Septiembre: de libros quemados y volantines
Por: Carolina Deb

El primer libro lo quemaron de noche. No sé cuál era. La vecina Takachi tampoco recuerda todos los detalles. Pero si recuerda el fuego y a mi papá. Después del Golpe, en la población La Bandera de San Ramón, había títulos que podían poner en peligro a quienes los tenían: libros de poesía, de Marx, Lenin, Roque Dalton, de muchos autores perseguidos. Había que hacerlos desaparecer, porque sabían lo que podían significar. Los quemaban para que los militares no los encontraran, para que no encontraran las palabras, para que no encontraran sus nombres; para seguir vivos.
Mi mamá estaba embarazada de mi hermana en esos días. Le pregunté si se acordaba. “No, hija.. después de los medicamentos hay cosas que no recuerdo”. No pregunté más. Pero la vecina sí, y sus hijos también. Me hablaron de mi papá, quien murió hace apenas unos meses, y me devolvieron una parte de él que yo no conocía. Me contó que después del fuego llegaron los volantines y que la carrera cambió. Ya no corrían para que los libros desaparecieran, corrían para que algo permaneciera. Era septiembre y las calles de la población se llenaron de niños. Mi papá salía a encumbrar volantines, le encantaba, era uno de sus pasatiempos durante la primavera. Los compraba por toda La Bandera y los repartía entre los niños de la cuadra. También entre los hijos de la vecina.
Ellos corrían.
—¡Allá va, po!
—¡Cacha ese!
—¡Dale, dale! ¡Tira!
Y él corría con ellos.
Tiraba del hilo.Soltaba. Volvía a tirar. Hasta que el volantín encontraba el viento justo. Quizás nadie pensaba entonces que estaban haciendo algo más que jugar. Pero ahora, después de escuchar la historia de la vecina, yo no puedo dejar de pensar en aquellas dos imágenes: mi papá quemando libros en los basureros de lata, y mi papá haciendo volar volantines. En la primera, había que destruir las palabras para proteger la vida. En la segunda, había que sostenerlas para que pudieran elevarse y permanecer en la memoria.
Porque un libro también es eso, una forma de hacer volar algo. Es una pregunta, una idea, una posibilidad. Todavía guardo su carrete de madera. Lo tomo e imagino el movimiento que alguna vez hizo entre sus manos: la madera girando, el hilo saliendo, la tensión justa, la mano sabiendo cuando dejar ir. Quizás los objetos guardan movimientos, y no solamente recuerdos; guardan una forma de hacer las cosas, una manera de sostener, una manera de acompañar.
Y también estaba el hilo curado. Qué extraño nombre para algo que podía abrir la piel. Hay heridas que son así, que parecen cerradas, pero basta que algo vuelva a pasar por el mismo lugar para que el cuerpo recuerde. Septiembre hace eso: vuelve con sus volantines, con sus banderas, con sus marchas, con sus nombres. Y también con sus silencios. Septiembre tiene dos cielos: uno lleno de volantines, otro lleno de memoria. En uno, los niños corren mirando hacia arriba. En el otro, todavía buscamos los cuerpos que faltan.
En ese tiempo, las mujeres mayores abrían sus puertas y daban agua a quienes marchaban el 11 de septiembre por sus muertos, por sus desaparecidos: una puerta abierta, un gesto pequeño frente a una historia enorme; como quien esconde un libro, como quien sostiene un hilo. Quizás una comunidad comienza también ahí. En esos gestos que no aparecen en las fotografías oficiales de la historia. Alguien guarda, alguien cuenta, alguien abre una puerta, alguien corre contigo.
Y mientras pienso en eso, pienso en los niños de aquella población, en cómo la calle podía ser una extensión de sus casas, las voces atravesaban las cuadras, el juego no necesitaba permiso. El encuentro ocurría. Hoy llenamos las casas y vaciamos las calles. Levantamos rejas, pantallas y corremos, pero corremos distinto: para llegar, para comprar, para no quedarnos atrás. Quizás hemos aprendido a correr solos y eso también es una forma de pérdida.
Pienso en aquellos niños, en la vecina Takachi, en mi papá, en mi madre que sostenía lo que ni siquiera podía recordar. Y en los libros que tuvieron que quemar, en los volantines y lo que eso simbolizaba. Pienso en todo lo que una generación tuvo que callar para sobrevivir y en todo lo que otra aprendió jugando. Pienso en que hay palabras que necesitan cuerpos para esconderlas, para quemarlas, para contarlas, para sostenerlas y hacerlas volar. Pienso también en otros cielos, donde todavía hay niños que tienen que aprender demasiado pronto que incluso un objeto de juego puede ser considerado una amenaza. Y vuelvo al carrete, a la madera, al hilo. A la mano de mi papá.
Quizás una comunidad comienza así: alguien sostiene un hilo y otro decide no soltarlo. Y quizás también comienza cuando alguien dice: “ya no puedo sostenerlo sola”, y otra persona contesta: “pásamelo”. Levanto la mirada. Todavía hay volantines en septiembre. Y por un instante, los niños corren. La población vuelve a tener un cielo en común.

