El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Elegir no endurecerse: porque nadie se salva solo

Por: Silvina Ojeda

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 5

Hay algo que está cambiando en nuestra manera de mirar al otro. No ocurre de un día para el otro ni puede explicarse solamente por una elección, un gobierno o una ideología, pero se siente en las conversaciones, en las redes, en la forma en que hablamos de quienes tienen menos, de quienes llegan de otro lugar, de quienes necesitan ayuda o simplemente de quienes viven una vida diferente a la nuestra.

Mientras una derecha cada vez más dura avanza en distintos lugares del mundo, también avanza una idea que parece sencilla pero que puede terminar siendo profundamente cruel: cada uno debe ocuparse de sí mismo y nadie debería esperar demasiado de los demás. Como si necesitar al otro fuera una debilidad y como si ayudarlo fuera una decisión que solo podemos tomar cuando nos sobra algo.

De a poco empezamos a aceptar como normales cosas que antes nos hubieran incomodado. Que alguien duerma en la calle y podamos pasar a su lado sin mirarlo. Que una persona no tenga para comer y pensemos que seguramente algo habrá hecho para llegar hasta ahí. Que alguien pida una oportunidad y nuestra primera reacción sea preguntarnos qué va a darnos a cambio. Que la pobreza, la enfermedad, la vejez o la vulnerabilidad puedan convertirse en problemas individuales que cada persona debe resolver por su cuenta.

“En el mundo del individualismo desenfrenado, la pobreza es vista como un fallo personal, un pecado individual antes que una injusticia colectiva“.

-Zygmunt Bauman

Hay una manera de pensar que insiste en que el mundo funciona mejor cuando cada uno se ocupa de lo suyo, y que cualquier gesto de solidaridad termina siendo una forma de intromisión, de pérdida o incluso de ingenuidad.

Pero nadie vive completamente solo. Nadie llega hasta donde llega sin haber sido ayudado alguna vez por alguien. Hay una mano detrás de casi todas nuestras historias, una persona que enseñó, acompañó, sostuvo, cuidó, abrió una puerta o simplemente estuvo ahí cuando hacía falta. Nuestra existencia está mucho más atravesada por los demás de lo que nos gusta admitir. Sin embargo, pareciera que estamos construyendo sociedades que intentan convencernos exactamente de lo contrario: que somos individuos aislados, responsables absolutos de nuestros éxitos y nuestros fracasos, y que la vida de los demás no debería interpelarnos demasiado.

El problema aparece cuando esa lógica deja de ser una discusión económica o política y empieza a modificar nuestra sensibilidad. Cuando dejamos de preguntarnos qué le pasó a una persona y solamente queremos saber qué hizo para merecer lo que le está pasando. Cuando el otro deja de ser alguien que podría necesitar nuestra ayuda y empieza a ser alguien que debemos mantener lejos. Cuando la empatía es presentada como debilidad, la solidaridad como privilegio y el cuidado como una obligación que siempre debería asumir alguien más.

“La incertidumbre y la desconfianza generan miedo, y el miedo nos empuja a ver al otro no como un semejante en necesidad, sino como una amenaza a la propia seguridad“.

-Zygmunt Bauman

Tal vez por eso hoy haya que reivindicar algo tan básico como ayudar. No como una consigna ni como una virtud extraordinaria, sino como una parte fundamental de nuestra condición humana. Ayudar a alguien que no conocemos, acompañar a quien está atravesando un momento difícil, compartir lo que tenemos cuando podemos hacerlo, escuchar sin preguntar qué vamos a obtener a cambio. No hace falta convertir cada gesto en una gran historia. Muchas veces la humanidad aparece justamente en esas cosas pequeñas que nadie registra. Porque quizá una de las consecuencias más profundas de acostumbrarnos a la lógica del sálvese quien pueda sea que terminemos perdiendo la capacidad de conmovernos.

“El sufrimiento ajeno solo nos conmueve cuando interrumpe nuestra propia comodidad. Cuando aprendemos a anestesiar esa incomodidad, perdemos parte de nuestra propia humanidad“.

-Zygmunt Bauman

Y cuando dejamos de conmovernos frente al dolor de otro, algo de nosotros también empieza a desaparecer. Podemos discutir durante horas sobre economía, seguridad, fronteras, impuestos, Estado, mercado o libertad. Podemos tener posiciones completamente diferentes sobre cómo debería organizarse una sociedad. Pero hay algo que debería permanecer por encima de todas esas discusiones: la capacidad de reconocer que enfrente nuestro hay otra persona, con una historia que no conocemos, con heridas que no vemos y con una vida que tiene el mismo valor que la nuestra. Quizás volver a ser humanos sea eso. No volver al pasado ni idealizar una sociedad que nunca fue perfecta, sino recuperar la capacidad de detenernos frente al otro antes de juzgarlo. Recordar que nadie se salva completamente solo y que una comunidad no se construye únicamente alrededor de quienes tienen más fuerza, más recursos o más posibilidades. También se construye alrededor de quienes necesitan que alguien los sostenga durante un tiempo.

En un mundo que parece enseñarnos todos los días a endurecernos, todavía podemos elegir no hacerlo. Podemos seguir creyendo que cuidar a otro no nos hace débiles, que la solidaridad no es ingenuidad y que la empatía no es una pérdida de tiempo. Podemos entender que ayudar a alguien no significa que tengamos que salvarlo, sino simplemente reconocer su existencia y decidir que, por un momento, su dolor también importa.

Quizás de eso se trate volver a ser humanos: de recuperar la capacidad de mirar al otro y no preguntarnos inmediatamente qué puede darnos, cuánto nos cuesta o qué hizo para merecer nuestra ayuda. Mirarlo, simplemente, como alguien que podría ser nosotros. Porque antes que cualquier ideología, cualquier frontera, cualquier diferencia económica o cualquier discusión sobre quién merece qué, seguimos siendo eso: seres humanos tratando de sobrevivir en el mismo mundo.

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