El miedo al descanso en Chile: de Naya Fácil a una sociedad más allá del mérito

Por Sofia Varas Rojas, socióloga con especialización en infancia, derechos humanos y Salud Mental Comunitaria
La controversia reciente protagonizada por Naya Fácil no debiera ser leída como un episodio menor ni como una simple fricción entre cultura digital y opinión pública. Más bien, constituye una escena privilegiada para observar una mutación más profunda en la estructura de las sensibilidades sociales contemporáneas. Cuando el descanso comienza a ser cuestionado no desde su viabilidad económica, sino desde su legitimidad moral lo que se pone en juego es algo más que una opinión: es una transformación en la forma en que se concibe la vida misma.
En la actualidad de nuestro país, el descanso ha dejado de ser un derecho incuestionable para convertirse en un espacio de sospecha. La figura del trabajador incansable, disponible de manera permanente, ha sido elevada a ideal normativo. En este marco, detenerse no sólo implica dejar de producir, sino también exponerse a una evaluación moral negativa.
Este desplazamiento no es espontáneo es el resultado de un largo proceso de internalización del neoliberalismo como forma de vida.
Como ha señalado el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la sociedad chilena combina altos niveles de desigualdad con una fuerte creencia en el esfuerzo individual como motor del éxito. Esta combinación no sólo organiza percepciones, sino que estructura afectos, expectativas y formas de juicio.
Lo que emerge entonces es una subjetividad que, aun reconociendo la desigualdad, se siente compelida a resolverla individualmente. En ese contexto, el descanso aparece como un lujo, y el derecho como una concesión sospechosa.
Neoliberalismo y producción de subjetividad: más allá de la economía
El neoliberalismo ha sido frecuentemente reducido a un conjunto de políticas económicas orientadas a la desregulación y al fortalecimiento del mercado. Sin embargo, esta lectura resulta insuficiente para comprender su alcance. Como advierte Michel Foucault, el neoliberalismo debe ser entendido como una forma de gobierno que produce sujetos.
Esta producción no se realiza únicamente a través de instituciones, sino mediante la configuración de un régimen de la verdad donde el individuo es interpelado como empresario de sí mismo, responsable de su propio destino, gestor de su capital humano. En este marco, la vida entera se reorganiza bajo una lógica de inversión y rendimiento.
En Chile, este proceso adquiere una intensidad particular, la radicalidad del experimento neoliberal no sólo transformó la estructura productiva, sino también las formas de subjetivación. Como ha planteado Maristella Svampa, el neoliberalismo en América Latina no se impone únicamente desde arriba, sino que se filtra en la vida cotidiana, moldeando prácticas, deseos y aspiraciones. Haciéndonos creer que la experiencia personal de éxito niega la propia realidad social de un país entero.
El resultado es una subjetividad profundamente marcada por la autoexigencia. Bajo esta lógica el sujeto se percibe como libre, pero su libertad está condicionada por imperativos de rendimiento. No hay coerción visible, pero sí una presión constante a producir, a mejorar, a no detenerse (como plantea Byung-Chul Han, “el sujeto de rendimiento se explota a sí mismo hasta agotarse”, Han, 2012, p. 17).
Esta forma de exigencia ya no se vive como una imposición externa, sino como una voz interna que empuja silenciosamente, haciendo difícil distinguir entre deseo propio y mandato social. La autoexplotación se vuelve incluso una fuente de sentido, lo que intensifica el desgaste porque el límite deja de ser claro y siempre parece posible dar un poco más.
En este contexto, el descanso pierde su valor intrínseco. No es un espacio de vida, sino una interrupción de la productividad (en línea con Judith Butler, quien sostiene que “el sujeto se constituye en la reiteración de prácticas que lo sujetan”, Butler, 2007, p. 95).
Así, incluso el descanso queda atrapado en la lógica del rendimiento: se descansa para rendir mejor, no por el simple hecho de habitar el tiempo de otra manera. La dificultad para detenerse no solo responde a exigencias externas, sino a la forma en que se ha configurado la subjetividad, donde parar puede sentirse como fallar. De este modo, la vida cotidiana se tensiona entre la necesidad de sostenerse y la imposibilidad de dejar de exigirse, generando una experiencia persistente de cansancio que no siempre encuentra un espacio legítimo para ser reconocido.
Economías informales: precariedad, agencia y racionalidad neoliberal
Podríamos señalar que uno de los rasgos más significativos del capitalismo contemporáneo en América Latina es la expansión de las economías informales. Lejos de constituir un residuo del pasado, estas economías forman parte estructural del presente. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, la tasa de ocupación informal en Chile ha alcanzado niveles cercanos al 27%, lo que implica que más de una cuarta parte de la fuerza laboral se desempeña en condiciones de precariedad (INE, 2023). Sin embargo, reducir este fenómeno a la carencia sería simplificarlo en exceso.
Como sostiene Verónica Gago, las economías populares no son meramente espacios de exclusión, sino también territorios de producción de subjetividad. En ellas se combinan estrategias de supervivencia con formas de creatividad económica que desbordan las categorías tradicionales. Rifas digitales, comercio en redes sociales, plataformas de contenido, circuitos de apuestas: estas prácticas configuran un campo donde la autonomía se vuelve obligatoria. El sujeto no cuenta con garantías institucionales, por lo que debe inventar sus propias formas de subsistencia.
Esta invención no está exenta de ambivalencias por un lado, genera una sensación de agencia. Por otro, instala una lógica de autoexplotación permanente. El tiempo deja de estar regulado por jornadas laborales y pasa a estar disponible de manera continua.
Es bajo esta logica que, el feriado irrenunciable aparece como una anomalía no porque sea económicamente inviable, sino porque interrumpe una lógica donde el trabajo no tiene límites definidos y es el imperativo social de quienes trabajan desde lo informal.
Ascenso social y la herida del reconocimiento
Cuando existe el deseado y soñado ascenso económico en contextos de desigualdad estructural este no garantiza integración simbólica. Como plantea Pierre Bourdieu, el capital económico no basta para asegurar reconocimiento “se requiere también capital cultural y social, elementos que no se adquieren de manera inmediata”.
En Chile, esta disociación produce lo que podría denominarse una experiencia de desclasamiento incompleto donde el sujeto mejora su situación material, pero no logra ser plenamente reconocido como parte de la élite. Esta situación genera una tensión permanente entre pertenencia y la exclusión.
La respuesta a esta tensión suele adoptar la forma de una sobreafirmación del mérito. Al enfatizar el esfuerzo individual, el sujeto busca legitimar su posición y neutralizar cualquier cuestionamiento sobre su trayectoria.
Aquí se produce un desplazamiento significativo donde la desigualdad deja de ser percibida como un problema estructural y pasa a ser interpretada como resultado de diferencias individuales. Este desplazamiento no elimina la desigualdad, pero la vuelve aceptable.
Goce, culpa y la ética del sacrificio
Desde el psicoanálisis, la relación con el trabajo y el dinero no puede ser comprendida únicamente en términos racionales. En la enseñanza de Jacques Lacan, el goce ocupa un lugar central en la estructuración del sujeto.
Las economías informales, especialmente aquellas que operan en zonas grises, producen un tipo de goce intensificado. La posibilidad de generar ingresos rápidos, de obtener visibilidad, de escapar momentáneamente de la precariedad, constituye una experiencia profundamente significativa y determina su forma de percibir la realidad que los rodea.
Sin embargo, este goce carece de reconocimiento simbólico, no está mediado por instituciones que lo legitimen (como plantea Axel Honneth, “el reconocimiento es una condición previa para la autorrealización individual”, Honneth, 1997, p. 93). Esta ausencia introduce una dimensión de inestabilidad que se traduce en culpa. Al no encontrar validación en marcos compartidos, la experiencia del goce queda suspendida en un espacio ambiguo, donde resulta difícil sostenerla sin cuestionamiento.
Esto genera una tensión interna persistente, en la que el sujeto oscila entre el disfrute y la necesidad de justificarlo. De este modo, la falta de reconocimiento no solo debilita la experiencia, sino que también erosiona la posibilidad de integrarla de manera legítima en la propia vida.
La culpa no necesariamente se manifiesta de forma consciente, muchas veces opera como una presión que exige compensación. Esa compensación se expresa en la adopción de una ética del sacrificio extremo, la autoexplotación enajenante (en sintonía con Byung-Chul Han, quien afirma que “la autoexplotación es más eficiente que la explotación por otros, porque va acompañada de un sentimiento de libertad”, Han, 2012, p. 23).
Bajo esta premiza se trabaja sin descanso, se rechaza el ocio y se desprecian los derechos: todas estas prácticas pueden ser leídas como intentos de reinscribir la experiencia en un orden moral. La autoexplotación se convierte en una forma de legitimación.
Derechización de las subjetividades: orden, mérito y resentimiento
Resulta interesante enteder el desplazamiento de sectores populares hacia posiciones de derecha y como constituye uno de los fenómenos más complejos de la política contemporánea. Como señala Cas Mudde, este proceso no puede explicarse únicamente por variables económicas. Involucra dimensiones simbólicas, identitarias y afectivas.
En el caso chileno, este fenómeno se vincula con trayectorias de ascenso precario y con experiencias de falta de reconocimiento. Los sujetos que logran mejorar sus condiciones materiales, pero que no alcanzan legitimidad social plena, tienden a buscar formas de afirmación (en términos de Axel Honneth, “las experiencias de menosprecio social afectan la relación práctica que los sujetos mantienen consigo mismos”, Honneth, 1997, p. 161).
El discurso del mérito cumple esta función: permite construir una narrativa coherente donde se reduce la idea del éxito al resultado del esfuerzo; y el fracaso, a la falta de voluntad. Esta narrativa, a su vez, se articula con valores como el orden y la disciplina.
Según estudios del Centro de Estudios Públicos, una parte significativa de la población chilena considera que el éxito depende principalmente del trabajo duro, incluso en un contexto donde se reconoce la existencia de desigualdades estructurales (CEP, 2022). Esta coexistencia no es contradictoria, sino constitutiva de la subjetividad neoliberal.
El tiempo como campo de disputa
Enfocándonos en la disputa en torno a los feriados irrenunciables esto nos revela que el tiempo se ha convertido en uno de los principales campos de conflicto en el capitalismo contemporáneo. No se trata sólo de cuánto se trabaja, sino de cómo se valora el tiempo no productivo.
En una sociedad donde el rendimiento se ha convertido en criterio central, el descanso aparece como un espacio problemático. Defender el derecho al ocio implica cuestionar la lógica que subordina la vida al trabajo.
Bajo este tipo de pensamiento, el espacio de ocio tiende a ser percibido como una pérdida de responsabilidad o incluso como una deriva hacia la nada, lo que termina por desvalorizar cualquier forma de pausa que no esté orientada a la productividad. En ese marco, se niega el ejercicio reflexivo que puede surgir precisamente en la ausencia de actividad, invisibilizando el ocio como una instancia legítima de autoexploración y de vinculación con el entorno a través de la observación, la contemplación o la simple diversión.
Esta desconfianza hacia el tiempo improductivo revela una subjetividad tensionada, incapaz de habitar el silencio sin traducirlo en culpa o en déficit. Como sugiere Charles Bukowski, “a veces no hacer nada es la cosa más productiva que puedes hacer”, una idea que contrasta con la lógica dominante que exige actividad constante.
Desde una perspectiva filosófica, este rechazo al ocio también puede leerse como un desplazamiento del ideal reflexivo presente en la filosofia donde el retiro, la duda y la suspensión de la acción eran condiciones necesarias para el pensamiento. Aquí, en cambio, ese gesto es descartado: el sujeto ya no se detiene a pensar, sino que se ve empujado a producir sin pausa, perdiendo de vista que la construcción de un pensamiento complejo no emerge de la saturación, sino precisamente del silencio, la distancia y el esparcimiento.
Como advierte Rita Segato, las formas contemporáneas de dominación operan a través de la captura de las subjetividades. El mandato de productividad constante es una de esas formas. El problema no es sólo que se trabaje mucho, sino que se deje de concebir el descanso como parte legítima de la vida.
De la visibilidad a la representación: capital mediático y fragilidad del campo político
Existe un fenómeno cada vez más visible en el Chile contemporáneo y en otras democracias mediatizadas es la irrupción de figuras provenientes del mundo del espectáculo, las redes sociales o economías informales en el campo político. No se trata simplemente de una ampliación de la participación democrática, sino de una transformación en los criterios de legitimidad que estructuran la representación.
Sin embargo, en el contexto contemporáneo, estas formas de capital han comenzado a ser desplazadas por lo que podríamos denominar capital mediático. La visibilidad, el número de seguidores, la capacidad de generar atención, comienzan a operar como sustitutos de la experticia. Este proceso no implica necesariamente una democratización del saber, sino más bien una reconfiguración de sus criterios de validación.
Como advierte Guy Debord en su análisis sobre la sociedad del espectáculo, la imagen no sólo representa la realidad, sino que la sustituye. En este marco, la presencia mediática adquiere un valor en sí misma, independiente de su contenido.
En Chile, esta lógica se articula con trayectorias de ascenso económico y social marcadas por la precariedad. Sujetos que han logrado visibilidad y recursos a través de circuitos informales o digitales encuentran en la política un nuevo espacio de validación. La entrada al campo político no se produce a través de la formación o la experiencia institucional, sino mediante el traslado de capital mediático.
Este desplazamiento tiene consecuencias significativas. En primer lugar, debilita los mecanismos tradicionales de deliberación: la política deja de ser un espacio de argumentación reflexiva para convertirse en un escenario de performatividad, donde la eficacia se mide en términos de impacto inmediato y no de coherencia o consistencia argumentativa. Como señala Habermas, “la validez de las normas solo puede ser fundada y reconocida si se someten al examen de todos los afectados a través de la comunicación libre de coacción” (Habermas, 1987, p. 117). Esto evidencia que la sustitución de la deliberación por la lógica de resultados erosiona la legitimidad y profundidad del espacio político.
En segundo lugar, favorece la circulación de discursos simplificados, altamente emocionalizados y, en muchos casos, desprovistos de sustento técnico. Como señalan Cass Sunstein y otros autores que estudian la comunicación política contemporánea, la lógica de las redes sociales tiende a amplificar posiciones extremas y a reducir la complejidad del debate público (Sunstein, 2017).
En este contexto, no resulta casual que muchas de estas figuras adhieran a posiciones de derecha, la afinidad no es únicamente ideológica, sino estructural. El discurso de la autosuficiencia, el mérito individual y la desconfianza hacia el Estado se alinea con trayectorias personales construidas en contextos donde la institucionalidad ha estado ausente o ha sido percibida como obstáculo.
Además, como ha planteado Wendy Brown, el neoliberalismo no sólo economiza la vida social, sino que también erosiona las bases mismas de la democracia. Al reducir al ciudadano a un actor económico, debilita su capacidad de participar en procesos deliberativos complejos (Brown, 2015).
El resultado es una política empobrecida, donde la representación se basa más en la identificación afectiva que en la argumentación racional. Esto no significa que estas figuras carezcan de legitimidad, sino que su legitimidad opera en un registro distinto: no el del conocimiento, sino el de la cercanía simbólica.
Sin embargo, esta forma de representación conlleva riesgos significativos. La ausencia de formación y de comprensión estructural de los problemas sociales puede traducirse en propuestas simplistas, punitivas o derechamente erráticas. Más aún, puede contribuir a la deslegitimación del conocimiento experto, reforzando una cultura antiintelectual que debilita la calidad del debate democrático.
En un contexto de alta desigualdad y desconfianza institucional, esta combinación resulta particularmente problemática. La política se convierte en un espacio de expresión de malestares, pero no necesariamente en un espacio de resolución de conflictos.
Entre el mérito, la visibilidad y la erosión de lo común
Lo que el análisis de este fenómeno permite observar no es únicamente una transformación en las condiciones económicas o laborales, sino una mutación más profunda en la forma en que se articulan subjetividad, reconocimiento y política en el Chile contemporáneo.
El neoliberalismo ha logrado algo que va más allá de la organización de los mercados: ha producido sujetos que internalizan su lógica y la reproducen activamente, incluso en contextos que los precarizan. El mérito, en este marco, deja de ser una categoría descriptiva para convertirse en un principio normativo que ordena la experiencia social.
Sin embargo, esta transformación no se detiene en el ámbito económico se extiende al campo político, donde la visibilidad comienza a sustituir a la formación, y la identificación afectiva desplaza a la deliberación racional. La irrupción de figuras mediáticas sin trayectoria ni especialización no es un accidente, sino una expresión coherente de esta reconfiguración.
El problema no radica en el origen social de quienes participan en política, sino en las condiciones bajo las cuales se construye su legitimidad. Cuando el reconocimiento se basa exclusivamente en la visibilidad y no en el conocimiento, el debate público se empobrece. La complejidad de los problemas sociales es reemplazada por consignas, y la política pierde su capacidad de mediación.
En este contexto, la adhesión de sectores populares a discursos de derecha no puede ser leída como una anomalía, sino como el resultado de trayectorias marcadas por la precariedad, la autoexplotación y la búsqueda de reconocimiento. El orden, el mérito y la disciplina ofrecen una narrativa coherente en un mundo percibido como incierto.
Sin embargo, esta coherencia tiene un costo. Al privilegiar la responsabilidad individual por sobre las condiciones estructurales, se debilita la posibilidad de construir respuestas colectivas. El derecho se transforma en privilegio, y el descanso en sospecha.
La consecuencia última de este proceso es la erosión de lo común cuando la vida social se organiza exclusivamente en torno al rendimiento y la competencia, desaparecen los espacios de cuidado, de encuentro y de deliberación.
Defender el descanso, en este escenario, no es una demanda menor, es una forma de resistir a la colonización total de la vida por la lógica del mercado. Es, también, una manera de reabrir la posibilidad de pensar la sociedad más allá del mérito y la visibilidad.
Porque cuando incluso la política comienza a regirse por los criterios del espectáculo, lo que está en juego no es sólo la calidad del debate público, sino la posibilidad misma de la democracia.
Referencias bibliográficas
Bourdieu, P. (1998). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.
Bourdieu, P. (2000). Poder, derecho y clases sociales. Desclée de Brouwer.
Brown, W. (2015). Undoing the demos: Neoliberalism’s stealth revolution. Zone Books.
Bukowski, C. (1994). El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Anagrama.
Butler, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.
Debord, G. (1995). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos.
Foucault, M. (2007). El nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979). Fondo de Cultura Económica.
Gago, V. (2014). La razón neoliberal: Economías barrocas y pragmática popular. Tinta Limón.
Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa: Volumen 2. Crítica de la razón funcionalista. Taurus.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento: Por una gramática moral de los conflictos sociales. Crítica.
Instituto Nacional de Estadísticas. (2023). Boletín de informalidad laboral. Gobierno de Chile.
Lacan, J. (1992). El seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis. Paidós.
Ministerio de Desarrollo Social y Familia. (2022). Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN). Gobierno de Chile.
Mudde, C. (2019). The far right today. Polity Press.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. (2017). Desiguales: Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile. PNUD.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. (2021). Informe regional de desarrollo humano. PNUD.
Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.
Sunstein, C. R. (2017). #Republic: Divided democracy in the age of social media. Princeton University Press.
Svampa, M. (2019). Las fronteras del neoextractivismo en América Latina. CALAS.
Torche, F. (2005). Unequal but fluid: Social mobility in Chile in comparative perspective. American Sociological Review, 70(3), 422–450.
