Antes todo esto era campo, ahora es un mall
Por: Verónica Aravena Vega

En el Talca de los 90 mi escuela quedaba en el centro. A la salida, cruzábamos una plaza con fuentes de agua, piletas donde metíamos las manos aunque estuviera prohibido, árboles viejos que en enero daban sombra de verdad. Uno llegaba sin plan y sin plata y la tarde pasaba igual, entre el ruido del agua y las señoras que tejían en los bancos. Esa plaza era el centro de la ciudad en el sentido geográfico y también en el otro, el que ningún plano registra.
Vuelvo ahora y el agua no está. Donde estaban las piletas hay una explanada de cemento claro, dos maceteros de diseño y un cartel municipal que celebra la remodelación. Los árboles los cortaron porque las raíces levantaban las baldosas nuevas. Quedó limpio, ordenado, fácil de barrer. Quedó una plaza donde ya nadie tiene motivo para quedarse.
Algunos en Santiago dicen que Talca es campo. Lo dicen liviano, sin haberlo pisado, midiendo el país en kilómetros de distancia a su propio ombligo. Pero Talca tenía plaza con fuentes, mercado, comercio con nombre propio, todo lo que hace ciudad a una ciudad. La ironía es que, para probar que no era campo, le pusieron mall. Y con eso perdió justo lo que la hacía habitable.
Lo mismo ocurrió en cada ciudad chica de Chile mientras nadie miraba. La misma operación se repite de Talca a Chillán, a cualquier ciudad intermedia del mundo, con el mismo catálogo de proveedor: la torre de departamentos de veinte pisos donde antes había casas con antejardín, el mall que reemplazó una manzana entera de comercio con nombre propio, la vereda de hormigón pulido sin un árbol que la interrumpa. Todo eso se vendió con la misma palabra: progreso. Como si crecer hacia arriba y hacia el gris fuera la única dirección posible, y eso de quejarse fuera cosa de gente que no quiere modernizarse.
El truco de esa palabra está en hacer pasar por avance lo que es una manera de repartir la ciudad. Marc Augé llamó “no-lugares” a esos espacios idénticos en cualquier parte: el mall, el estacionamiento, el hall del edificio. Esos espacios donde nadie deja huella ni memoria porque están hechos para pasar, no para estar. Una ciudad que se llena de “no-lugares” fabrica un tipo preciso de habitante: alguien que atraviesa la ciudad como cliente y no la habita como vecino. La plaza pedía tiempo y no pedía nada más. El mall pide una tarjeta abierta, un café comprado, una bolsa colgando del brazo como comprobante de que uno tiene derecho a estar ahí.
Jane Jacobs escribió hace 60 años algo que las inmobiliarias entienden perfecto y por eso ignoran: la vida de una ciudad ocurre en la vereda. La seguridad de una calle no la dan las cámaras ni los guardias, sino la cantidad de ojos que la miran desde el almacén de la esquina, desde el banco donde alguien lee el diario, desde la ventana de la señora que conoce a todos. Cuando el almacén cierra y la esquina se vuelve fachada ciega de un edificio con conserje, esos ojos desaparecen. La calle queda muerta y da miedo y el miedo justifica al guardia y el guardia termina de vaciar la calle que decía venir a cuidar.
La ciudad hecha para atravesar en auto empobrece a todos los que no la atraviesan así. Al hombre lo condena a cliente, a pasar sin quedarse, a no saber el nombre de nadie en su cuadra. Pero el daño no se reparte parejo y ahí es donde tiene sexo. La que vuelve de noche, por una calle sin ojos, calcula la ruta, el largo de la falda, la hora, la vereda mejor iluminada, un cálculo que el que vuelve por la misma calle no hace. La que cuida a otro, a un hijo, a una madre vieja, a un enfermo, necesita sombra, un banco, un baño, una vereda sin desnivel, y es la primera en descubrir que la ciudad nueva no tiene nada de eso. Silvia Federici lleva años nombrando ese trabajo invisible que sostiene la vida, el de cuidar, alimentar, acompañar y que las ciudades diseñadas por hombres apurados en autos no ven porque no lo hacen. Una plaza con sombra y agua no es un adorno. Es infraestructura. Es la diferencia entre una tarde posible y una tarde encerrada y esa diferencia la pagan sobre todo las mujeres, que son las que todavía sostienen el mundo de los cuidados.
Por eso la fealdad de la ciudad gris no es un problema de gusto. En redes circula ahora la queja contra el minimalismo, contra los edificios beige y las fachadas sin un solo color, contra las remodelaciones que dejan las plazas peladas y las llaman renovación. Muchos lo viven como capricho estético, un lamento de gente sensible. Es más que eso. El gris es barato de mantener, fácil de replicar, indiferente al lugar donde se planta. El color cuesta, el árbol cuesta, la pileta cuesta y encima se rompe y hay que arreglarla. Pero detrás del ahorro municipal hay siempre una ganancia privada: la plaza que se achica libera metros que alguien construye, la manzana de comercio que cae reaparece como torre que alguien vende. Nadie corta un árbol por descuido; lo corta porque el terreno rinde más sin él. Y el que paga esa cuenta es siempre el mismo: los cuerpos que iban a esa plaza porque no tenían jardín, ni quincho, ni auto para el paseo del domingo.
La ciudad que quiero se reconoce en detalles que parecen menores: un banco a la sombra donde una vieja se siente sin haber comprado nada, una pileta donde un niño meta las manos, un árbol grande de los que tardan treinta años en crecer y por eso ninguna gestión municipal quiere plantar, una esquina con un almacén todavía abierto, una calle donde caminar de noche no sea un cálculo de riesgo. Nada de eso aparece en las maquetas de las inmobiliarias, donde las personas son siluetas de relleno y el verde es un renderizado que después nadie riega. La belleza urbana, entendida así, no es lujo. Es la forma que toma una ciudad cuando fue pensada para los que la caminan lento, los que cuidan, los que crían, los que envejecen, los que no tienen cómo escaparse de ella los fines de semana. Una ciudad hermosa es una ciudad que se puede usar sin pagar entrada. Todo lo demás es una ciudad hecha para pasar, no para estar y el que no puede pasar rápido porque empuja un coche o arrastra un carro de feria o camina con bastón queda expulsado de un espacio que nominalmente le pertenece.
Nada de esto es ley de la naturaleza. La plaza con agua existió, yo metí las manos en ella y lo que una decisión deshizo otra decisión puede rehacer. No se trata de volver al Talca de los 90, que tampoco era ningún paraíso, sino de discutir la palabra progreso antes de que la firmen por nosotros. Preguntar, cada vez que aparezca una grúa, para quién se está construyendo la ciudad y quién va a poder quedarse en ella sin pagar. Un árbol que se planta hoy da sombra en treinta años. Alguien lo plantó para nosotros alguna vez. La pregunta es si vamos a ser capaces de plantar uno que no veremos crecer, o si vamos a seguir cortando los que quedan porque el terreno rinde más pelado.

