El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Ser joven y no ser revolucionario (…)”: la contradicción que ya no existe

Por: Felipe Díaz Gómez

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 31
Banksy, “Think Tank”, 2003.

En mi casa nunca se conmemoró el 11 de septiembre, no era más que un día oscuro, lejano. Un año llegó a la casa un tío, comunista o que alguna vez lo fue, y puso un pendrive en la tele. Discurso del presidente Salvador Allende en la Universidad de Guadalajara. Recuerdo la escena, Allende en colores, su vozarrón: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

No recuerdo mucho más, la memoria no retuvo nada del resto del discurso. Yo era adolescente, recién empezaba a entender algo por mi propia cuenta. Lo que sí entendí fue la emoción en la cara de mi papá escuchándola. Nunca fue allendista ni mucho menos, pero algo de ese discurso lo tocó. A mí también, desde luego. Parece que la frase decía algo mucho más grande que quien la pronunciaba, algo sobre el “ser”, sobre lo “verdadero”; sobre la “juventud” y el “futuro”. Que algo había que sostener, que era muy difícil en un mundo como este, pero que siendo joven uno no estaba solo en eso.

El discurso fue literalmente un gérmen: al tiempo me metí en política en el colegio, aunque me alejé pronto de la figura de Allende. Incluso con esa izquierda que se había vuelto tradicionalista, había que ser revolucionario. La frase vivía en mí y en mi generación.

¿Podríamos decir lo mismo hoy? Mucho se dice de que los jóvenes se han vuelto conservadores, que ahí estaría lo actualmente “revolucionario” en un mundo que se estaba volviendo progresista. Que esa frase de Allende seguiría válida, dicen también, solo que en una revolución conservadora. Esto no me convence del todo. Esa lectura deja a la juventud en el mismo lugar de siempre: respondiendo a lo que otros instalaron primero, un gesto reactivo, en algún caso pasivo.

Ni esa lectura, ni la que la rechaza terminan de ver algo más discreto que está escondido en la misma frase de Allende; que entre joven y revolucionario hay una tercera palabra: “contradicción”. Ahí, creo que existe una potencia que todavía se puede revisitar. Lo revolucionario, en su frase, ya era la contradicción misma, lo que no calzaba con el mundo tal como estaba. Solo que la época necesitaba resolverla, corregirla con la revolución. Hoy la revolución dejó de estar disponible como promesa, no por falta de voluntad sino porque el propio capitalismo volvió imposible no solo imaginar otros futuros, sino incluso un futuro. Sostener una contradicción en vez de resolverla es, quizás, el único destello que queda de esa potencia. Si todavía cabe una revolución en este mundo ya cerrado, no sería la de ser joven y revolucionario, sino la de ser joven y contradictorio.

Sostenerla, sin embargo, cuesta. Y cuesta por razones anteriores a cualquier posición política. La contradicción no es algo que se adquiere, es algo que se aprende con dificultad a soportar desde el nacimiento, cuando un cuerpo todavía descoordinado descubre que depende de otro del que, al mismo tiempo, necesita separarse. Queremos ser independientes y descubrimos que la independencia depende de otros. Frente a eso, la unidad siempre va a resultar más liviana de cargar que la división.

El proyecto que la dictadura dejó instalado en Chile fue especialmente eficaz en convertir esa carga en otra cosa. El neoliberalismo no necesita que dejemos de sentir la falta; necesita que aprendamos a resolverla individualmente. Si algo falta, hay que encontrar qué lo completa: si falta reconocimiento, si falta seguridad, si falta identidad. La falta, que es condición de cualquiera, empezó a tratarse como un déficit personal, y un déficit, a diferencia de una falta, se supone que sí se puede resolver del todo, con el objeto, el vínculo o la identidad correcta.

Quizás sea en la juventud donde esta forma de relación se vuelve más visible: el deseo aparece como algo que debería poder reconocerse, definirse y realizarse individualmente, mientras cada uno llega al vínculo con una versión suficientemente terminada de sí mismo, esperando que el otro la confirme o la complemente. El vínculo permanece, pero se vuelve más difícil experimentar que algo de uno se juega y se transforma en él. Ya no hay mucho lugar para concebirnos incompletos en común; tendemos a pensarnos como unidades que se relacionan con otras unidades. Provisionalmente, llamaré a esta forma de relación “lo comunitario”.

Lo que pasa en un sujeto pasa, a otra escala, en un país. Una nación puede vivirse también como completa, reconciliada, sin fisuras, antes de haber hecho jamás el trabajo de construir eso entre quienes la habitan. ¿Qué queda de un conflicto cuando una sociedad aprende a representarse como reconciliada? En Chile esa preferencia por la imagen liviana tuvo una administración concreta, la que Nelly Richard describió en el discurso oficial de la transición, un vocabulario de reconciliación y consenso que trataba como resueltas diferencias que en los hechos seguían abiertas, quienes torturaron y quienes fueron torturados, el duelo cumplido y el que todavía busca un cuerpo que nunca apareció.

Hubo, hace pocos años, un intento distinto. El estallido social de octubre de 2019 fue, por un momento, una multitud que no compartía proyecto ni bandera, sosteniendo en la calle un conflicto que todavía no encontraba una forma capaz de cerrarlo del todo, quizás el germen más reciente de esa contradicción habitada. Después vino su transformación en una promesa constitucional y, finalmente, su retorno al orden electoral. Toda reconciliación, mientras tanto, es también una forma de callar el conflicto que la volvía necesaria. Con ningún estallido en frente, queda la pregunta, ¿qué formas de vida estamos produciendo mientras esperamos que aparezca una revolución? ¡O un futuro!

Ninguna generación necesita haber vivido el golpe para heredar esa disponibilidad. Basta con que el vacío dejado por la ausencia de una construcción común, siempre trabajosa, siempre conflictiva, sea ocupado por la primera imagen de totalidad que pase ofreciendo completud sin pedir nada a cambio. Cada 11 de septiembre se siguen leyendo, todavía, los nombres de quienes no aparecieron, un acto que se rehace cada año sin llegar nunca a cerrarse del todo, quizás lo más parecido que tenemos a lo común funcionando de verdad.

Diagnosticar no basta. Se puede nombrar la fantasía de completud, el déficit que promete resolverse, lo comunitario ganando terreno, y quedarse exactamente en el mismo lugar. La contradicción no importa porque sea cierta, sino porque impide que el diagnóstico termine de cerrar lo posible. Es ahí, cuando el saber ya no alcanza, donde vuelve a abrirse una pregunta: qué queremos, qué hacemos con los otros y qué podríamos construir que todavía no existe.

Eso desplaza el lugar donde algo político todavía puede ocurrir. La política no se reduce a lo íntimo, pero es ahí, en cómo se desea y con quién se construye algo que todavía no existe, donde sigue habiendo un futuro practicable, aunque ya no tenga la forma de una revolución con mayúscula.

Quizás por eso la frase de Allende todavía incomoda, sigue siendo cierta, pero ya no sabemos muy bien qué hacer con ella. Ser joven y contradictorio no garantiza ninguna revolución. Tampoco ofrece una identidad, una causa o una respuesta. Apenas deja abierto un lugar desde donde preguntarse qué queremos, qué hacemos con los otros y qué podríamos construir que todavía no existe.

Tal vez eso sea lo más cercano que tenemos hoy a una revolución: no encontrar una nueva totalidad que venga a resolver la contradicción, sino sostenerla el tiempo suficiente para que algo pueda hacerse entre nosotros. Allende hablaba de una juventud que debía ser revolucionaria. Seguramente hoy la tarea sea más pequeña y, por eso mismo, más difícil: seguir siendo lo bastante contradictorios como para dejarnos afectar por otros, lo suficiente, como mi padre frente al “Chicho”, y no dar por terminado el mundo.

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