“Ahora tengo un gato” de Matías Saá Leal: aprender a vivir después del amor
Por: Tomás Galdames, licenciado en filosofía, escritor y docente

“Ahora tengo un gato”, comienza cuando Pandita, el gato de L., llega temporalmente a la casa del narrador. L. es su expareja y, debido a que se había quedado sin luz en su departamento durante el invierno, le pide que cuide a Pandita por unos días. El gato, además, es ansioso y no puede pasar mucho tiempo solo: se rasca compulsivamente el cuello, por lo que necesita cuidados especiales y lleva constantemente una dona para protegerse de sus propias heridas.
Lo que comienza como un cuidado momentáneo termina convirtiéndose en una relación de afecto y compañía que adquiere un nuevo significado después de la ruptura. Como explica Saá Leal en una entrevista: “Pandita también se convierte en una proyección del cuidado y del autocuidado”. Al cuidar al gato, el narrador encuentra una forma de cuidar algo fuera de sí mismo y, al mismo tiempo, enfrentarse a aquello que no ha sabido cuidar dentro de sí.
Hay una pregunta que aparece después de algunas rupturas: ¿cómo se vuelve a vivir cuando la persona que formaba parte de nuestra vida deja de estar? No se trata solamente de extrañar a alguien. Una separación puede alterar cosas mucho más pequeñas y, por eso mismo, más difíciles de explicar: la forma de llegar a casa, a quién contarle algo que acaba de ocurrir, qué hacer con una cama demasiado grande o con las horas que antes estaban ocupadas por otra persona. Una ruptura no siempre deja un vacío espectacular; a veces deja una serie de pequeños espacios cotidianos que ya no sabemos cómo llenar.
“Ahora tengo un gato”, de Matías Saá Leal, comienza precisamente en uno de esos espacios. La ausencia amorosa aparece desde el principio asociada a Pandita, el gato que pertenecía a L. y que termina quedándose temporalmente con el narrador. “Hablar de Pandita es mi forma de escribir sobre L.”, reconoce. El libro encuentra así su primera operación: hablar del gato es hablar de una relación que el narrador no puede nombrar directamente. Pandita se convierte en una forma lateral de recordar a alguien que ya no está.
Pero esa relación entre el gato y la mujer perdida nunca queda completamente resuelta. El narrador se pregunta si quiere a Pandita por ser Pandita o porque proviene de L. La respuesta es importante: termina queriéndolo “por ser él”. En esa tensión se encuentra buena parte del libro. ¿Cuánto de nuestros afectos pertenece realmente al objeto amado y cuánto pertenece a la historia que construimos alrededor de él?
Aquí resulta productivo pensar en la noción de identidad narrativa de Paul Ricoeur. Para Ricoeur, nuestra identidad no es algo completamente fijo, sino que se construye a través de los relatos con los que organizamos nuestra experiencia. Una ruptura, en ese sentido, no elimina solamente una relación: interrumpe una narración. El futuro imaginado con otra persona desaparece y el pasado comienza a adquirir nuevos significados. El problema del duelo no consiste únicamente en aceptar que alguien se fue, sino en descubrir quién somos nosotros cuando ya no existe el “nosotros” que organizaba nuestra vida.
Eso explica por qué la depresión del narrador no aparece como un tema independiente de la ruptura. Su malestar no se presenta como una enfermedad abstracta que ocurre mientras, al mismo tiempo, suceden otras cosas. La depresión modifica su relación con el tiempo, con el espacio, con el trabajo y con los demás. “Escitalopram durante el día, clotiazepam por las noches y un gato durmiendo a mis pies”: la frase resume con una precisión casi absurda los tres elementos que estructuran su recuperación.
El humor del libro aparece justamente ahí. Saá Leal puede escribir sobre medicamentos, terapia, ansiedad y depresión sin convertir el texto en un relato solemne sobre el sufrimiento. La enfermedad convive con situaciones ridículas, conversaciones familiares, compras por internet, rascadores para gatos y errores de interpretación. Incluso cuando el narrador intenta hablar de su propia salud mental, el gato interrumpe constantemente el relato. Y esa interrupción es fundamental: la vida continúa ocurriendo en medio de la crisis.
Pandita cumple entonces una función que va más allá de la compañía. Obliga al narrador a establecer una relación con el presente. Hay que alimentarlo, limpiar su caja, preocuparse por sus heridas, soportar sus maullidos nocturnos. En un momento particularmente revelador, el narrador reconoce que durante años buscó vivir acompañado para no sentirse solo y que ahora, por primera vez, parece bastarle un gato.
No significa que el gato cure la depresión. El propio libro se encarga de desmontar esa idea. Hay medicamentos, terapia, psiquiatría, licencia médica, crisis y momentos en los que el narrador simplemente no puede más. La compañía de Pandita no sustituye el tratamiento ni resuelve el duelo. Su importancia es más sencilla y, quizá por eso, más profunda: introduce una responsabilidad afectiva en una vida que se ha vuelto difícil de habitar.
En este punto, “Ahora tengo un gato” se acerca también a una idea central de las teorías del apego: después de una pérdida, la necesidad de vínculo no desaparece porque la relación que la sostenía haya terminado. Seguimos necesitando tocar, cuidar, esperar, ser esperados. El problema es que el narrador todavía está atrapado en el vínculo anterior. Pandita le permite mantenerlo parcialmente abierto. A través del gato, L. continúa escribiéndole, preguntándole por sus heridas, por la comida, por el rascador. “A través de Pandita seguimos hablando”, escribe.
Por eso la partida de Pandita resulta incluso más devastadora que la separación amorosa. Cuando L. vuelve por sus cosas y anuncia que se llevará al gato, el narrador descubre que lo que realmente le duele es verlo partir a él. Al día siguiente deja abierta la puerta, como si Pandita todavía pudiera aparecer. La ausencia se vuelve física: ya no está el cuerpo que dormía sobre su cara, el animal que esperaba junto a la puerta, la presencia que había convertido una habitación en un lugar habitado.
La escena modifica retrospectivamente todo lo anterior. Pandita había sido, en parte, una manera de mantener viva la relación con L.; pero cuando se va, el narrador queda obligado a enfrentarse a una ausencia doble. Ya no tiene a la mujer ni al animal que funcionaba como puente hacia ella.
Y es precisamente después de esa pérdida cuando aparece Simón.
El nacimiento de este segundo vínculo podría haber sido leído fácilmente como una sustitución sentimental: perder un gato y conseguir otro, perder una pareja y aferrarse a una nueva criatura. El libro, sin embargo, se niega explícitamente a aceptar esa interpretación. Cuando alguien podría pensar que Simón reemplaza a Pandita, el narrador responde: “Simón no es un reemplazo. Es mi gato”. Esa frase contiene probablemente el centro emocional del libro.
Porque recuperarse no significa reemplazar lo perdido. Significa poder establecer vínculos que no tengan que justificar su existencia en relación con aquello que desapareció. Pandita pertenece a una historia determinada: la historia de L., de la convivencia, de la ruptura, de la depresión y de la esperanza de que algo de esa relación pudiera permanecer. Simón pertenece a otra.
Por eso el final es tan sencillo y tan significativo. El narrador lee, recuerda a Gastón Carrasco y a Koro, y piensa en esa familia de dos. Simón se sube a su pecho y se queda allí hasta que termina de leer. Entonces aparece la última frase: “Ahora tengo un gato”.
Después de cincuenta páginas en las que tener un gato significó recordar a una mujer, cuidar una herida, sostener una relación, atravesar una depresión y enfrentarse al abandono, la frase final adquiere un significado diferente. Ya no dice “tengo el gato de alguien”. Tampoco dice “tengo algo que me recuerda a quien perdí”. Dice: “tengo un gato”.
En términos de Ricoeur, podría decirse que el narrador ha comenzado a escribir una nueva versión de sí mismo. No ha borrado la historia anterior. Pandita sigue existiendo en ella, como también existe L., la depresión, la casa vacía, las terapias y todas las cosas que no pudieron continuar. Pero la identidad no necesita borrar sus capítulos anteriores para seguir avanzando.
Quizás esa sea la verdadera recuperación que propone “Ahora tengo un gato”: no volver a ser quien éramos antes de la ruptura, sino descubrir que todavía podemos convertirnos en alguien después de ella. Y para eso, a veces, no hace falta una gran revelación. Puede bastar con que un gato se suba al pecho, se quede dormido y nos recuerde que, incluso después de perder una vida que creíamos nuestra, todavía es posible comenzar otra.

