El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

No es tu libido, es el capitalismo: sobre por qué dejamos de follar

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Por Verónica Aravena Vega

Uno de cada cuatro chilenos/as entre 30 y 39 años se siente solo — aislado, excluido, sin nadie. El dato es del Termómetro de Salud Mental Achs-UC de 2025 y subió tres puntos en un año. Terapeutas que atienden a menores de 25 reportan algo que hasta hace poco no existía en sus consultas: bajo o nulo deseo sexual, problemas de erección, adicción a la pornografía. Un 21% de los adultos chilenos declara no tener actividad sexual. No estamos bien. Y no estamos juntos.

Esto no es solo chileno. La periodista Kate Julian lo bautizó en The Atlantic como sex recession: recesión sexual. En Estados Unidos, el porcentaje de adultos con sexo semanal cayó del 55% al 37% en tres décadas. La psicóloga Jean Twenge demostró que es un efecto generacional: cada cohorte tiene menos sexo que la anterior. En Francia, los jóvenes sin sexo en el último año pasaron de 5% a 28% entre 2006 y 2024. Está pasando en todo Occidente. La explicación que nos dan— las pantallas, las apps, el scroll a las dos de la mañana — es cierta, pero insuficiente.

Lo que está pasando es más profundo que un problema de tecnología. Es un problema de las condiciones materiales bajo las cuales el deseo puede existir. Y esas condiciones tienen dueño.

Carter Sherman entrevistó a más de cien jóvenes para su libro The Second Coming y recogió una imagen que lo dice todo. Un biólogo evolutivo le explicó: “No ves a dos gacelas apareándose frente a un león”. Si estás en estado de amenaza permanente, el deseo se apaga. No es puritanismo. Es supervivencia.

¿Y cuál es el león? La precariedad laboral que se come las horas. La deuda que te tiene calculando cada peso. El ansiolítico que te recetaron a los diecisiete y que te aplastó la libido antes de que supieras lo que era. La estimulación digital constante que mantiene al sistema nervioso en alerta sin descanso. El deseo sexual necesita condiciones materiales para producirse; tiempo libre, cuerpo descansado, seguridad mínima, cabeza despejada,  y esas son exactamente las condiciones que este sistema elimina primero.

Byung-Chul Han describió al sujeto contemporáneo como un sujeto del rendimiento: alguien que se autoexplota, que convierte cada dimensión de su vida en algo gestionable y optimizable. El sueño se optimiza, la comida se optimiza, el ejercicio se optimiza, la ansiedad se gestiona con una app. Y cuando el deseo no aparece, también se patologiza: algo anda mal en ti, en tu libido, en tu comunicación de pareja. Nunca en el sistema. El capitalismo tardío no apaga el deseo por represión,  eso era el viejo modelo. Lo apaga por agotamiento. No te prohíbe follar. Te quita las condiciones para desearlo.

Y después hace algo peor: te vende la solución.

Porque esa es la operación completa. El sistema no solo agota, también mercantiliza cada salida. Y acá es donde hombres y mujeres, cada uno por su lado, caen en la misma trampa por caminos distintos.

Hay un hombre — no todos, pero muchos — que lleva viendo pornografía desde los trece porque nadie le enseñó otra cosa. El 45% de los chilenos evalúa como mala la educación sexual que recibió en el colegio, y el 69% dice que en su casa no se hablaba de sexo. Para una cantidad enorme de hombres jóvenes, el primer mapa del deseo fue una pantalla. No una persona. Una mercancía. El porno online no es solo patriarcado,  es industria. Un negocio de miles de millones de dólares diseñado para capturar atención y generar consumo compulsivo. Cada clic es una transacción. Cada escalada de estímulo es retención de usuario. Y lo que produce es un sujeto que aprendió a desear como se consume: rápido, variado, sin riesgo, sin el otro.

bell hooks escribió que el patriarcado les roba a los hombres la capacidad de sentir, que les enseña que la vulnerabilidad es debilidad. El porno no creó eso,  lo convirtió en modelo de negocio. Ofrece una sexualidad sin riesgo emocional, sin torpeza, sin la mirada del otro que te puede desarmar. Eficiente. Segura. Monetizable. Y cuando la máquina de producir deseo masculino se atasca frente a un cuerpo real,  porque los circuitos se quemaron, porque el ansiolítico bajó la libido, porque no sabe cómo estar desnudo frente a alguien sin sentir que tiene que funcionar,  el mercado ya tiene la siguiente solución lista: viagra, terapia online, coaching sexual, otra app.

Del otro lado hay una mujer — tampoco todas, pero muchas — con un historial de sexo donde su placer siempre fue lo negociable. La brecha orgásmica sigue ahí: más del 90% de ellos llega, cerca del 39% de ellas. Pero lo más grave no es la cifra, es lo que viene después. Muchas mujeres ajustan sus expectativas a la baja. Aprenden a leer el sexo heterosexual como algo que se sostiene, se administra, se tolera. No como algo que se busca con hambre. Y a eso se suma el agotamiento material: trabajan, cuidan, organizan, sostienen emocionalmente a otros.

hooks también escribió sobre esto: a las mujeres les enseñaron que amar es servir, que el deseo propio es secundario, que su valor está en ser deseada y no en desear. Y muchas encontraron su solución; el vibrador, la masturbación, el propio cuerpo a su propio ritmo. Que es una conquista real: las mujeres de generaciones anteriores ni siquiera tenían permitido el placer propio. Pero también es una mercancía. La industria del bienestar sexual femenino mueve miles de millones. El vibrador llega por delivery, el curso de autoplacer tiene suscripción mensual, la app de ciclo menstrual ya sabe cuándo estás ovulando. El mercado no te liberó,  te ofreció un producto para cada cosa que el sistema te quitó.

Cuando la solución solitaria funciona tan bien y además se puede comprar, ¿qué queda del otro?

Queda esto: que ambos — él desde su pantalla, ella desde su autonomía administrada — quieren exactamente lo mismo. Piel. Ser mirados. La experiencia de estar con alguien que esté de verdad ahí. Pero él cree que ella lo evalúa. Ella cree que él no siente. Él no quiere perder el control. Ella no quiere volver a ser dañada. Y los dos, desde veredas opuestas de la misma soledad, encontraron maneras de resolver el deseo sin arriesgar el encuentro. Maneras que, casualmente, se compran.

La tragedia no es que sean incompatibles. Es que están parados en el mismo lugar y no lo saben. Y entre ellos, un mercado que lucra con la distancia.

La lectura conservadora de todo esto dice: se perdieron los valores. La lectura tecnológica dice: son las pantallas. La lectura sexológica: es tratable, hagan estos ejercicios. Ninguna dice: que esto es el resultado de un sistema que le enseñó a los hombres a desear sin conectar y a las mujeres a conectar sin desear. Que agotó los cuerpos, privatizó el placer, lo convirtió en un problema individual — de tu libido, de tu trauma, de tu comunicación — y después montó una industria entera para venderte la salida. Terapia de pareja, app de citas, retiro de reconexión erótica, suplemento de testosterona, curso de tantra online. Cada fracaso del encuentro es una oportunidad de mercado.

Follar con otro — de verdad, con entrega, con riesgo, con el ridículo de un cuerpo que hace ruido y no responde como debería — es lo más ineficiente que se puede hacer. No se puede optimizar. No tiene retorno medible. No se puede vender. Es tiempo perdido desde la lógica de un sistema que nos enseñó a no perder nada.

Y nosotros somos la generación que no sabe desperdiciar.

Quizás lo primero no sea arreglar el sexo, sino dejar de creer que está roto algo en nosotros. Lo que está roto son las condiciones. Y eso no se resuelve solo, en terapia, con una app. Se resuelve — si es que se resuelve — colectivamente. Pero para eso habría que admitir que esto es político. Y que la cama, también, es un lugar donde se disputa el mundo.

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