La “cacería” de mujeres trans en Argentina: de la violencia en las calles al odio en las redes sociales
Por: Sofía Varas Rojas

Durante la madrugada del 2 de noviembre de 2026, un grupo de jóvenes atacó a mujeres trans que ejercían el trabajo sexual en los Bosques de Palermo, en Buenos Aires, Argentina. La agresión incluyó persecuciones, golpes y lanzamiento de piedras, palos y otros objetos. Los propios agresores registraron parte de los hechos y difundieron videos en redes sociales, acompañados de expresiones transfóbicas y burlas hacia las víctimas. Al menos seis mujeres resultaron heridas, una de ellas sufrió la pérdida de una oreja.
La denominación de “cacería”, utilizada por referentes de organizaciones LGBTQ+ para describir lo sucedido, permite reconocer una dimensión que excede la agresión física. No se trató solamente de un enfrentamiento entre particulares, sino de una acción colectiva dirigida contra personas identificadas por su expresión e identidad de género. La persecución, la exposición pública y la celebración digital de la violencia conforman elementos relevantes para comprender el carácter disciplinador de estos hechos.
El episodio requiere una lectura sociológica que considere las relaciones entre masculinidad, construcción de enemigos sociales y circulación de discursos de odio. En particular, resulta pertinente examinar la relación entre la machosfera y las expresiones contemporáneas de la extrema derecha, sin establecer una causalidad automática entre ambas ni atribuir una filiación política o religiosa a personas cuya identidad todavía no ha sido acreditada judicialmente. No se pretende en este análisis responder a todas las preguntas, pero si busca empatizar con la carga social, emocional y política con la que viven persones trans y el colectivo LGBTQ+.
La machosfera: comunidades digitales y restauración de la autoridad masculina
La machosfera (manosphere) comprende un conjunto heterogéneo de comunidades digitales, canales, foros y espacios de interacción que articulan discursos antifeministas, reivindicaciones de supremacía masculina y oposición a las transformaciones de género. No constituye una organización centralizada ni responde a una estructura única, sino que agrupa corrientes como los movimientos por los derechos de los hombres, los incels, los grupos de seducción y las comunidades asociadas a la llamada ideología red pill.
Ging identifica en estos espacios una articulación entre masculinidades agraviadas, antifeminismo y nuevas formas de identificación masculina. Una característica importante es la construcción de los hombres como sujetos perjudicados por el avance de los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales. Esta representación permite transformar la igualdad de derechos en una supuesta amenaza contra los hombres, generando comunidades donde el resentimiento se convierte en identidad colectiva.
La relación con el odio hacia las personas trans requiere considerar que la machosfera no se limita a reproducir misoginia. También participa en la defensa de un orden sexual binario, donde la masculinidad se define mediante la oposición a lo femenino y la heterosexualidad se presenta como norma social. Desde esta perspectiva, las identidades trans son representadas como una alteración del orden que determinados sectores buscan conservar.
Connell y Messerschmidt, al revisar el concepto de masculinidad hegemónica, explican que las jerarquías de género se reproducen mediante prácticas sociales que legitiman determinadas formas de autoridad masculina. La violencia contra las mujeres trans puede examinarse dentro de este marco cuando se utiliza para imponer límites sobre quién puede ocupar el espacio público, expresar su identidad y ser reconocido como sujeto legítimo.
En este sentido, el transodio no es un fenómeno separado de la misoginia. Ambos pueden compartir una estructura de desvalorización de aquello que cuestiona la autoridad masculina tradicional. La persecución de mujeres trans expresa una forma particularmente violenta de esa relación, porque busca castigar a quienes no se ajustan a las expectativas sociales impuestas sobre el sexo, el género y la sexualidad.
La violencia como espectáculo y la legitimación digital del odio
Uno de los elementos más relevantes del caso de Palermo es que los agresores no solamente ejercieron violencia, también registraron y difundieron imágenes de las agresiones. Las publicaciones contenían expresiones deshumanizantes y burlas hacia las víctimas, convirtiendo el ataque en material de circulación digital.
Esta dimensión permite incorporar los aportes de Banet-Weiser, quien estudia la relación entre la expansión de los discursos feministas y la circulación de nuevas expresiones de misoginia popular. En los entornos digitales, la hostilidad puede adquirir una dimensión colectiva mediante la repetición, la aprobación de otros usuarios y la transformación de la agresión en contenido para obtener reconocimiento.
La violencia filmada cumple así una función adicional: exhibe el poder de quienes agreden y convierte la humillación de las víctimas en una representación pública de dominio. La exposición no termina cuando cesa la agresión física, porque las imágenes pueden continuar circulando, reproducir el daño y extender la intimidación hacia otras personas trans.
La machosfera encuentra en estas dinámicas un terreno favorable para reproducir sus códigos de reconocimiento. La burla, la descalificación y la exhibición de fuerza pueden funcionar como mecanismos de pertenencia grupal, particularmente cuando la violencia contra las disidencias es presentada como una conducta aceptable o como una demostración de masculinidad.
No obstante, es necesario distinguir entre la circulación de contenidos misóginos y transfóbicos, la participación en comunidades de la machosfera y la autoría de delitos. No todas las personas que reproducen discursos de odio participan en agresiones físicas, así como tampoco es posible establecer que los responsables del ataque de Palermo pertenezcan a una comunidad digital determinada sin antecedentes judiciales que lo acrediten.
Extrema derecha, miedo a la disidencia y construcción de enemigos
La relación entre machosfera y extrema derecha puede comprenderse mediante la identificación de discursos compartidos, particularmente la defensa de una estructura social jerárquica, la oposición a las políticas de igualdad y la representación de los movimientos feministas y LGBTQ+ como amenazas culturales.
En Argentina, esta discusión adquiere relevancia durante el gobierno de Javier Milei. En su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, el 23 de enero de 2025, el presidente cuestionó el feminismo, las políticas de diversidad y la denominada ideología de género, vinculando determinadas expresiones de esta última con el abuso infantil. Se trata de declaraciones públicas verificables que forman parte de una disputa política sobre los derechos sexuales y de género.
También el comunicado oficial del 5 de febrero de 2025 anunció modificaciones restrictivas respecto de los tratamientos de afirmación de género para menores de edad, utilizando expresiones como «abuso infantil» y «extremismo de género» para fundamentar la posición gubernamental.
Estos antecedentes permiten estudiar cómo determinados discursos institucionales participan en la construcción de las identidades trans como un problema público. Esto no significa que exista una relación causal demostrada entre las declaraciones presidenciales y el ataque de Palermo, ni que quienes cometieron las agresiones hayan actuado siguiendo instrucciones de una organización política. La relación que puede examinarse es discursiva y cultural: la producción de un clima de confrontación en el cual la diversidad sexual se presenta como una amenaza para el orden social.
La construcción de enemigos constituye un mecanismo conocido en las disputas políticas contemporáneas. Cuando un grupo social es presentado como responsable de una supuesta decadencia moral, se facilita su estigmatización y se debilitan las condiciones de reconocimiento de sus derechos. En el caso de las personas trans, la reiteración de discursos que cuestionan su identidad puede contribuir a normalizar formas de exclusión y hostilidad.
El miedo a la disidencia sexual se expresa precisamente en esa necesidad de restaurar fronteras rígidas entre lo masculino y lo femenino. La existencia de personas que cuestionan esas categorías pone en discusión la supuesta naturalidad de un orden de género que algunos sectores consideran inalterable.
Fundamentalismo religioso, moral sexual y transodio
La dimensión religiosa también debe incorporarse al análisis, particularmente por el crecimiento de movimientos conservadores que han convertido la defensa de una determinada moral sexual en una plataforma de intervención política. En América Latina, algunos sectores evangélicos pentecostales y organizaciones católicas conservadoras han participado activamente en campañas contra los derechos sexuales y reproductivos, especialmente mediante la oposición a la educación sexual integral, el reconocimiento de las identidades de género y las políticas de diversidad.
Vaggione estudia este fenómeno en América Latina y describe cómo la denominada «ideología de género» se ha convertido en una herramienta discursiva para movilizar creencias religiosas y construir una amenaza alrededor de las transformaciones sociales relacionadas con el género y la sexualidad. Su investigación permite comprender la articulación entre conservadurismo religioso y acción política, sin reducirla exclusivamente a las instituciones religiosas.
Es necesario establecer una distinción: no todas las personas evangélicas sostienen posiciones transfóbicas ni todas las comunidades religiosas participan de movimientos neoconservadores. Existen también comunidades cristianas y organizaciones religiosas que defienden los derechos humanos y acompañan a las personas LGBTQ+. El objeto de análisis son aquellos sectores fundamentalistas que utilizan interpretaciones religiosas para justificar la exclusión, negar la identidad de otras personas o promover su persecución.
Cuando determinadas interpretaciones religiosas presentan las identidades trans como una amenaza contra la familia, la naturaleza o el orden divino, contribuyen a establecer una frontera moral entre quienes serían considerados legítimos y quienes quedan definidos como una desviación. Esta operación tiene consecuencias sociales cuando la descalificación abandona el espacio doctrinal y se convierte en una justificación de la discriminación.
La relación con la machosfera aparece en la coincidencia de determinados objetivos culturales: defender una masculinidad tradicional, cuestionar la autonomía de las personas sobre su identidad y rechazar las transformaciones de las relaciones de género. Aunque sus fundamentos sean diferentes, el antifeminismo digital y el conservadurismo religioso pueden coincidir en la oposición a la diversidad sexual y en la defensa de jerarquías tradicionales.
Por eso, hablar de transodio también implica reconocer la responsabilidad de los discursos que deshumanizan. La libertad religiosa protege las creencias y su ejercicio, pero no convierte en legítima la vulneración de los derechos de otras personas. La crítica debe dirigirse a las prácticas de intolerancia y a los movimientos que las promueven, no a la totalidad de quienes profesan una religión.
El derecho a existir sin persecución
La violencia contra las mujeres trans en Palermo obliga a considerar las condiciones sociales en las que se produce la exclusión. Las trabajadoras sexuales trans suelen enfrentar distintas formas de discriminación, precariedad laboral, estigmatización y exposición a la violencia. Cuando estas condiciones se combinan, el acceso a la protección institucional y a la justicia puede resultar especialmente difícil.
Judith Butler, en Undoing Gender, aborda las condiciones sociales mediante las cuales determinadas identidades pueden ser reconocidas y otras quedan expuestas a la deslegitimación. Esta perspectiva permite comprender que el reconocimiento de las personas trans no constituye solamente una discusión sobre identidad individual, sino también sobre las normas sociales que determinan quién puede vivir con dignidad y ejercer sus derechos.
En Palermo, la persecución de mujeres trans en un espacio público y la posterior difusión de las imágenes evidencian una forma de violencia que pretende imponer límites a su existencia social. El hecho de que las víctimas estuvieran trabajando no disminuye la gravedad de las agresiones ni modifica su derecho a la integridad física y a la protección judicial.
La investigación iniciada por la Fiscalía Penal, Contravencional y de Faltas N.º 13 de la Ciudad de Buenos Aires consideró provisionalmente la figura de lesiones agravadas por odio a la identidad de género, solicitando registros audiovisuales y antecedentes para identificar a las personas involucradas. Esta calificación corresponde a una etapa investigativa y no constituye una sentencia judicial.
La discusión sobre la machosfera, la extrema derecha y los fundamentalismos religiosos adquiere relevancia precisamente porque permite examinar las condiciones culturales que pueden legitimar la hostilidad contra las disidencias. El transodio no aparece de manera aislada cuando existen discursos que presentan la diversidad sexual como una amenaza, ridiculizan las identidades trans o cuestionan su derecho a participar de la vida social.
La cacería de Palermo no puede reducirse a una controversia sobre comportamientos juveniles ni a un episodio de violencia callejera. Su análisis exige considerar las relaciones entre masculinidad, poder, discursos de odio y reconocimiento social. La persecución de mujeres trans expone hasta qué punto la defensa de un orden sexual tradicional puede convertirse en una práctica de intimidación y violencia contra quienes no se ajustan a sus normas.
Hablar de transodio significa reconocer que la identidad de género no puede convertirse en motivo de persecución, humillación o violencia. También significa examinar la responsabilidad de los discursos políticos, culturales, digitales y religiosos cuando contribuyen a construir a las personas disidentes como enemigos sociales. La existencia de las personas trans no constituye una amenaza para la sociedad, pero su persecución sí representa un problema de derechos humanos, convivencia democrática y protección de la vida.
Referencias bibliográficas
Banet-Weiser, S. (2018). Empowered: Popular feminism and popular misogyny. Duke University Press. https://doi.org/10.1515/9781478002772
Butler, J. (2004). Undoing gender. Routledge.
Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic masculinity: Rethinking the concept. Gender & Society, 19(6), 829–859. https://doi.org/10.1177/0891243205278639
Ging, D. (2019). Alphas, betas, and incels: Theorizing the masculinities of the manosphere. Men and Masculinities, 22(4), 638–657. https://doi.org/10.1177/1097184X17706401
La Nación. (2026, 4 de noviembre). Ataque homofóbico en Palermo: una fiscal pidió los registros fílmicos y busca testigos de las agresiones a mujeres trans. https://www.lanacion.com.ar/seguridad/ataque-homofobico-en-palermo-una-fiscal-pidio-los-registros-filmicos-y-busca-testigos-de-las-nid04112026/
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Presidencia de la Nación Argentina. (2025, 23 de enero). Discurso del Presidente de la Nación, Javier Milei, desde el Foro de Davos, Suiza. Casa Rosada. https://www.casarosada.gob.ar/informacion/discursos/50848-discurso-del-presidente-de-la-nacion-javier-milei-desde-el-foro-de-davos-suiza
Vaggione, J. M. (2022). El entramado neoconservador en América Latina. La instrumentalización de la ideología de género en las democracias contemporáneas. Las Torres de Lucca. International Journal of Political Philosophy, 11(1), 51–64. https://doi.org/10.5209/ltdl.79437

