El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Cuál fue el primer libro que robaste?

Ovod Gadfly No 1 1906
Portada de “El Tábano” novela de la escritora irlandesa Ethel Voynich

Por Nadia Limónov

“Por robar este libro, si lo intentas, es por la garganta que colgarás alto. Y los cuervos entonces se reunirán y combatirán para encontrar tus ojos y sacarlos. Y cuando estés gritando ‘¡oh, oh, oh!’, recuerda: mereces ese lamento”.

Así reza la maldición escrita al final de un libro de la Edad Media, una frase recopilada por el escritor estadounidense Marc Drogin, quien dedicó su carrera a analizar los mensajes que escribían monjes y copistas en diferentes manuscritos para protegerlos del robo o la pérdida.

Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en serpiente la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros”, se puede leer en otro de los textos que estudió el autor en la Biblioteca del Monasterio de San Pedro en Barcelona, España.

El robo de libros ha sido una preocupación con siglos de antigüedad. Y si bien las amenazas de castigo divino aludiendo a la excomunión cristiana se utilizaban con mucha frecuencia en la Edad Media, según las investigaciones de Drogin, hay registros anteriores en el antiguo Egipto y el mundo grecorromano.

Para el académico EC. Abbott de la Universidad de Dalhousie, la historia muestra que algunos de los ladrones de libros “más descarados” no surgieron del mundo criminal, sino de las “filas de la piedad y la respetabilidad”, recordando al Dr. Elois Pichler, bibliotecario alemán en San Petersburgo, que entre 1869 y 1871 robó más de 4 mil libros utilizando un abrigo adaptado con un saco interior. Tras ser descubierto, fue condenado al exilio en Siberia.

En la modernidad, el robo de libros es un problema real para la industria, sumado a la piratería de ejemplares. Sin embargo, han sido varios escritores quienes han contribuido a formar un halo romántico alrededor de este delito, el que muchas veces ha sido criticado por sus mismos pares y le han entregado una representación ambivalente al robo de libros en la cultura contemporánea.

Sobre las opiniones de algunos autores. Paul Auster fue consultado al respecto después de que “La Trilogía de Nueva York” figurara entre los libros más robados en librerías de Estados Unidos. “Si se tratara de una persona apasionada, pobre, que quisiera leer el libro, entonces lo podría entender un poco mejor (…), aunque supongo que me siento honrado de que la gente quiera leerme tanto que tengan que romper la ley para hacerlo”, aseguró.

“Robar libros no es un delito”, dijo Roberto Bolaño en una entrevista, reconociendo que en su juventud lo hizo y que “es algo que todos los jóvenes hacen y me parece buenísimo”. Sobre la piratería, el mismo Pedro Lemebel la defendía: “Yo quiero estar ahí, en la calle, en la vereda, pirateado por el comercio clandestino, al alcance de la mano donde mi pueblo me quiera coger. Pertenezco a mi social popular y copular”.

La discusión entre su concepto romántico y su significado netamente criminal continúa vigente, más aún, cuando ha llegado a afectar el ámbito patrimonial. En 2019, la Universidad de Chile denunció el robo de 27 libros de la colección de Pablo Neruda durante una toma estudiantil. Asimismo, en 2017 la familia de Nicanor Parra también denunció el robo de cuadernos privados del poeta.

DE MIAMI A LA ESTANTERÍA DE LA ABUELA

Este debate no se queda en la literatura ni en la teoría. Hoy, incluso los propios lectores participan de esa tensión entre el valor del libro y su apropiación. Los siguientes testimonios fueron recogidos con entrevistados que aceptaron compartir sus experiencias. Sus nombres fueron modificados.

Paz se describe como una “ladrona de libros en recuperación”. En 2002, cuando tenía 16 años, vivía en Miami con su madre y robó cuatro libros de J.D. Salinger. Contó que los ejemplares “eran de una librería que se llamaba Borders; robé casi la colección entera. Eran cuatro, tampoco tantos, pero son muy hermosos. Eran muy caros. Lo hice porque no tenía plata para comprar; éramos pobres, inmigrantes ilegales. Los libros no eran prioridad, pero yo quería leer”.

Aseguró que nunca la descubrieron: “En ese tiempo se ocupaban pantalones como cargo; eran más anchos. Nunca me pillaron porque era muy escurridiza”.

La historia de Javier es distinta; no está seguro si lo suyo fue un robo, un préstamo o un regalo. Pero se sintió aludido cuando preguntamos si alguna vez había robado libros: “No sé si es una historia muy buena. Un profe me “prestó” casi todos sus libros y, quizás, nunca fue un préstamo realmente y solo me los dio”. Entre ellos estaba “Traición a la patria: ‘Milicogate'” de Mauricio Weibel.

Andrés se defiende citando a Bolaño; comentó que “no era crónico, pero en algunas ocasiones la hacía piola”. En 2010 llegó hasta una librería de la calle Von Schroeders de Viña del Mar y vio en una estantería alejada de la caja registradora “El beso de la mujer araña” de Manuel Puig. Contó que tenía que leerlo para una prueba de literatura contemporánea y que además “debía estudiar otras cinco novelas y me dije: es el destino, no hay presupuesto, no lo quiero fotocopiado, el escritor ya no puede recibir las regalías, es tapa dura, y si me pillan cito a Bolaño y pido clemencia”.

Comentó que para “no sentir culpa” compró un “librito de bolsillo de la Pía Barros como en tres lucas y no volví a pisar esa librería por lo menos en un par de años”.

Desde un supermercado Jumbo de Valparaíso, Daniela robó “Einstein”. Contó que eligió ese lugar “porque no quería robarle a una librería; eso me parecía un crimen. En cambio, robarle a un Super era hasta un acto de justicia. Leo mucho sobre ciencia y, en particular, sobre física y quería tenerlo”.

En ese entonces tenía 18 años e insistió en que “nunca más volví a robar un libro, ahora los compro y pago hasta el IVA con gusto, pero en ese tiempo encontraba que tenía justificado llevarme ese libro”.

Usando “Zorro” como pseudónimo, asegura que le da vergüenza hablar de lo que hizo, porque la “Antología de Hermann Hesse, Tomo I” era de su abuela: “Era un libro muy mítico que siempre estuvo en el librero de mi abuela. Siempre estuvo ahí. Cuando era más adolescente, leí “El lobo estepario” y me había gustado. Después caché que estaba esa antología, que tenía “Siddhartha”, “Narciso y Goldmundo”, y dije: ya, me lo llevo. La cosa es que lo pedí prestado y nunca lo devolví”.

“Mi papá siempre decía: ‘Tonto es el que presta un libro, pero más tonto es el que lo devuelve’. Y al final igual me robaron ese libro después. Desde esa experiencia me rehabilité, porque nunca se lo pude devolver y me sentí culpable porque esa abuela era muy moralista, entonces sentía su culpa católica encima mío. Hoy me defino como una persona que devuelve libros y devuelve encendedores”, cerró.

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