Memoria, silencio, desconfianza: el trauma político heredado en Chile a más de medio siglo del Golpe
Por: Cristian Solar-Valenzuela

Se lucha por detener el marchitamiento de la sociedad
por imponer otra música
Por unir a los barrios…
José Ángel Cuevas
Cada 11 de septiembre, Chile se asoma de nuevo al abismo de su propia historia. A más de cincuenta años del golpe de Estado cívico-militar que quebrantó la vida democrática e instauró un régimen de terrorismo estatal, reaparece con insistencia en el debate público la idea pacificadora de que el tiempo, por su mera acumulación cronológica, posee la virtud anestésica de disolver las marcas del pasado. Con frecuencia se nos sugiere que dar vuelta a la página es la condición indispensable para la concordia social. Sin embargo, cuando observamos con detenimiento la trama de nuestra memoria colectiva y la intimidad de nuestros hogares, descubrimos una realidad muy distinta: el trauma político no es un evento estático ni se evapora en los calendarios oficiales; cuando no es acogido, reconocido ni elaborado en la esfera pública, el sufrimiento se repliega hacia el fuero interno, muta en la convivencia familiar y transita en silencio hacia las generaciones venideras.
La represión masiva y sistemática ejercida durante la dictadura, mediante la tortura, la prisión política, la desaparición forzada y el exilio, constituyó una grave transgresión del pacto simbólico elemental que sostiene la vida comunitaria. La violencia de Estado rompe la confianza básica en el entorno y destruye las certezas sobre las que se edifica la convivencia humana. Pero el verdadero alcance del terrorismo estatal no se agotó en el instante mismo del acto represivo. Ante la prolongada impunidad, la censura y la negación institucionalizada de los crímenes durante la transición, las víctimas directas y sus entornos cercanos se vieron abocadas a lo que los equipos de salud mental y de investigación psicosocial conceptualizaron como la privatización del sufrimiento. Despojadas de un reconocimiento público y estatal que legitimara su vivencia, las familias debieron llevar la pesadumbre al ámbito doméstico, asumiendo en soledad sentimientos de culpa, angustia, vergüenza, aislamiento y una profunda desconfianza hacia el tejido social.
Como enseñaron los psicoanalistas Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière al explorar las secuelas de las guerras y los totalitarismos, las catástrofes históricas sumergen a las personas en una temporalidad congelada donde el inconsciente se convierte en un archivo viviente de historias de dolor rechazadas por la sociedad. Cuando la palabra colapsa frente a la barbarie y las instituciones eluden la verdad, aquello que no puede ser dicho no se extingue simplemente: permanece como un testimonio latente que continúa retornando e interpelando al presente a través de las biografías de los descendientes.
Los hilos invisibles del silencio y lo materno en el hogar
La transmisión transgeneracional del trauma político no exige un relato explícito ni historias detalladas compartidas en la mesa familiar. De hecho, la paradoja más profunda de la herencia psicosocial radica en que aquello de lo que menos se habla es precisamente lo que se transmite con mayor fuerza. La experiencia dolorosa viaja a través de las hendiduras de la cotidianidad: en los gestos interrumpidos, las miradas evasivas, los síntomas corporales, las angustias sin causa aparente, la sobreprotección sofocante y las ausencias que pueblan silenciosamente las casas.
En su libro La noche de las madres: Metapsicología y cuentos de horror materno, la psicoanalista chilena Marta Bardelli González reflexiona sobre cómo la violencia política y las dictaduras repercuten directamente en la psique y en los vínculos más íntimos del hogar. Examinando el impacto de la traumatización extrema en las mujeres y las madres, mostrando cómo el horror no elaborado puede llevar a una desmentida defensiva en la que el dolor se vuelve insoportable y el afecto queda atrapado sin diques simbólicos. Bajo la dictadura chilena, se promovió un discurso que buscaba encorsetar a la mujer en una figura idealizada y abnegada, las denominadas «mamitas de Chile», ocultando, tras esa fachada de ternura obligatoria, los verdaderos abismos de la violencia represiva, la pérdida y la impunidad. Para Bardelli González, cuando la experiencia traumática queda encriptada en la intimidad materna, el sufrimiento no nombrado puede derivar en un exceso pulsional que contamina el espacio de crianza y transmite a los hijos las huellas de un dolor inconfesable.
Al recorrer la historia afectiva de nuestro país a lo largo de este medio siglo, se observa cómo esta herencia ha sido recibida y significada de manera particular por tres generaciones sucesivas:
La primera generación (los sobrevivientes directos): enfrentó la crueldad de manera intempestiva y desestructurante. Para la mayoría de quienes padecieron la prisión, el tormento físico o la pérdida de sus seres queridos, la magnitud de la violencia resultó una vivencia indecible. El silencio de los padres y madres no fue producto de la indiferencia ni del simple olvido; en la inmensa mayoría de los casos constituyó un intento amoroso y desesperado de erigir una muralla de protección en torno a sus hijos. Guardar silencio era una forma de buscar que la crueldad del mundo no contaminara el crecimiento de quienes recién comenzaban a vivir, protegiéndolos de los peligros de un afuera hostil.
La segunda generación (los hijos de la dictadura): creció bajo la sombra de esa ausencia de palabras. Para ellos, la experiencia desgarradora de sus progenitores se convirtió en algo innombrable. Los hijos intuyeron la existencia de una fractura en el origen familiar, pero carecieron de los elementos discursivos para traducirla. Criados con frecuencia en atmósferas atravesadas por secretismos involuntarios, aprensiones constantes y una inestabilidad relacional difusa, estos hijos asumieron lealtades invisibles. Se convirtieron en cuidadores emocionales de sus propios padres, postergando a menudo sus propios proyectos vitales y procesos de individuación para no alterar el frágil equilibrio de un hogar atravesado por un duelo suspendido.
La tercera generación (los nietos): recibe este legado como una realidad inicialmente impensable o remota, propia de los libros de historia o de un pasado distante. Sin embargo, al desarrollarse en un horizonte caracterizado por la democracia formal y la circulación de la información, los nietos suelen desplegar una curiosidad reparadora. Son ellos quienes interrogan los álbumes fotográficos, abren los cajones guardados, preguntan sin los miedos del pasado y buscan reconstruir el rompecabezas de la historia familiar. Al hacerlo, rescatan la figura de sus abuelos no únicamente desde la amargura de la victimización, sino también desde la dignidad, la valentía, los afectos y la luminosidad de su resistencia diaria.
Octubre de 2019: La irrupción del pasado y la desprivatización del dolor
Esta circulación de los afectos y los silencios no ocurre en un laboratorio cerrado ni pertenece de forma exclusiva a la psicología individual. El trauma psicosocial es esencialmente dinámico y mantiene un diálogo permanente con la contingencia política. El contexto social tiene la capacidad de congelar aún más el secreto y la distancia o, por el contrario, de abrir canales para que lo reprimido finalmente pueda circular y ser nombrado.
En esta trayectoria histórica, los acontecimientos del estallido social de octubre de 2019 marcaron un hito decisivo en la subjetividad colectiva de Chile. Para diversos observadores internacionales, la revuelta multitudinaria pareció un fenómeno repentino e incomprensible en un país aparentemente próspero; no obstante, desde la perspectiva de la memoria histórica, la movilización de 2019 dejó al descubierto las grietas no cicatrizadas de una transición política que prefirió administrar la desmentida y la desigualdad antes que profundizar en la justicia social y la verdad integral.
La reaparición de prácticas represivas por parte de agentes del Estado durante las protestas de 2019, con pérdidas oculares por trauma ocular, uso desmedido de la fuerza, vejámenes y detenciones masivas, provocó una sacudida traumática en el tejido social. En los hogares de sobrevivientes de la dictadura, estos hechos reactivaron temores antiguos, reabrieron duelos que se creían sepultados y pusieron en duda la solidez de las promesas democráticas de «nunca más». El fantasma de la violencia estatal volvía a materializarse ante los ojos de quienes ya habían entregado su juventud al dolor.
Sin embargo, de forma simultánea, el estallido funcionó como un poderoso catalizador público que permitió romper la cadena de transmisión del silencio. Fue precisamente la tercera generación, los jóvenes y los estudiantes secundarios, quienes encabezaron la irrupción en las calles. Aquello que durante décadas había permanecido encapsulado como una pesadumbre doméstica o un secreto cifrado encontró una vía de expresión en la plaza pública. Al marchar, cantar, intervenir en las paredes y demandar transformaciones estructurales, los jóvenes no solo reclamaron un presente más digno, sino que también establecieron una alianza de memoria con sus antecesores. La calle se transformó en un escenario de legitimación mutua donde el sufrimiento acumulado pudo traducirse en lenguaje, dignidad y acción comunitaria, logrando desprivatizar el dolor y convertirlo en una demanda colectiva de justicia.
Los límites de la casilla biomédica y la escucha ética
Comprender la profundidad de estas dinámicas nos obliga a revisar críticamente las formas en que la sociedad y las instituciones abordan la salud mental. Durante años ha predominado una tendencia a normativizar y patologizar el sufrimiento derivado de la violencia política, intentando reducirlo a categorías diagnósticas individuales como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) o etiquetando el malestar como una anomalía psiquiátrica personal.
Sin embargo, los aportes de la psicología psicosocial latinoamericana, formulados originalmente por figuras como Ignacio Martín-Baró y desarrollados en Chile por organizaciones pioneras como el Instituto Latinoamericano de Derechos Humanos y Mental (ILAS) o la Corporación de Promoción y Defensa de los Derechos del Pueblo (CINTRAS), así como por los profesionales del programa público de Reparación y Atención Integral de Salud (PRAIS), nos recuerdan que las secuelas del terrorismo de Estado no son un trastorno individual ni una falla biológica, sino la consecuencia directa de una marca infligida sobre la estructura de las relaciones humanas por el poder estatal. Intentar abordar estas marcas mediante un enfoque puramente biomédico que busque la mera inhibición del síntoma no solo resulta insuficiente, sino que también corre el riesgo de revictimizar a las personas al despojar su malestar de su origen político e histórico.
Acompañar las secuelas del trauma psicosocial requiere una postura ética y política no neutral por parte de la comunidad y de los profesionales de la salud. Implica asumir una condena explícita e incondicional a las violaciones de los Derechos Humanos y ofrecer una escucha dispuesta a validar el testimonio de quien ha sufrido. El reconocimiento pleno de la verdad histórica por parte del entorno clínico y comunitario es la única condición que permite transformar la vivencia devastadora en un relato con sentido, devolviendo la confianza y deteniendo la repetición del sufrimiento en las futuras generaciones.
Más allá del Estado: el arte, la mesa familiar y el tejido comunitario
Aunque la justicia institucional, las sanciones judiciales a los perpetradores y las políticas públicas de reparación son un deber inalienable e imprescriptible del Estado, la posibilidad de restaurar lo que fue destruido no se agota en las oficinas gubernamentales, en la burocracia administrativa ni en los decretos oficiales. La verdadera elaboración de la historia ocurre allí donde la vida cotidiana vuelve a tejerse en colectivo, en los espacios donde los seres humanos se reconocen nuevamente como iguales.
Es en ese territorio donde cobran un valor insustituible las expresiones culturales y el arte comunitario. La música popular, el teatro de barrio, la literatura, la gráfica popular, los murales en las poblaciones y las intervenciones en los antiguos sitios de memoria no constituyen meros ejercicios conmemorativos; son lenguajes sensibles que permiten dar figura, cuerpo y aliento a aquello que la violencia intentó dejar mudo. En el canto compartido, en la murga, en la poesía o en la creación artística colectiva, el dolor que habitaba en el aislamiento de las casas encuentra un canal para metamorfosearse en belleza y dignidad comunitaria.
Asimismo, la restauración más profunda suele gestarse a escala humana y a partir de la apertura de la mesa familiar. Cuando un nieto pregunta con ternura y sin juzgar, cuando se despliegan las fotografías guardadas en el fondo de un cajón, o cuando los vecinos y las organizaciones de base abren espacios de encuentro sin etiquetas ni prejuicios, la comunidad se transforma en un testigo de confianza. Es esa escucha entre pares la que rescata el testimonio de la sombra, alivia la soledad de los años y devuelve a cada persona su plena condición de sujeto respetado y querido.
Este 11 de septiembre, reafirmamos que cultivar la memoria es, ante todo, una práctica diaria de cuidado mutuo. Consiste en atreverse a nombrar nuestro origen con delicadeza, en sostener la mirada a quien guarda una pesadumbre antigua y en comprender que la posibilidad de un futuro distinto no se decreta formalmente desde arriba: se construye en el afecto, la verdad compartida y la belleza que somos capaces de crear juntos frente a la persistencia del silencio.
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