El descanso que ya no existe: ir al supermercado, el gran panorama del fin de semana
Por: Verónica Aravena Vega

El viernes por la noche el cuerpo pide una sola cosa: quedarse quieto. Cinco días de despertador, de micro, de resolver lo urgente antes de que se vuelva grave, dejan el estanque en cero. El fin de semana llega como una promesa que nace ya fallada. Debería ser el premio, la razón por la que se aguanta la semana y termina siendo el rato mínimo para recomponer un cuerpo que el lunes vuelve al mismo lugar. Descansamos apenas lo justo para poder seguir trabajando y llevamos tanto tiempo así que ya casi no notamos que el descanso se volvió una parte más de la jornada.
Mark Fisher escribió que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Hay una versión doméstica de esa frase, más pequeña y triste: nos resulta más fácil imaginar que trabajaremos hasta viejos que imaginar un sábado entero sin nada que resolver. Nos levantamos el domingo con culpa, sintiendo que deberíamos estar aprovechando el día y es tentador creer que el problema es que no sabemos soltar. No lo es. Si no paramos no es por falta de voluntad, es porque parar tiene un costo que casi nadie puede pagar: el sueldo que obliga a doblar el turno, la casa que no se sostiene sola, la ciudad que no regala un solo lugar donde estar sin consumir. La astucia mayor del sistema fue hacernos creer que el cansancio es culpa nuestra. Un cuerpo agotado pierde horas y pierde algo más grave: la capacidad de imaginar otra vida, porque ni siquiera alcanza a soñar aquello que podría exigir.
Y no cae sobre todos por igual. Tiene edad y los números la señalan. Cuando el INE mide cuántas horas trabajamos al día, sumando lo pagado y lo que nadie paga, descubre que quienes más acumulan son las personas entre 25 y 44 años, las que crían y sostienen al mismo tiempo. Esa carga apenas cede el fin de semana: el sábado y el domingo siguen cargados de trabajo, de otro color. Para ese tramo entero de la vida, el descanso es una palabra sin horas donde ocurrir.
Hace un tiempo Cristian Castro contó en una entrevista qué hace cuando está en su casa. No hace nada, dijo, nada, pero nada. La frase se volvió meme, nos reímos de él y sin embargo describía algo que a la mayoría le resulta inalcanzable: el ocio puro, el no hacer sin culpa y sin agenda, el tiempo que no está pagando ninguna deuda con la productividad. Él puede porque tiene el tiempo comprado. El resto no hace nada solo cuando el cuerpo se cae y aun entonces con la cabeza en lo que quedó pendiente. El descanso que imaginamos es siempre para después: cuando termine esto, cuando pase el mes, cuando los niños crezcan. Nunca ahora.
Porque el fin de semana no está vacío, está lleno. Lleno de lo que la semana no dejó hacer. La ropa, el aseo que se postergó, el cumpleaños al que hay que llevar a los hijos, la comida de la semana que viene, la burocracia que solo se resuelve en horario de oficina. Las tareas de cuidado no conocen sábado. Se corren, se acumulan, esperan justo en los dos días que deberían ser nuestros. Y cuando por fin queda un hueco, no queda cuerpo: lo que llamamos descanso es desplomarse frente a una pantalla hasta que sea hora de volver a empezar.
Y lo poco que hacemos por fuera de las tareas, casi siempre es consumir. El tiempo libre se nos va comprando. Aprovechamos que estamos en el súper y pasamos al mall, salimos a dar una vuelta y la vuelta termina en una tienda, en un café, en algo que cuesta. No porque seamos necesariamente frívolos, sino porque la ciudad casi no ofrece otra cosa: los planes gratis se acabaron y el ocio que queda viene con precio. Por eso el súper del sábado dice tanto. El INE, cuando anota “compras para el hogar”, no lo guarda entre el ocio. Lo pone junto a cocinar, lavar y hacer aseo, dentro de eso que llama trabajo doméstico no remunerado. La compra es trabajo, aunque le pongamos música y patio de comidas. Y ese trabajo, para muchos, es lo más parecido a un paseo que les queda.
Silvia Federici pasó media vida mostrando por qué a este trabajo nunca lo llamamos por su nombre. Todo lo que sostiene la vida, lo que permite que el lunes lleguemos alimentados y más o menos enteros, se hace gratis y por eso no se ve. Federici lo llamó reproducción: rehacer cada día a la persona que mañana volverá a producir. El capitalismo necesita que ese trabajo exista y necesita, con la misma fuerza, que lo confundamos con amor o con panorama de sábado. Lo de esta época es que, encima del tiempo que ya nos saca, ahora nos vende también el descanso con el que nos reponemos de él. El poco alivio que logramos entra igual por la caja. Trabajamos la semana entera para llegar a dos días que se nos van, otra vez, adentro de un local iluminado.
Ahí está lo que de verdad perdimos, escondido detrás del carro lleno. Se nos achicó el mundo hasta caber entero en una góndola. El fin de semana podría ser el río, una tarde larga sin nada agendado, no hacer nada, pero nada. Nos queda el súper, uno de los últimos lugares donde entrar todavía parece no costar nada, aunque adentro todo cueste. Nos fueron sacando lo demás, callados, hasta que el súper quedó como el único plan que cabía en el cuerpo y en la hora que nos sobraban.
Por eso la broma de que cuando te empieza a gustar el súper ya eres grande, ya eres “señora”, tiene un fondo que no habla de la edad. Nos fueron cerrando todo lo demás y le tomamos cariño al único lugar que dejaron abierto. Antes esto era una plaza, o una tarde que no había que resolver. Ahora es el súper y aprendimos a llamarlo descanso.
Conviene recordar que esto tiene fecha. El fin de semana no cayó del cielo, lo arrancaron trabajadores que se cansaron de que su vida entera fuera producir para otro. Las ocho horas, el domingo libre, la tarde que es de uno y no del patrón, todo eso fue conquistado, peleado, escrito con gente en la calle. Lo que se ganó una vez se puede perder si dejamos de nombrarlo y también se puede volver a ganar. Reclamar el tiempo no es pedir más horas para dar vueltas por el súper. Es acordarse de que el tiempo propio fue una pelea antes de ser una fila en la caja.
El domingo por la tarde el carro va lleno. Alguien empuja, otra tacha la lista, una mujer calcula si alcanza. Afuera hay una tarde que no vamos a vivir. Adentro, bajo las luces blancas que no se apagan nunca, seguimos trabajando y decimos que estamos paseando.

