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8M en tiempos de restauración autoritaria: mujeres e infancias en la línea de fuego

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Por Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en salud mental, infancias y derechos humanos 

Otro 8 de marzo en el calendario y es  neceria realizar una pregunta abierta ¿Qué mundo estamos construyendo cuando la igualdad retrocede, cuando los discursos de odio ganan tribuna pública y cuando las políticas sociales dirigidas a mujeres e infancias se desmantelan con el argumento de la austeridad o la seguridad?

Este 2026 no puede analizarse como un año aislado. Sin embargo, en estos primeros meses se ha hecho evidente una restauración conservadora que no solo tensiona derechos conquistados, sino que redefine el horizonte político global. En distintos países, liderazgos asociados a corrientes de extrema derecha han impulsado recortes en programas de salud sexual y reproductiva, disminución de presupuestos para prevención de violencia de género y restricciones a la educación con perspectiva de derechos humanos.

El impacto no es abstracto se traduce en vidas precarizadas, en cuerpos más expuestos y en infancias sin red de protección.

En este escenario bélico mundial, el 8M adquiere una densidad particular. No se trata sólo de reivindicar igualdad salarial o representación política. Se trata de defender la vida misma frente a una estructura de poder que, en contextos de crisis y guerra, relega a mujeres y niños al lugar de daño colateral.

PATRIARCADO, PODER Y RESTAURACIÓN CONSERVADORA

El patriarcado no es una reliquia cultural, es una arquitectura de poder que se adapta a las coyunturas y en la que siempre son las mujeres las que salen dañadas. Rita Segato ha señalado que la violencia contra las mujeres no puede leerse como un desborde individual, sino como un mandato estructural que reafirma jerarquías masculinas en contextos de dominación (Segato, 2016). 

Cuando los Estados endurecen sus políticas de seguridad y simultáneamente debilitan sus políticas sociales, se produce una doble operación y de seguridad hacia las mujeres. Se amplifica la coerción y se reduce el cuidado. En América Latina hemos visto cómo los discursos contra la llamada ideología de género se articulan con agendas económicas neoliberales. La reducción de presupuestos en programas de apoyo a víctimas de violencia doméstica o en servicios de salud reproductiva no ocurre en el vacío. Se inscribe en una visión que considera los derechos de las mujeres como concesiones ideológicas y no como garantías básicas de ciudadanía. 

Silvia Federici advirtió hace décadas que las crisis del capitalismo suelen resolverse intensificando la explotación del trabajo reproductivo femenino (Federici, 2013). Cuando se recortan ayudas sociales, el peso del cuidado recae nuevamente en los hogares. En sociedades desiguales, ese hogar tiene rostro de mujer. Las abuelas, madres y hermanas sostienen lo que el Estado abandona.

Esta restauración autoritaria no siempre se presenta con retórica abiertamente misógina. A veces adopta el lenguaje de la tradición, la familia o la soberanía nacional. No obstante, el resultado converge en un mismo punto. Se restringen derechos, se debilitan políticas de protección y se legitiman narrativas que subordinan a mujeres y disidencias.

GUERRA, GEOPOLÍTICA Y CUERPOS VULNERADOS

Las guerras no son neutrales en términos de género, la historia demuestra que en cada conflicto armado los cuerpos femeninos se transforman en territorio simbólico. La violencia sexual, el desplazamiento forzado y la pérdida de redes comunitarias afectan de manera desproporcionada a mujeres e infancias.

Las acciones militares del Estado de Israel en territorios palestinos y el respaldo político y militar de Estados Unidos han sido objeto de severas críticas por parte de organizaciones de derechos humanos. Más allá de las disputas diplomáticas, lo que resulta innegable es el impacto humanitario en la población civil. Hospitales colapsados, escuelas destruidas y familias desplazadas componen una escena que interpela cualquier conciencia ética. Con los últimos hechos ocurridos en Irán donde se asesinaron a casi 200 niñas, queda claro que las mujeres y las infancias son la últimas en la lista de importancia asesinadas violadas y torturadas.

Judith Butler ha insistido en que algunas vidas son consideradas llorables y otras no (Butler, 2006). Cuando la comunidad internacional relativiza la muerte de niñas bajo bombardeos o justifica la devastación en nombre de la seguridad, se activa una jerarquización implícita del valor de la vida. En ese orden, las mujeres y las infancias de ciertos territorios quedan situados en un margen de prescindibilidad.

En contextos de ocupación y guerra prolongada, las mujeres no solo enfrentan el riesgo directo de la violencia armada. También asumen la supervivencia cotidiana. Buscan agua, alimento y refugio. Sostienen a hijos traumatizados mientras procesan su propio duelo. El estrés crónico, la pérdida de familiares y la destrucción de infraestructura sanitaria multiplican los efectos en salud mental.

Angela Davis recordó que la intersección entre racismo, militarismo y capitalismo produce escenarios donde la violencia se naturaliza como herramienta política (Davis, 2016). La guerra no es únicamente una disputa territorial. Es un dispositivo que reordena cuerpos y legitima la eliminación del otro. En esa lógica, las mujeres quedan atrapadas entre la violencia directa y la carga invisible del cuidado.

INFANCIAS EN ESTADO DE EXCEPCIÓN

La infancia en en medio de la guerra es la primera víctima silenciosa de cualquier crisis, Cuando se bombardean escuelas por conflictos armados o se cierran por políticas de austeridad, no solo se interrumpe el aprendizaje. Se fractura un espacio de socialización y protección. La filósofa brasileña Djamila Ribeiro ha subrayado que las estructuras de opresión se sostienen en la invisibilización de ciertas voces (Ribeiro, 2018). 

Las niñas en territorios en guerra rara vez ocupan titulares sin embargo, su experiencia marca generaciones. El trauma infantil no tratado se traduce en mayor vulnerabilidad a lo largo del ciclo vital. En escenarios de desplazamiento forzado, aumentan los matrimonios tempranos y el trabajo infantil. Las familias, acorraladas por la precariedad, recurren a estrategias de supervivencia que reproducen desigualdades de género. Las niñas abandonan la escuela para asumir tareas domésticas o para ser entregadas en uniones que prometen cierta protección económica.

El derecho internacional humanitario reconoce la obligación de proteger a la población civil. No obstante, la distancia entre norma y realidad es evidente. Cuando los corredores humanitarios son insuficientes o cuando la ayuda se condiciona a intereses geopolíticos, las infancias quedan expuestas a una violencia que no eligieron.

AMÉRICA LATINA Y EL ESPEJO INCÓMODO

Aunque los focos mediáticos se concentran en conflictos bélicos, América Latina enfrenta su propia crisis. Feminicidios persistentes, redes de trata y economías ilícitas configuran un panorama donde la violencia patriarcal opera en tiempos de paz formal.

Marcela Lagarde conceptualizó el feminicidio como un crimen de Estado cuando las instituciones fallan en prevenir, investigar y sancionar la violencia contra las mujeres (Lagarde, 2008). En varios países de la región, la impunidad supera el setenta por ciento en delitos de violencia de género. La señal que se transmite es devastadora,  la vida de las mujeres puede ser arrebatada sin consecuencias significativas y los agresores viven y gobiernos en total impunidad sin leyes claras y severas.

El resurgimiento de fuerzas políticas que cuestionan la educación sexual integral o que promueven la penalización absoluta del aborto intensifica el riesgo. No se trata solo de debates morales, se trata de salud pública y autonomía corporal. La evidencia es clara respecto a que la prohibición no elimina la práctica, sino que la vuelve más peligrosa.

En Chile, los avances en legislación sobre violencia intrafamiliar y paridad política conviven con resistencias culturales profundas. Las discusiones sobre presupuestos destinados a programas de protección revelan que los derechos pueden retroceder si no existe vigilancia ciudadana constante. Y bajo los gobiernos de extremas derecha, todos los derechos avanzados en materia de genero suelen correr peligro de desaparecer en post de la seguridad social.

CRISIS ECONÓMICA Y SOBRECARGA FEMENINA

Las crisis económicas globales suelen acompañar el auge de discursos nacionalistas y excluyentes. Cuando el empleo se precariza y el costo de la vida aumenta, emergen narrativas que responsabilizan a minorías o a movimientos feministas de los supuestos desequilibrios sociales.

Nancy Fraser ha analizado cómo ciertas corrientes conservadoras articulan una crítica al neoliberalismo que termina reforzando jerarquías tradicionales de género (Fraser, 2019). Bajo la promesa de recuperar estabilidad, se reinstala la idea de que el lugar natural de la mujer es el ámbito doméstico.

El retiro o disminución de ayudas sociales impacta directamente en jefas de hogar. Programas de transferencias condicionadas, subsidios de cuidado infantil y apoyos a emprendimientos femeninos han demostrado efectos positivos en reducción de pobreza. Su desmantelamiento no es neutro. Amplía brechas ya existentes.

En contextos de inflación y desempleo, la violencia intrafamiliar tiende a aumentar. La frustración económica se convierte en agresión dentro del hogar. Sin redes estatales sólidas, las mujeres enfrentan mayores barreras para abandonar relaciones abusivas.

SALUD MENTAL Y COMUNIDAD

Como profesional de las ciencias socialesl, observo con preocupación cómo la violencia estructural erosiona el bienestar psíquico colectivo. La guerra y la precarización no solo destruyen infraestructura material también erosionan la confianza básica en el futuro.

Franco Berardi ha descrito la contemporaneidad como una era de agotamiento psíquico donde la aceleración y la inseguridad permanente generan ansiedad generalizada (Berardi, 2017). Cuando a esa base se suman bombardeos, desplazamientos y discursos de odio, el impacto se multiplica.

Las mujeres, al asumir el rol de cuidadoras principales, suelen postergar su propio sufrimiento. El duelo se aplaza para garantizar la supervivencia de hijos y adultos mayores. Sin embargo, el trauma no desaparece. Se inscribe en el cuerpo y en la memoria.

Las respuestas no pueden limitarse a intervenciones individuales. Requieren reconstrucción de tejido comunitario. Espacios de apoyo mutuo, redes territoriales y políticas públicas integrales constituyen barreras frente a la deshumanización.

8M COMO HORIZONTE ÉTICO

Este 8M no es una marcha más o un carnaval, es por sobre todo un acto de memoria y de proyección donde recordamos a quienes han sido silenciadas por la violencia patriarcal y proyectamos un futuro donde la dignidad no dependa de la geografía o del poder militar.

En un mundo donde se legitima la destrucción en nombre de la seguridad, el feminismo ofrece una ética del cuidado. 

No como romanticismo ingenuo, sino como propuesta política radical. Cuidar implica redistribuir recursos, desmilitarizar imaginarios y reconocer la interdependencia humana.

Boaventura de Sousa Santos ha señalado que las epistemologías del sur permiten imaginar alternativas al pensamiento hegemónico (Sousa Santos, 2014). Escuchar a mujeres de territorios en conflicto, a madres que han perdido hijos bajo bombardeos, a niñas desplazadas, es un acto político. Desafía la narrativa que reduce la guerra a cifras y estrategias militares.

Este 8M invita a interrogar la normalización de la violencia, e invita a cuestionar la complicidad internacional frente a acciones que vulneran el derecho humanitario. Invita también a revisar nuestras propias sociedades, donde la violencia doméstica y la desigualdad económica reproducen, en escala cotidiana, la lógica de dominación.

No basta con indignarse solamente. Estamos en un momento histórico que exige posición y que requiere acción sostenida. Defensa de presupuestos sociales, exigencia de rendición de cuentas a gobiernos que apoyan conflictos devastadores y fortalecimiento de redes comunitarias.

Las mujeres y las infancias no son daños colaterales, son el centro de cualquier proyecto democrático genuino. Cuando sus derechos retroceden, retrocede la humanidad entera.

En tiempos de restauración autoritaria y guerras prolongadas, el feminismo se erige como una brújula ética. Nos recuerda que ninguna seguridad construida sobre la devastación puede considerarse legítima. Nos convoca a defender la vida en todas sus formas.

Este 8 de marzo no celebramos. Resistimos. Y en esa resistencia afirmamos que la historia no está escrita de antemano y que siempre se puede reescribir.

Referencias

Berardi, F. (2017). Futurabilidad: La era de la impotencia y el horizonte de la posibilidad. Caja Negra.

Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia. Paidós.

Davis, A. (2016). Freedom is a constant struggle: Ferguson, Palestine, and the foundations of a movement. Haymarket Books.

Federici, S. (2013). Revolución en punto cero: Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Traficantes de Sueños.

Fraser, N. (2019). ¡Contrahegemonía ya! Por un populismo progresista que enfrente al neoliberalismo. Siglo XXI.

Lagarde, M. (2008). Antropología, feminismo y política: Violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres. En M. Lagarde (Ed.), Claves feministas en torno al feminicidio. UNAM.

Ribeiro, D. (2018). Quién le teme al feminismo negro. Sur.

Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.

Sousa Santos, B. de. (2014). Epistemologías del sur. Akal.

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