Ni todas las mujeres somos buenas, ni todos los hombres son malos ¿Puede ganar el feminismo sin ellos?

Por Verónica Aravena Vega
Al feminismo le pasa algo que también ocurre con los partidos, las religiones y las ideologías: en cuanto empieza a verse como una marca, una tribu, o una identidad cómoda, deja de ser peligroso. Y cuando deja de ser peligroso… deja de ser justicia.
Voy a decirlo claro desde el principio: esto no “se trata solo de mujeres”. Sería ingenuo —y hasta insultante— pensar que la transformación radical de nuestras sociedades se logra únicamente si las mujeres se encierran en una categoría sagrada e intocable y exigen que todos los demás sigan un guión moral rígido. Eso no va a cambiar nada.
Si el feminismo alguna vez quiere cumplir su promesa más ambiciosa, tiene que incluir a todos. Y no de cualquier manera: de manera estratégica, crítica y consciente. Sin blanquear nada políticamente, pero con un deseo genuino de ganar poder social, discursivo y material.
Esto nos lleva a preguntarnos algo que debería ser obvio: ¿qué es realmente el feminismo?
Para pensadoras como bell hooks, el feminismo nunca fue un club de mujeres privilegiadas llorando por su cuota de poder. Es la búsqueda de justicia social, es un proyecto político anticapitalista que cuestiona el sistema que nos enferma a todos y todas. Un sistema que se alimenta de desigualdades, de jerarquías de género, de racismo, de explotación económica y de la ilusión de que podemos resolver todo con más reglas de castigo.
bell hooks lo llamó “feminismo para todo el mundo”, no para un nicho moralmente puro de “buenas mujeres” que se creen con derecho a señalar culpables y víctimas desde un pedestal.
Entender esto nos ayuda a ver por qué no podemos caer en el punitivismo. La justicia no es venganza. La justicia no es una lista eterna de culpas para ciertos cuerpos o nombres.
El feminismo no debería confundirse con un sistema judicial extendido donde se persiguen pecados y se coleccionan sentencias sociales. Eso es igual de letal que cualquier aparato patriarcal. ¿Por qué? Porque transfiere poder a instituciones que no cuestionan las estructuras de riqueza, explotación y disciplina social, y que legitiman la gestión punitiva de cuerpos y comportamientos.
Reconocer la violencia estructural y el agravio histórico es fundamental —está ahí, documentado, vivo—. Pero reconocer no es fetichizar.
Cuando convertimos las heridas históricas en un contrato político eterno, el feminismo corre el riesgo de transformarse en una identidad defensiva e inamovible. Una identidad que solo sabe reclamar y jamás negociar ni transformar. Además, al hacerlo, se expulsan aliados potenciales —como algunos hombres.
No somos bloques monolíticos. Las estructuras de poder atraviesan a todos de maneras distintas. Algunos hombres tienen enormes privilegios materiales y simbólicos; otros están en la cola de la precariedad.
Mi papá, por ejemplo, taxista con cuatro hijos a cuestas, no era un privilegiado. ¿Machista? Sí, un gran sí —por su educación, sus silencios y sus nervios agrietados por la precariedad y la tradición. ¿Privilegiado como Elon Musk? Perdón, pero no. Esta visión maniqueísta de la sociedad es inútil para construir análisis.
Si vamos a hablar de interseccionalidad —esa palabra que a veces parece un truco de magia— tenemos que usarla de verdad. No repetirla como mantra vacío. Interseccionalidad significa entender que las identidades no operan de forma aislada ni homogénea.
Significa comprender que una mujer negra, una mujer trans, un hombre pobre y precarizado, una trabajadora inmigrante… todos enfrentan redes de poder entrelazadas que no se reducen a ser mujer u hombre.
Aquí lo que señala Patricia Hill Collins cobra sentido: las categorías sociales funcionan como matrices de dominación, no como etiquetas sencillas.
Esta comprensión nos permite ver que el feminismo que necesitamos no puede ni debe ser un gueto moral ni una religión identitaria. Debe ser pólvora política. Un arma teórica para desarmar la injusticia, no un sello de pureza que tranquilice nuestro ego.
Porque si queremos justicia, el feminismo tiene que superar el narcisismo identitario y volverse alianza estratégica de todas las personas que sufren bajo el mismo sistema. Ese sistema que concentra riqueza, reprime deseo y segmenta cuerpos y vidas según reglas antiguas que nadie se atreve a cuestionar del todo.
No podemos conformarnos con las cuotas de representatividad como si fueran el final del camino. Abrir espacios es necesario. Que más mujeres estén en parlamentos, gobiernos, universidades y medios de comunicación es urgente y necesario. Pero eso no es la revolución: es abrir una puerta en una muralla.
Lo que viene después de abrir la puerta es la verdadera batalla. Transformar las estructuras económicas, sociales y culturales que generan desigualdades. Si el feminismo se queda en ocupar espacios dentro de un sistema que sigue produciendo explotación, precariedad y violencia, solo ha cambiado las caras sin cambiar las reglas del juego.
Esto nos lleva a una provocación más radical: el feminismo, en última instancia, debería desaparecer. Sí. Debería desaparecer como identidad separada, como categoría cerrada.
Porque si llegamos a una sociedad donde no hay desigualdad estructural de género, donde la justicia social es real, donde las relaciones de cuidado, trabajo, poder y afecto están distribuidas de manera democrática… entonces ya no necesitaremos esta etiqueta para luchar. La lucha habrá terminado o se habrá transformado en algo más amplio, sin el peso de las jerarquías que nos dividieron en primer lugar.
¿Significa eso renunciar a la memoria de las luchas, a las historias de quienes padecieron violencia? No.
Significa hacer que esa memoria se convierta en lección política, no en sentencia eterna. Significa dejar de enamorarnos de la identidad feminista como fetiche moral y transformarla en una fuerza de construcción material y colectiva.
Para lograrlo necesitamos a todos. No como concesión ni estrategia de marketing, sino como colectivo político con objetivos claros: transformar las relaciones de trabajo que explotan cuerpos y mentes, desmantelar la cultura punitiva que reproduce violencia a nombre de justicia, redistribuir el cuidado social, económico y afectivo y hacer que las instituciones dejen de administrar desigualdades y empiecen a repararlas.
Algunas personas, quizás muchas, sentirán resistencia inmediata: ¿cómo vamos a incluir a los hombres si ellos son parte del problema?
A eso respondo con claridad: incluir no es blanquear ni excusar. Significa identificar aliados reales, cuestionar privilegios sin simplificar en oposiciones binarias, abrir estrategias en vez de muros.
Un hombre que levanta la voz contra la cultura de la violación, que cuestiona sus propios hábitos, que desafía a sus pares, no es tu enemigo. Es un aliado potencial si comprende su posición y actúa en consecuencia.
Esto no significa que no debamos señalar violencias cuando suceden; significa que no reducimos todo a un esquema victimario vs. víctima. Ese esquema termina reproduciendo curiosamente las mismas dinámicas de exclusión que queremos combatir.
Y sí, existen hombres privilegiados. Sí, hay un segmento enorme que se beneficia estructuralmente. Pero reducir a todos los hombres a esa condición es políticamente ciego, analíticamente pobre y emocionalmente desgastante.
Desde el punto de vista estratégico, es un suicidio político: no puedes construir una mayoría social si la mitad de la población es definida como antagonista inamovible. Eso no es movimiento, eso es gueto.
Cuando el feminismo se enamora de la identidad y de la pureza moral, se vuelve dogmático. Incapaz de negociar, de leer contextos complejos, de articular alianzas más allá del propio espejo moral. Eso no transforma el mundo; solo tranquiliza conciencias.
Por eso quiero más. Quiero un feminismo que desborde las categorías binarias, que cuestione no solo al patriarcado, sino al capitalismo, al racismo, a la precariedad laboral y a la cultura de la dominación que atraviesa todas nuestras instituciones.
Quiero un feminismo que no necesite convertirse en religión entera para sentirse legítimo. Quiero un feminismo como herramienta crítica poderosa, no como cámara de eco de sentimientos bien intencionados pero políticamente accidentados.
Sí, quiero un movimiento que reconozca violencia estructural, que valide experiencias de dolor y agravio, pero que también sepa cuándo es momento de construir, de negociar, de hacer política real.
Porque si todo lo que puedes ofrecer es acusación, sin mapa de acción, terminamos recreando otro sistema de exclusión. Esta vez, con buenas intenciones y camisetas moradas.
El feminismo que necesitamos, el feminismo que puede ganar no es el que se da baños de pureza moral, ni el que cree que la justicia se consigue señalando culpables eternamente, ni el que exige representación sin disputar la economía del poder.
El feminismo que necesitamos es estratégico, interseccional de verdad, capaz de incluir, de polemizar, de negociar y de transformar, y sí, también es radical cuando toca desmontar privilegios y estructuras que enferman nuestros cuerpos y nuestras vidas.
Porque al final, la justicia social no es un derecho exclusivo de un grupo identitario. La justicia social es una condición de vida digna para todos los que vivimos en un sistema que nos explota, nos segmenta y nos diseña para competir y odiarnos.
Eso no se combate desde la identidad, se combate desde la estrategia, la política y la solidaridad crítica.
Y si alguna vez llegamos a transformar esas condiciones, si alguna vez logramos que las desigualdades estructurales de género, clase, raza y deseo dejen de estructurar nuestras vidas, entonces el feminismo como categoría separada habrá cumplido su función.
Entonces podremos decir: misión cumplida. Entonces podremos pensar en nuevas formas de justicia que no dependan de defensas identitarias sino de una comunidad humana verdaderamente democrática.
Hasta entonces, no nos enamoremos de la identidad, enamorémonos de la lucha y de la victoria.

