El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Dónde están los huesitos de Fuenzalida?

Por: Nadia Limónov

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 25

Después del Golpe de Estado de Pinochet, mi abuela preparó una muda de emergencia en caso de que los milicos fueran a buscarla a la casa. Calzones, enagua, blusa, falda, un chaleco de rombos sin mangas y un abrigo de cuero. Lo tenía todo en una maleta de madera en la pieza de las costuras.

Salvador Allende estuvo en su casa años atrás cuando pasó por mi pueblo haciendo campaña. Mi mamá estaba chiquitita, se acuerda que se sentó en el berger del living y cuando se despidió le hizo cariño en los rulitos. No le gustó, le cargaba que le tocaran el pelo.

La señora era comunista y en todo el tiempo de la UP mantuvo una lucha fratricida con el vecino momio. El viejo le lanzaba proyectiles a través de la pandereta. Gatos muertos que él mismo ultimaba con su escopeta de huaso bruto desde el balcón del segundo piso de su casa. Otros días le tiraba caca humana. La mierda, contaba la tita, estaba perfectamente dispuesta dentro de cajas de fósforos, de las grandes, con la impresión de la cordillera de Los Andes. De niña me imaginaba el afán del proceso de elaboración; si usaba cucharas, un palillo, o si cagaba directamente en el cartón. Ese vecino y casi todo el barrio sabía de su militancia, por eso, siempre temió que alguno la denunciara.

Una madrugada, el repique metálico en la reja la despertó de un salto. Habían llegado. Su pieza daba a la calle. Cuando miró por la orilla de la ventana, vio un camión de militares apostado frente a la casa. Uno de los soldados se había bajado para golpear con la metralleta la chapa de la puerta. Era el día. Corrió a la pieza de la costura y se vistió con la ropa limpia. Se despidió de sus dos niños y salió a la entrada.

– Daniel Fuenzalida, andamos buscando a Daniel Fuenzalida – le gritó el milico cuando la vio.

Mi abuela, pituca y más orgullosa que ninguna, se descolgó las llaves del cuello, avanzó hasta la reja. Seis o siete pasos. Y mientras abría, le respondió que en su casa hace años no vivía ningún hombre. El del fusil miró al conductor del camión, quien volvió a chequear el papel que tenía en la mano, miró el número escrito en el muro y volvió a encender el motor. Se habían equivocado de dirección.

Nunca se me ocurrió preguntarle qué hizo después de que se fueron. Si se fumó uno de los Hilton que guardaba en el bolsillo de la chaqueta. Qué pasó con la caja de ropa, si se volvió a acostar, si pudo dormir esa noche y todas las siguientes. Yo tenía 13 años, mi curiosidad iba por otros carriles. Quería saber cómo había controlado los gestos de su cara para que no descubrieran su miedo. Como si fuera una película en blanco y negro. Pero me conformé con que era otro al que fueron a buscar.

Pero ella no. Hace poco supe que solía preguntarse por Fuenzalida. No lo conocía, pero su nombre le siguió dando vueltas en la cabeza. A veces se acordaba de él haciendo empanadas, moliendo choclo para las humitas o descarozar aceitunas. Pensaba en si lo habían encontrado. Si lo sacaron de su casa sin zapatos, a culatazos, con la camisa desabrochada, en calzoncillos. Si le alcanzó a dar un beso a la madre, a su señora o si estaba solo. Si lo fusilaron contra un muro o le dijeron que corriera para fingir un supuesto escape en medio de un descampado.

En ocasiones pensaba en sus huesitos, que se mezclaban con el recuerdo de otros huesitos. Esos que otras mujeres de su edad buscaban al interior de otras tumbas, en el desierto, dentro de hornos de cal, en piques mineros o amarrados con alambre al riel de un tren en Quintero.

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