El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Yo siempre voto comunista”: la revolución cultural y sexual de Raffaella Carrà por tv abierta

Por: Silvina Ojeda

Para la Europa de la época, que una de las estrellas más cotizadas de la televisión comercial se alineara con el marxismo resultaba una anomalía incómoda. Los sectores más conservadores la acusaron de hipocresía, señalando el contraste entre su discurso y los millonarios contratos que firmaba con la RAI o la televisión española. Sin embargo, para la artista, el comunismo no era un dogma de manual soviético ni una pose intelectual de café: era una postura ética elemental nacida de su propia historia.

f.elconfidencial.com original 5c6 d6d 446 5c6d6d446a21f43ba94541443fc31cc7

Lentejuelas, coreografías milimétricas, un flequillo rubio inconfundible y un desparpajo que paralizaba la televisión de los años setenta. A primera vista, Raffaella Carrà encarnaba el triunfo absoluto del entretenimiento de masas y el pop comercial. Sin embargo, detrás de la fachada de la diva global se escondía una de las figuras más subversivas de la cultura popular europea.

En una Italia polarizada y tutelada por la moral del Vaticano, Carrà convirtió el cuerpo de la mujer en un territorio de soberanía política, desafió la censura enseñando el ombligo en la televisión pública y se declaró abiertamente comunista y defensora de la clase obrera en la cúspide de su carrera. Lejos de la frivolidad que a menudo se le atribuye al éxito televisivo, Raffaella Carrà demostró que el baile, el deseo y la libertad sexual podían ser los vehículos más eficaces para dinamitar los consensos conservadores de su época y contrabandear una revolución en el salón de cada hogar.

En 1977, España transitaba una delicada transición hacia la democracia y el Partido Comunista acababa de ser legalizado tras décadas de dictadura franquista. En ese contexto de tensión política, Raffaella Carrà concedió una entrevista a la revista Interviú que impactó en la opinión pública. Con la misma sonrisa con la que conquistaba los platós, la italiana soltó una bomba discursiva: “Yo siempre voto comunista. En un conflicto entre trabajadores y empresarios, yo siempre estaré del lado de los trabajadores”.

Para la Europa de la época, que una de las estrellas más cotizadas de la televisión comercial se alineara con el marxismo resultaba una anomalía incómoda. Los sectores más conservadores la acusaron de hipocresía, señalando el contraste entre su discurso y los millonarios contratos que firmaba con la RAI o la televisión española. Sin embargo, para Carrà, el comunismo no era un dogma de manual soviético ni una pose intelectual de café: era una postura ética elemental nacida de su propia historia. Criada por una madre soltera y una abuela en la Emilia-Romaña -una región históricamente conocida como el “cinturón rojo” de Italia por su fuerte arraigo antifascista y cooperativista-, Raffaella entendía la política desde la solidaridad de clase y la dignidad laboral.

Para comprender el alcance de la postura política de Raffaella Carrà, es necesario apagar las luces del plató y observar lo que ocurría cuando las cámaras dejaban de grabar. En una industria del espectáculo donde las grandes figuras solían aislarse en sus privilegios, Carrà operaba con una conciencia de clase implacable. Ella misma se definía como una “obrera del entretenimiento”. Esta visión transformó los rodajes de la RAI, de Televisión Española y de sus giras latinoamericanas en espacios de “resistencia laboral”.

Mientras los ejecutivos de las cadenas de televisión la veían como una máquina de generar audiencias y millones de dólares, los trabajadores manuales -maquinistas, iluminadores, sastres, montadores y el cuerpo de baile- la consideraban una aliada sindical inquebrantable. Raffaella utilizaba su inmenso poder contractual como un escudo para proteger a los eslabones más débiles de la producción. Sus exigencias antes de firmar cualquier contrato televisivo no incluían lujos extravagantes para su camerino, sino cláusulas estrictas que garantizaran:

– Salarios dignos y horas extra pagadas: exigía que hasta el último técnico cobrara de manera justa por las extenuantes jornadas de grabación, negándose a ensayar si sabía que el equipo de rodaje estaba siendo explotado.
– Seguridad laboral estricta: en una época donde los accidentes en los platós de televisión eran comunes debido a la precariedad de las infraestructuras, Carrà supervisaba personalmente que las condiciones de los escenarios e iluminación fueran seguras para los operarios.
– Dignidad para los cuerpos de baile: históricamente maltratados y precarizados en la televisión, los bailarines encontraron en Raffaella a una defensora feroz que les garantizaba contratos estables, descansos obligatorios y el mismo estatus profesional que a cualquier otra estrella del ‘show’.

Se conoce que su defensa de los obreros nacía de una profunda empatía hacia el esfuerzo físico. Carrà, que ensayaba hasta el cansancio físico absoluto para alcanzar la perfección en sus coreografías, sabía perfectamente lo que significaba el desgaste del cuerpo por el trabajo. Al dignificar la labor de quienes armaban los escenarios y limpiaban los platós, muchos consideran que la diva italiana demostró que su compromiso con los trabajadores no se quedaba en las páginas de una revista de izquierda, sino que se militaba día a día, con el sudor compartido, bajo los focos del estudio.

Vale decir que el impacto político de Raffaella Carrà no solo se midió en declaraciones de prensa, también fue en la audacia de su propia anatomía. En 1970, la Italia democristiana sufrió un terremoto cultural cuando apareció en el programa “Canzonissima” de la RAI interpretando el tema “Ma Che Musica Maestro”. Lo revolucionario no fue solo su energía, sino su vestuario: un conjunto de dos piezas que dejaba al descubierto su ombligo. En una pantalla gobernada por la rigidez clerical y el recato obligatorio, esos pocos centímetros de piel al aire fueron leídos como una provocación intolerable. El Vaticano presionó y la RAI intentó vetarla, pero el fenómeno ya era imparable.

La censura se intensificó al año siguiente con el lanzamiento del “Tuca Tuca”, un baile de contacto físico directo que la iglesia calificó de “demasiado audaz y erótico”. La RAI prohibió la canción en las listas de éxitos televisivas, pero Carrà logró burlar el veto en horario estelar invitando al intocable actor Alberto Sordi a bailar con ella. Al normalizar el deseo y el juego corporal en directo, Raffaella le arrebató al Estado y a la Iglesia el control sobre el cuerpo femenino.

Mientras las teóricas feministas de los setenta debatían en las universidades, Carrà también hacía lo propio con pedagogía de la liberación sexual en los hogares más tradicionales a través del pop. Sus canciones, camufladas bajo melodías pegadizas y alegres, eran auténticos manifiestos de soberanía femenina:

-La autonomía del placer: en “Com’è bello far l’amore da Trieste in giù” (traducida al español como “Para hacer bien el amor hay que venir al sur”), colocaba a la mujer como el sujeto activo del deseo. Su célebre estribillo, “búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar”, dinamitaba el mandato del matrimonio infeliz y el sacrificio femenino, validando el derecho de las mujeres a dejar una relación insatisfactoria y buscar su propio goce.

-La desmitificación del tabú: con “5353456”, una canción que narraba la ansiedad de una mujer llamando al teléfono de su amante, introdujo de manera sutil pero evidente la temática de la masturbación y el autoerotismo femenino en la radiofórmula global.

Asimismo, mucho antes de que el apoyo a las causas de la diversidad sexual se convirtiera en una tendencia de marketing institucional, Raffaella Carrà ya utilizaba su música para celebrar la diferencia. En una época en la que la homosexualidad era un tabú absoluto en la televisión, ella lanzó en 1978 el tema “Lucas (Luca)”, una canción que abordaba con absoluta ternura, naturalidad y empatía la historia de un chico rubio que decide vivir su sexualidad libremente con otro hombre. Sin juzgar, sin caricaturizar y sin dramatizar, Carrà le dio visibilidad masiva a comunidades históricamente relegadas al secreto y la persecución.

Su designación como Icono Gay Mundial en el World Pride de Madrid en 2017 no fue un título gratuito, fue el reconocimiento a décadas de amor incondicional hacia un colectivo que vio en ella un refugio de libertad. Así, Raffaella Carrà demostró que la cultura popular y el entretenimiento de masas no tienen por qué ser sinónimos de superficialidad o alienación. Al contrario, pueden convertirse en los vehículos perfectos para subvertir las estructuras del poder tradicional. Su legado político perdura no solo en las declaraciones de archivo, también en cada rincón del mundo donde alguien baila en libertad, reivindicando el derecho al placer, el orgullo de la clase trabajadora y la soberanía sobre el propio cuerpo.

    Compartir:
    Suscribete
    Notificar de
    guest

    0 Comments
    Más antiguo
    Más nuevo Más votado
    Comentarios en línea
    Ver todos los comentarios
    0
    Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x