El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Claudio Spiniak, el Epstein de Chile: cuando el Estado abandona aparecen los depredadores

spniak

Por Cristian Acosta

Este viernes 13 de marzo murió Claudio Spiniak, y con su muerte se cierra la vida de uno de los nombres más oscuros que han aparecido en la historia reciente de Chile. El empresario fue condenado por delitos de abuso sexual infantil, corrupción de menores y producción de pornografía infantil.

Para algunos será solo una noticia más. Para otros, un caso viejo que quedó en los archivos judiciales. Pero para quienes crecimos dentro del sistema de protección del Estado, su nombre siempre fue algo más que un titular. Hoy, yo hablo como sobreviviente del SENAME y como fundador de la Fundación Somos Hermanos.

La investigación que llevó adelante el juez Sergio Muñoz destapó una realidad brutal: en Chile existían redes de explotación sexual que se alimentaban de los niños más vulnerables del país: niños pobres, abandonados, de la calle y provenientes de hogares del Sename. Ese era el perfil que buscaban.

Por eso siempre he dicho que el caso Spiniak fue el Jeffrey Epstein de Chile, el magnate y agresor sexual estadounidense que dirigió una red de trata y abuso sexual de menores. Porque no se trataba solo de un individuo enfermo, sino de un sistema que permitió que durante años existieran espacios donde los niños pudieran ser abusados con total impunidad.

En medio de la investigación aparecieron acusaciones que salpicaron al poder político. Nombres como el del entonces senador Jovino Novoa fueron mencionados en declaraciones que terminaron envueltas en una enorme controversia judicial. También apareció el testimonio de Gemita Bueno, que luego fue cuestionado y utilizado para desviar el foco del horror principal.

Mientras el país discutía si hubo manipulación política o falsas acusaciones, lo verdaderamente importante quedó relegado: los niños que sí fueron abusados. Los niños que fueron llevados a esas casas, que fueron utilizados y que quedaron marcados para siempre.

Yo no hablo de esto desde la distancia. Hablo desde la memoria de lo que significaba ser un niño vulnerable en Chile en esos años, de crecer sabiendo que existían adultos que buscaban exactamente eso: niños pobres, sin protección y sin voz.

Por eso, el caso Spiniak reveló algo que Chile nunca quiso enfrentar completamente: cuando el Estado abandona a sus niños, aparecen los depredadores. Entonces, la muerte de Spiniak no cierra la historia. No repara el daño causado ni devuelve la infancia robada a las víctimas, como tampoco responde a todas las preguntas que quedaron flotando desde aquellos años. Porque lo más inquietante de todo es que el país nunca llegó hasta el fondo completo de esa red. Hoy Spiniak muere. Pero la deuda con los niños sigue viva. Y mientras esa deuda exista, quienes sobrevivimos seguiremos hablando.

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