“Niños” de María José Ferrada: la vida en la memoria de las infancias ejecutadas y desaparecidas por la dictadura
Por: Natalia Hurtado Lobos

¿Se puede recordar aquello que no se ha olvidado? Para el psicoanálisis, aquello que no se puede recordar se repite en la conducta, y ahí se sostiene la paradoja: recordar, en realidad, es la única manera de olvidar. Pero esto no es un ejercicio automático; deben existir las condiciones para que el psiquismo pueda hacer este trabajo.
Septiembre para Chile es difícil y maníaco, un mes muy loco. Recordamos, los que queremos y podemos, uno de los hitos más violentos de nuestra historia como país: el Golpe de Estado y la brutalidad que implicó aquello para muchas personas con familiares desaparecidos y asesinados. Una semana después se celebra la Independencia de Chile con feriados y jolgorios incluidos. En la intensidad de este mes, el arte a veces ayuda a sostenerse en esta locura, opera como parte de esas condiciones necesarias para que el psiquismo pueda olvidar y por lo tanto, también recordar lo importante.
En este escenario, haré un análisis y reseña del libro de poemas “Niños” de María José Ferrada, ilustrado por María Elena Valdez, lanzado el 2013 (a 40 años del Golpe de Estado). Me afirmo de este libro, en este nuevo aniversario del 11 de septiembre (ya 53 años), porque me da algo de esperanza que la vida prime en un contexto donde la destrucción y la muerte parecieran imperar. También, porque la posibilidad de hacer memoria se pone en juego este mes, y estos poemas hacen que lo horroroso sea un poco más tomable.
“Niños” nos presenta 34 poemas, cada uno con el nombre de un niño o niña ejecutado o desaparecido por los organismos del Estado durante la dictadura cívico–militar chilena junto a una ilustración alusiva al mismo. Cada relato cuenta con una dedicación particular para cada niña o niño, palabras delicadas e ilustraciones de trazo fino de todos azulados para situarnos en la escena que nos quiere relatar. Leemos sobre niños y niñas mirando animales, jugando e imaginando. Los poemas los presentan en una ficción narrativa / construcción vital de su cotidianidad, otorgándonos la oportunidad de fantasear que aquellas infancias tuvieron una vida antes de que les fuera arrebatada por la maquinaria destructiva de la dictadura.
Allí radica, a mi parecer, una de las mayores fortalezas y bellezas de este libro, el lograr evocarnos y que nos imaginemos a esos niños y niñas de entre 1 mes y 13 años de edad viviendo su vida. Pienso que este ejercicio no tiene como objetivo de negar su muerte, sino que de crear un recuerdo construido por medio de los versos en donde ellos sean una memoria con vitalidad. Todos los poemas contienen verbos, todos tienen acción, cuentan con vida. No son una fotografía saturada en blanco y negro.
Esto no desmerece el valor de aquellas fotografías de “¿Dónde están?”; de hecho, con ellas los familiares transforman una imagen íntima en un acto político de resistencia: el documento impreso niega el intento oficial de borrar la memoria. En “Ante el dolor de los demás”, Sontag explicó que la fotografía es un vestigio directo de lo real, un “rastro” que certifica que esa persona “estuvo allí”. Dichas fotos tienen esa función, de juicio de existencia. No obstante, también pueden enquistar a las subjetividades haciendo que la memoria sea sólo en función de aquella imagen.
En cambio, los poemas de la autora, con delicadeza y sutileza les otorga subjetividad a estas infancias. En otras palabras, les da movilidad a algo que quedó detenido, pinchado en un muestrario como una mariposa en un insectario. Ella libera las alas para que puedan volar en nuestra imaginación, para que pensemos en la infancia de una forma distinta, activa, con deseos y proyecciones.
Mi favorito es “Raúl”, sobre un bebé de apenas 6 meses, dedicado a Raúl Armando Sepúlveda Catrileo:
Raúl
Su madre le llama pajarito.
Y a él le gusta como suena.
Pajarito.

