Amar el potencial de alguien: sobre la difícil renuncia a la fantasía de lo posible en una relación
Por: Agnieszka Bozanic Leal

Hay personas de las que conservamos una imagen particularmente difícil de abandonar. No necesariamente aquella en que fueron más felices o más capaces de responder a nuestras necesidades. A veces es la imagen de alguien que, por un momento, consiguió despojarse de todas sus defensas y mostrarnos una dimensión de sí mismo que todavía hoy nos conmueve. Pienso en esas conversaciones que comienzan sin grandes pretensiones. Estamos sentados en una banca, compartiendo una cerveza, cuando él empieza a contarme algo de su infancia. Una historia difícil, una experiencia de abandono, un miedo que ha acompañado su vida durante años. La conversación cambia de tono y, por un instante, tenemos la sensación de estar conociendo a esa persona de una manera completamente distinta. Descubrimos una ternura que no habíamos visto, una sensibilidad cuidadosamente escondida, una necesidad de afecto que rara vez consigue expresar. Y algo de esa escena se queda con nosotras.
Con el tiempo, esa misma persona puede mostrarse distante, responder con silencios o tener dificultades para construir una intimidad sostenida o derechamente evadir el vínculo. Sin embargo, cada vez que intentamos comprender esas conductas, volvemos mentalmente a aquella conversación que comienzan sin grandes pretensiones. Recordamos la confianza que depositó en nosotras y pensamos que, detrás de todas esas dificultades, sigue existiendo la persona que conocimos aquella tarde.
¿Es eso amar a alguien por quien es o por quien creemos que podría llegar a ser?
Durante mucho tiempo he pensado que enamorarse del potencial de alguien significaba enamorarse de una fantasía. Pero hoy me parece que esa explicación es insuficiente. Porque no siempre imaginamos cualidades inexistentes. A veces aquello que amamos ha estado frente a nuestros ojos por unas horas, unos días, unas semanas. Nuestro error, si es que podemos llamarlo así, no consiste necesariamente en inventar a esa persona, sino en asumir que aquello que hemos conocido ocasionalmente puede convertirse, con suficiente tiempo, comprensión y amor, en una disposición permanente. Confundimos la posibilidad de que algo ocurra con la expectativa de que necesariamente terminará ocurriendo.
Cuando hemos sido testigos de la vulnerabilidad de alguien, podemos convencernos de que conocemos a la persona que existe debajo de sus defensas. Pero ¿existe realmente una persona esperando ser liberada debajo de todas esas armaduras? ¿O somos también el resultado de las estrategias que hemos aprendido para sobrevivir?
En el caso de muchos hombres, estas estrategias no pueden comprenderse al margen de la socialización patriarcal. Desde pequeños aprenden que expresar miedo puede interpretarse como debilidad, que necesitar afecto compromete su autonomía y que mostrarse vulnerables amenaza su reconocimiento social. Construyen herramientas para habitar el mundo que, aunque alguna vez les permitieron protegerse, pueden terminar obstaculizando aquello que también necesitan con urgencia: intimidad, cuidado y reconocimiento.
Comprender esto puede despertar en nosotras, una forma particular de ternura. Porque cuando hemos conocido a alguien en su vulnerabilidad, no solamente deseamos volver a encontrarnos con esa dimensión suya. También imaginamos lo reconfortante que podría resultar su propia vida si consiguiera habitarla con menos defensas. Hay algo profundamente amoroso en desear que otra persona pueda vivir con mayor libertad. Sin embargo, comprender las condiciones que explican determinadas maneras de relacionarse no modifica necesariamente sus consecuencias. Entender las razones de una ausencia no vuelve menos real esa ausencia. Comprender por qué alguien ha aprendido a protegerse del afecto no hace menos doloroso encontrarnos, una y otra vez, con sus defensas.
Recuerdo entonces una imagen que ha circulado durante años por internet. Dos hombres excavan en busca de diamantes. Uno continúa golpeando la roca; el otro, agotado, decide abandonar, sin saber que estaba a unos centímetros de encontrar un enorme depósito de piedras preciosas. El mensaje parece evidente: nunca abandones, porque podrías estar a un solo intento de conseguir aquello que deseas. Sin embargo, quienes observamos la imagen sabemos que los diamantes están ahí. Tenemos una perspectiva privilegiada que el hombre que excava desconoce. En la vida real, sin embargo, nadie nos muestra una imagen completa del terreno. No sabemos si detrás de la próxima roca habrá diamantes, si tendremos que continuar excavando durante décadas o si nunca encontraremos aquello que buscamos.
Y aun así, muchas veces nos relacionamos con el amor como si hubiéramos visto el dibujo completo. Cada nuevo acercamiento parece confirmar que estamos a punto de llegar. Cada conversación vulnerable nos devuelve la certeza de que hay algo valioso esperando ser descubierto. Y cada dificultad se convierte en otra capa de roca que debemos atravesar.
¿Y si nos retiramos justo antes de que ocurra? ¿Y si después de tantos intentos solamente faltaba uno más? Pero ¿cuándo la perseverancia deja de ser una virtud? ¿Cuándo el deseo de encontrar algo hermoso comienza a impedirnos reconocer el costo de seguir excavando?
Existe una trampa en esa imagen: nos invita a perseverar sin preguntarnos si aquello que buscamos realmente se encuentra allí. Y, sobre todo, supone que encontrar los diamantes depende exclusivamente de cuánto estemos dispuestas a seguir cavando. Y hay otra dimensión que vuelve esta pregunta incómoda. Las mujeres hemos sido socializadas para cuidar, comprender y sostener emocionalmente a otros. No resulta extraño que a veces confundamos nuestra capacidad de reconocer la vulnerabilidad masculina con una responsabilidad de repararla.
Las psicólogas Mary C. Lamia y Marilyn J. Krieger abordaron esta dinámica en “The White Knight Syndrome”, examinando patrones relacionales caracterizados por la necesidad de rescatar a otras personas. Se trata de una dinámica cercana a lo que popularmente conocemos como el síndrome de la salvadora, aunque no constituye un diagnóstico clínico formal. Pero no toda mujer que acompaña a un hombre vulnerable intenta salvarlo. No toda comprensión es sacrificio ni todo deseo de bienestar ajeno es una necesidad de sentirnos indispensables. El problema aparece cuando confundimos acompañar una transformación con asumir la responsabilidad de producirla. Porque amar no nos convierte en responsables de realizar las posibilidades de otra persona.
Podemos escuchar, comprender y ofrecer condiciones de seguridad. Lo que no podemos es vivir por otro el proceso de convertirse en quien desea ser. Y tampoco podemos determinar cuál de sus versiones merece ser considerada la más verdadera. Nos gustaría pensar que la ternura es su verdadera identidad y que las defensas son solamente un personaje aprendido. Pero las armaduras también forman parte de su historia. Tal vez aquello que llamamos potencial no sea una identidad escondida esperando manifestarse, sino una de las muchas posibilidades de una persona que no nos corresponde elegir por ella.
Ahí aparece una de las preguntas más difíciles: ¿cómo se ama a una persona entera cuando una de las partes que más amamos de ella es precisamente aquella a la que menos podemos acceder? Lo que fue verdadero no deja de serlo porque no haya tenido continuidad. Pero una experiencia verdadera tampoco constituye una promesa sobre el futuro.
Las personas cambian, aunque nada garantiza que ese cambio siga la dirección que hemos imaginado. Puede que algún día esa persona aprenda a relacionarse con mayor libertad. Puede también que su transformación la conduzca hacia una vida completamente diferente de aquella que imaginamos. Puede que aquello que esperamos ocurra después de tantos años que ya no tenga relación con nuestra historia. Y puede que nunca ocurra.
Entonces, ¿qué hacemos con aquello que hemos reconocido? ¿Tenemos que renunciar a la esperanza? ¿Debemos dejar de creer en las posibilidades de alguien para aceptar lo que hoy no puede ofrecernos? No estoy segura de que esa sea la respuesta. Porque podemos conservar una esperanza sin detener nuestra vida. Seguir construyendo proyectos, conociendo personas y creciendo, mientras una parte de nuestro mundo afectivo permanece abierta a que algo cambie. No toda espera supone una renuncia a nosotras mismas ni todos los vínculos necesitan resolverse inmediatamente en una decisión definitiva. Pero sí parece necesario preguntarnos qué lugar ocupa esa posibilidad en nuestra experiencia presente del amor.
¿Estamos amando a la persona que tenemos delante o nos estamos relacionando principalmente con aquella que creemos que podría llegar a existir? ¿Podemos disfrutar el vínculo en las condiciones que hoy tiene o necesitamos imaginar su transformación para que nos resulte habitable? ¿Seguimos eligiendo libremente o nos sentimos comprometidas con una promesa que, en realidad, nadie nos hizo?
Acaso la verdadera renuncia no consista en abandonar una posibilidad, sino en dejar de necesitar que se realice. No en dejar de creer que alguien puede cambiar, sino en comprender que su transformación no necesita seguir siendo una pregunta central en nuestra propia vida. No necesitamos comprobar que la persona cambió, ni descubrir que nunca lo hizo, para que nuestras decisiones tengan sentido. Incluso si algún día consigue vivir de esa manera que tanto imaginamos, ese acontecimiento le pertenecerá a ella. No será la confirmación retrospectiva de que debimos esperar. Y si nunca ocurre, tampoco significará que nos equivocamos al reconocer algo hermoso en ella.
Hay una libertad extraordinaria en comprender que podemos seguir reconociendo la ternura de alguien sin necesitar que vuelva a mostrárnosla. Que podemos desearle una vida más amable, una existencia en la que no tenga que defenderse constantemente de aquello que siente. Y que ese deseo no tiene por qué convertirse en una espera. Vuelvo entonces a la imagen de los diamantes. Durante años hemos aprendido a admirar a quien continúa excavando, a considerar perseverante a quien nunca se rinde y a sospechar que quien abandona ha perdido la oportunidad de encontrar algo extraordinario. Pero ¿y si el verdadero aprendizaje no estuviera en descubrir cuánto más somos capaces de cavar, sino en comprender que podemos dejar de hacerlo sin renunciar a la posibilidad de encontrar algo hermoso?
Porque también nosotras somos seres en transformación. Tenemos dimensiones que todavía no conocemos, posibilidades que no hemos explorado, formas de amar y de vivir que aún no hemos experimentado. Y esas posibilidades merecen nuestra atención, nuestra ternura y nuestra confianza. Acaso renunciar a la fantasía de lo posible no sea dejar de imaginar futuros para quienes amamos, sino comprender que no necesitamos vivir para presenciarlos.
Podemos conservar el amor sin conservar la espera. Reconocer la belleza de aquello que alguna vez vimos sin exigirle al futuro que nos lo devuelva. Desear que alguien encuentre la libertad de ser quien quiera ser, mientras nosotras continuamos descubriendo quiénes queremos llegar a ser. Y si algún día volvemos a encontrarnos con aquella ternura que tanto amamos, podremos reconocerla sin necesitar que justifique todos los años transcurridos. Porque no se trata de abandonar la esperanza en las posibilidades del otro. Se trata de recordar que el mundo está lleno de posibilidades que todavía desconocemos, incluidas las nuestras. Y aunque nunca sepamos si detrás de aquella última roca había diamantes, todavía nos queda una vida entera para descubrir todas las cosas hermosas que existen fuera de esa mina.

