El exilio y volver a ser todos: una historia sobre la imposibilidad del regreso
Por: Agnieszka Bozanic

Cada vez que un avión atravesaba el cielo, mi abuela levantaba la mirada y nos invitaba a mi hermana y a mí a decir: “Chao, tío Toño. Chao, tío Keko. Chao, tío Carly”. Durante mi infancia acepté aquella escena sin preguntarme demasiado por qué mi abuela se despedía una y otra vez de hijos que habían partido muchos años antes. Las niñas que éramos en ese entonces mirábamos al cielo y nos despedíamos, sin entender lo crudo de ese gesto. Porque mis tíos no estaban en esos aviones. Pero para mi abuela, de algún modo, todos los aviones se los seguían llevando.
La partida no había terminado. Hay fechas que un país recuerda como acontecimientos y algunas familias recuerdan como consecuencias. El 11 de septiembre es una de ellas. El golpe ocurrió un día. En ciertas familias, en la mía, siguió ocurriendo durante décadas. Sigue ocurriendo.
Mi familia se forjó desde la pérdida, como tantas otras. Después del golpe militar de 1973, miles de familias chilenas fueron desmembradas. La mía, por el exilio. Frente a la magnitud de las atrocidades cometidas durante la dictadura, hay pérdidas que resultan más difíciles de nombrar. Nadie murió. Nadie desapareció. Y, sin embargo, se perdió algo que nunca pudo recuperarse: la posibilidad de compartir una vida en familia.
Hay formas de desamor que no nacen porque el amor termine, sino porque la historia vuelve imposible vivirlo. Porque una familia no está hecha solamente de los vínculos que la nombran. Está hecha también de presencia. De domingos, cumpleaños, conversaciones triviales, peleas, y sobre todo de sobremesas. De ver crecer y envejecer a los otros. Cuando alguien se va, el parentesco permanece, pero la vida cotidiana que le daba forma se interrumpe.
Y así fui creciendo. Entendiendo que una familia podía existir en intercambios en forma de sobres: largas cartas escritas a mano, fotografías de niños pequeños viviendo sus vidas en otras latitudes. Que una familia podía empeñarse en seguir siendo familia desde un teléfono. Que existían Navidades a destiempo por la diferencia horaria y de temporada.
Esta pérdida tenía capas. Mis abuelos perdieron a sus hijos sin que sus hijos murieran. Mis tíos perdieron un país sin que el país desapareciera. Quienes se quedaron perdieron una configuración familiar que nunca volvió a existir. Quienes se fueron construyeron otra vida que, con el paso de los años, hizo cada vez más difícil regresar. Y quienes nacimos después heredamos una historia familiar marcada por una separación que ocurrió antes de nuestra existencia.
Porque sí, hay pérdidas que atraviesan generaciones. No heredamos necesariamente el recuerdo. Heredamos las consecuencias. Una mesa familiar con personas que faltan. Abuelos esperando. Fotografías. Relatos repetidos. Países convertidos en nombres familiares. Primos que hablan otra lengua. La sensación de que la familia debería haber tenido una forma distinta de la que finalmente tuvo.
Yo no viví el golpe de Estado. No vi partir a mis tíos. No conocí la familia que existía antes de que se fueran. Y, sin embargo, crecí dentro de una familia cuya forma había sido modificada por aquella partida. El exilio terminó convirtiendo la ausencia en una forma de parentesco. Frente a esta pérdida aparece una fantasía capaz de mantener suspendida la despedida: la posibilidad de volver.
Primero como una acción concreta: regresar a Chile. Después como promesa: cuando volvamos. Más tarde como una posibilidad cada vez más incierta: quizás volvamos. Hasta que, con los años, volver deja de significar regresar a un país y comienza a nombrar algo imposible: volver a los padres, a la familia, a la edad que todos tenían antes de que la historia los separara.
Mi abuelo soñaba con volver a Santa Cruz, el lugar donde había crecido. Quería tener un campo donde cupieran todos. Pero quizá no soñaba simplemente con un campo. Quería regresar al lugar donde él había sido hijo para volver a reunir allí a sus propios hijos. Hay algo circular y dolorosamente hermoso en eso. Frente a una familia dispersada a la fuerza por la historia, su imaginación de la reparación consistía en regresar al origen. Como si volver al lugar donde había comenzado su propia vida pudiera permitirle recomponer la vida familiar que después se había quebrado. Quizá lo que anhelaba no era solamente el regreso de mis tíos, sino algo mucho más imposible: volver todos juntos a un tiempo anterior a la pérdida.
Svetlana Boym distinguía entre una nostalgia que intenta reconstruir el hogar perdido y otra que aprende a convivir con la imposibilidad del regreso. Tal vez el campo de mi abuelo contenía esa esperanza: que todavía fuera posible reconstruir un lugar donde aquello que había sido separado pudiera volver a reunirse.
Los hijos de mi abuelo podían regresar a Chile. Podían llegar a Santa Cruz. Podían sentarse nuevamente alrededor de su mesa. Pero quienes regresarían ya no serían los jóvenes que se habían ido. Volverían con todo lo vivido a cuestas, con pérdidas, aprendizajes y dolores que seguramente los habían transformado. Y quienes los esperaban tampoco serían los mismos. Por las mismas razones.
Hace años le pregunté a uno de mis tíos por qué nunca había vuelto a Chile.
-¿A qué? ¿A dónde? Ya no queda nada.
Tardé años en entender ese “nada”. Porque algo quedaba. Chile seguía ahí. Parte de su familia seguía ahí. Quedaban lugares, recuerdos, paisajes capaces probablemente de resultarle familiares. Pero quizá ese “nada” no hablaba de cosas. Quizá lo que había desaparecido no era el lugar. Era el tiempo. Vladimir Jankélévitch escribió sobre la irreversibilidad del tiempo. Hay cosas que pueden repetirse, reconstruirse o reencontrarse, pero no pueden desocurrir. El pasado posee esa característica radical: ocurrió y ya no podemos regresar a él.
Tal vez con los años el tiempo había vaciado aquel lugar de aquello que alguna vez lo convirtió en hogar. Ya no existía el lugar al que él habría querido volver. Porque no se vuelve a un territorio. Se vuelve a una vida. Y esa vida ya no existe. Para que aquel regreso fuera posible, la historia entera tendría que deshacerse. Y hay cosas que ni siquiera el amor puede deshacer. Allí se encuentra quizá la dolorosa asimetría del regreso: quien espera puede necesitar imaginarlo; quien se fue puede necesitar dejar de imaginarlo. Ninguno ama necesariamente menos. Han tenido que aprender a vivir de maneras distintas con la pérdida.
Al escribir estas letras, me doy cuenta que durante años pensé que la historia de mis abuelos hablaba sobre hijos que se habían ido. Ahora creo que era también una historia sobre quienes se quedaron esperando. Mi abuela seguía viviendo una partida. Mi abuelo seguía imaginando un regreso. Mi abuela miraba el cielo. Mi abuelo miraba la tierra. Ella siguió despidiéndose de sus hijos cada vez que un avión atravesaba el cielo. Él siguió imaginando un campo donde todos pudieran volver a reunirse. Ahora creo que ambos intentaban, de maneras distintas, volver. Mi abuela volvía una y otra vez al momento en que sus hijos se habían ido. Mi abuelo quería volver a la familia antes de la distancia. Los dos seguían intentando volver a ser todos.

