discurso público. En cambio, proliferan las instrucciones: esté presente, establezca límites, reemplace la tablet por juegos creativos. Consejos diseñados para una familia con tiempo, recursos y redes de apoyo. Es decir, para una minoría.

El fenómeno se replica, por ejemplo, cuando abordamos la violencia digital. En nuestra investigación, hemos encontrado, de manera preliminar, que muchos actores explican la violencia digital apelando a visiones esencialistas: la “semilla de maldad”, la baja autoestima como consecuencia inevitable de una crianza fallida, la familia como origen de todos los males. Este énfasis desvía la discusión hacia los hogares y aleja la mirada de los factores escolares y sociales que también influyen. Se culpa a la familia.

Criar en condiciones reales

Los estudios sobre la primera infancia confirman que la exposición temprana y excesiva a las pantallas tiene efectos tangibles: menor vocabulario, dificultades en la lectura y escritura y problemas para relacionarse con otros niños. La evidencia es contundente y debe ser tomada en serio. Sin embargo, existe un aspecto que el debate suele omitir: para muchas familias, la pantalla representa la solución menos mala disponible. En ciertos hogares, entregar un dispositivo puede ser preferible a perder la paciencia, a responder con dureza a un niño que no comprende por qué el adulto está agotado. Esta hipótesis requiere más investigación y una honestidad que el debate actual no ofrece.

Lo que falta no es más advertencia, sino una comprensión más profunda de las condiciones en las que las familias crían: condiciones laborales, acceso a redes de apoyo, disponibilidad de actividades para los niños y corresponsabilidad entre adultos. Mientras el debate se limite a la puerta del hogar y no mire hacia afuera, seguirá viendo solo una parte del problema.

La mamá del episodio inicial se durmió con la culpa. Al ver la escena, pocos pensarían en cuántas horas había estado de pie. Menos en que la pantalla quizás evitó algo peor esa noche. La discusión sobre pantallas y su mensaje moralizante tampoco lo hace.

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