El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Los hombres de verdad lloran: la salud mental masculina como asunto político

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 3

Los hombres llegan tarde a la consulta. Aparecen después del accidente, del despido, de la mujer que se fue, del médico que les habló del corazón. Para cuando se sientan enfrente, el cuerpo ya dijo por ellos lo que la boca calló durante años. Traen el insomnio, el trago para dormir, el aire que falta en la fila del supermercado. La palabra tristeza no está en la lista, porque aprendieron temprano que eso era cosa de mujeres, y un hombre que se queja “como una mujer” deja de ser hombre. Fue lo único que le enseñaron a no perder.

Mientras el país discute a gritos la problemática de la delincuencia, lo que más mata no sale en el noticiario. En 2024 mil 984 personas se quitaron la vida en Chile, casi mil más que las asesinadas; y desde 2018 el suicidio es la primera causa de muerte violenta del país. Cuatro de cada cinco de esos muertos son hombres, una proporción que es el saldo final de una educación, donde la terapia, cuando existe, llega tarde y para pocos.

Al niño se lo entrena para no sentir, como quien aprende un oficio: no llores; y si te pegan, pegas más fuerte. A los cuarenta años el oficio está perfeccionado. Ya no sabe nombrar lo que le pasa, ni cuánto se le va la vida en ello. Le quedan las traducciones: la rabia, el portazo, el alcohol, la mano que tiembla de madrugada. La fortaleza que le prometieron resultó ser la manera más limpia de morir solo.

Uno de cada diez hombres tiene síntomas de depresión cada año, y aun así son apenas el 16 por ciento de los que se atienden por depresión en el sistema público. Y no es que no se depriman, lo hacen igual, pero no cruzan la puerta. El alcohol es una de las cosas que más vida les quita, y la cirrosis viene detrás. Los trastornos por consumo de sustancias los golpean cinco veces más que a las mujeres. Así, la pena no se evapora: sale por donde a un hombre se le permite, con el alcohol que adormece y el cuerpo que se arruina sin una palabra. Son “diagnósticos de hombre” para un dolor que nunca aprendió a decir su nombre.

El dolor de ellos está fabricado, tiene fecha y ninguna terapia individual lo desarma. Hubo un mundo donde la hombría se sostenía afuera: el sindicato, la cuadrilla, la pega que pasaba de padre a hijo, la esquina; pero el neoliberalismo lo demolió con método. Se vació la fábrica y se dispersó el barrio, convirtiendo al obrero en emprendedor de sí mismo y lo dejó solo frente a su deuda. Le quitó el piso y dejó intacto el mandato: “serás proveedor”, en una economía que no deja proveer a casi nadie.

Ahí está el hombre de hoy. Carga un ideal de hombría que exige un sueldo inexistente para pagar una casa que no comprará, y una autoridad que las mujeres dejaron de conceder. La distancia entre lo que debía ser y lo que es se llama vergüenza, y la que no se sostiene se vuelve rabia. El sistema produjo millones de hombres avergonzados y se lavó las manos, porque en su relato la enfermedad mental es siempre asunto tuyo: tu química, tu falta de resiliencia. Al que tiene con qué, se le ofrece terapia, y la terapia ayuda. Pero un tratamiento privado está fuera del alcance de la mayoría de los hogares. El resto hace fila meses para diez sesiones contadas, o se arregla con lo que aprendió a los seis años: cállate y sigue.

La derecha entendió esto mejor que nadie. Vio el galpón lleno de hombres con rabia y sin lenguaje, y les pasó uno. Un idioma que nombra la herida con puntería y la diagnostica al revés. La culpa, les dicen, es de la feminista, del inmigrante, del maricón, del woke que vino a quitarle su lugar. Y del capital, ni una palabra. Funciona porque parte de un dolor verdadero.

Hoy, el presidente de Chile, José Antonio Kast vende un estado de ánimo más que un programa. La mano dura y el palo a los que sobran son oferta emocional para el hombre humillado. Hay una política que se alimenta de tristeza, que necesita hombres disminuidos para venderles la ilusión de potencia. Un hombre que sabe lo que siente, que puede decirlo y llorarlo, no les sirve: ese no vota desde la herida. Por eso la cría con esmero, porque la herida es su electorado.

Pero nada de esto los deja fuera. El sistema fabricó el dolor y la reacción la pone cada uno. Un hombre no elige la herida, pero sí elige si la llora o se la cobra a alguien más débil. No son solo víctimas de una maquinaria: son también, cada día, los que deciden qué hacer con lo que sienten. Aprender a llorar es esa decisión, y es la que desarma.

El hombre se eximió del cuidado durante siglos. Y el que nunca aprende a cuidar tampoco aprende a ser cuidado, ni a pedirlo. Llega a los ochenta sin nadie. La tasa más brutal está arriba, entre los viejos, no entre los cabros de la manosfera: hombres de más de ochenta que se matan veinte veces más que las mujeres de su edad. El final exacto de una vida entera sin dejar entrar a nadie.

La izquierda lleva una década preguntándose si ocuparse del dolor masculino no será una traición a las mujeres. Es una pregunta de lujo. La derecha no se la hace: va a buscarlos a la salida del turno y en la barra del bar, y les habla en el único idioma que les quedó. Nosotros les dejamos el silencio, y después nos extraña que voten al que les grita.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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