El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

No queremos ser tradwife: del pan al voto, así se vende la sumisión

Por: Verónica Aravena Vega

opinion 27

Hay un rincón de internet hecho de cocinas soleadas, pan recién horneado y mujeres que hablan bajito. Tiene nombre: femesfera. Es un ecosistema de reels y cuentas dirigido a mujeres. Es la gemela silenciosa de algo que ya conocíamos por su cara ruidosa.

Esa cara ruidosa es la machosfera. El foro incel, el gurú redpill, el chico resentido que descubrió que su fracaso con las mujeres tiene un culpable y ese culpable es el feminismo. Grita, amenaza. Lleva la contabilidad de un agravio, y su combustible es una rabia que no esconde.

La femesfera hace el trabajo inverso para llegar al mismo lugar. El hombre de la machosfera aparece furioso; la mujer de la femesfera aparece en calma. Sonríe, hornea, ordena su cocina impecable y te cuenta, con voz de cuna, que nunca fue tan feliz como desde que dejó de exigir. Debajo late la misma política del incel. Cambia el envase. Uno viene con odio, el otro con delantal.

Su rostro más famoso es la tradwife, la esposa tradicional. Rubia, joven, delgada, filmada en una cocina del porte de un departamento entero, moliendo su propio trigo y ordeñando su propia vaca para hornearle al marido un pan que él comerá en treinta segundos mirando el teléfono. La estética es deliberada. Nadie se asusta de una receta. Se disfraza de que no habla de nada, y por eso entra.

Susanne Kaiser, que las estudió de cerca, lo dijo: estas mujeres callan el núcleo violento de su ideología en la vitrina, para que el estilo de vida se vea agradable, tranquilo y, al final, deseable. La vitrina es lo que ves. Pan, lino, luz dorada, niños rubios. El resto está dos scrolls más abajo.

El anzuelo funciona porque el cansancio es verdadero. A las mujeres de mi generación nos vendieron una liberación que consistía en ir a trabajar sin que nadie lavara la loza que dejamos en casa. En Chile eso significa salir a pillar la micro a las siete, cumplir la jornada completa, y volver a una casa que espera intacta como una segunda pega. Silvia Federici lo escribió hace medio siglo: la casa siempre fue una fábrica, la rareza histórica es que jamás pagó sueldo. Conseguimos el jefe de afuera sin perder al de adentro. Doble jornada, media plata, cero descanso. La tradwife llega justo a ese punto de agotamiento con una oferta de una limpieza brutal: quédate con una sola de las dos pegas. Lo que fue condena, la mujer encerrada sirviendo, vuelve maquillado de spa, y te lo entregan envuelto como si la idea hubiera sido tuya. La palabra clave del movimiento es “libre elección”, y no cayó ahí por azar: es la coartada que convierte una salida sin salida en un acto de autonomía.

Cuando la estética ya normalizó el modelo, empieza lo político. El modelo que instala es vertical: él provee, ella depende, y una mujer sin ingreso propio es una mujer sin poder de salida. Ese arreglo comparte muro con el resto del feed. La misma cuenta que hornea galletas te muestra, más abajo, al pastor evangélico que asegura que la mujer no debería votar, y la etiqueta que pide derogar el sufragio femenino. El pan y el pastor viven en el mismo algoritmo, que premia el antifeminismo porque genera reacción y la reacción se cobra en plata. Que el mensaje llegue horneado no lo hace más barato.

Hasta dónde llega esto dejó de ser una hipótesis en junio. En una cumbre de mujeres conservadoras en Texas, unas cuantas declararon ante las cámaras que le entregarían el voto al marido. No eran la mayoría, pero tampoco hacía falta. Una lo resumió mejor que cualquier análisis: “Lo entregaría con gusto, porque sé que él me representaría bien.” No se lo arrancaron. Lo ofreció. No hizo falta prohibirle votar a ninguna mujer, bastó con producir unas pocas que devuelven el voto convencidas de que rendirse es un gesto de amor, y muchas más que las miran sin alarmarse. La sufragista peleó setenta años por ese derecho. La tradwife lo regala en un reel y se siente liberada al hacerlo.

Acá conviene una precisión, porque es fácil salir a culpar al feminismo. Quien produce el agotamiento es un modelo que carga a las mujeres con dos jornadas y paga una. La ultraderecha no lo inventó, lo capitaliza: recoge ese cansancio y lo revende como nostalgia de la cocina. Del feminismo, y sobre todo de su versión más descafeinada, la del girlboss y el empoderamiento impreso en una polera, solo tomó prestado el vocabulario: la liberación se encogió hasta caber en la palabra elección, y hoy una influencer justifica la sumisión con las mismas palabras que usábamos para nombrar la autonomía. Mi cuerpo, mi decisión, mi vida. Suena a conquista y ya no garantiza nada.

Que quede claro: el problema no es la mujer que amasa. Quedarse en casa a criar y cocinar lejos de toda cámara puede ser una vida digna que no le debe cuentas a nadie. Lo que denuncio es la maquinaria que agarra esa vida, la filma y la engancha a un programa que quiere a todas las mujeres de vuelta en la cocina.

La pregunta chilena tiene respuesta rara. La tradwife casi no calza acá: en Estados Unidos quedarse en casa es un lujo de clase alta, exige un marido que gane para dos, y en un país donde la que deja de trabajar no come, el personaje no encuentra dónde aterrizar. Pero da lo mismo, porque la femesfera no necesita que la copies, le basta con que la desees. Romantiza el repliegue donde replegarse es imposible, y pega más fuerte justo donde menos se puede pagar.

La mitad de los chilenos ya cree que el feminismo actual es “radical”, y según el Panel Ciudadano UdeC uno de cada tres hombres piensa que hizo daño. Ese resentimiento es el abono donde la femesfera crece. No es un fenómeno importado que venga llegando: la prensa europea ya sienta a Kast en la misma mesa antifeminista que a Trump y a Meloni. La femesfera ya está acá, subida al mismo teléfono que me muestra el pan.

Contra el cansancio de las mujeres no hay autocuidado que alcance, porque no se cura de a una. La tradwife promete descanso y entrega encierro; lo único que de verdad nos aliviaría sería dejar de cargar solas lo que nunca debió ser solo nuestro. Lo grave no es que alguna chilena entregue el voto mañana. Es que a las once y media de la noche, con el cuerpo molido, la rendición ya se parece demasiado al descanso.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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