El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Quién cuida a la guagua? Padres puertas adentro y la trampa de pedir hijxs sin un Estado que cuide

Por: Verónica Aravena Vega

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Irene Clark. “A Mansion at Prairie Avenue”. 1955

Suena el teléfono a media mañana. Es el jardín. La guagua tiene fiebre y hay que ir a buscarla. En la sala de reuniones todos escuchan el celular y miran, con disimulo, hacia el mismo lado de la mesa. El que suena casi siempre es el de ella.

Los hombres avanzaron, y se nota. Bañan, mudan, se levantan de noche, llevan al jardín. Hacen lo que sus padres no hicieron. La desigualdad cambió de lugar. Ahora está en qué parte les toca. La última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo lo dice: un hombre dedica al trabajo no pagado de la casa 2 horas y 52 minutos al día, una mujer 4 horas y 57. Al sumar todo ella llega a una jornada de casi once horas. Arlie Hochschild le puso nombre hace décadas, la segunda jornada, la que empieza cuando la primera ya terminó y no figura en planilla alguna.

Querer un hijo y cuidarlo son dos verbos que el lenguaje confunde y la rutina separa. Por eso no sorprende que, según Pew, entre los jóvenes sin hijos quieran ser padres más hombres que mujeres, un 57% contra un 45%. Decir que sí, es barato cuando no se imaginan las noches sin dormir ni la renuncia de la mañana siguiente.

La brecha se mide en horas y, sobre todo, en el tipo de tarea. Lavar la loza y pasar la aspiradora se reparten cada vez más parejo. Lo que no se mueve es el cuidado de las personas. Cuando se enferma la guagua o la pareja, la que rastrea el remedio y pide la hora es casi siempre la misma. Dentro de eso, lo entretenido se comparte sin problema, el parque del domingo, la pelota en el patio; la fiebre de las cuatro de la mañana, no. Cuando hay que reorganizar la vida entera por alguien que no puede valerse solo, la agenda que se hace a un lado es la de ella. La de él es la última que se altera.

Esa distribución se sostiene en una frase que suena a elogio. “Las mujeres saben cuidar.” Saben, como si vinieran con eso de fábrica, como si la paciencia para tomar la temperatura tres veces en una noche fuera un órgano y no algo que se aprende quedándose. Nadie nace sabiendo qué hacer con una guagua que llora de madrugada. El que nunca tuvo que averiguarlo, porque siempre hubo alguien al lado que ya sabía, llega a la paternidad con ese aprendizaje a medias. Y mientras no lo hace, se confirma que ella sabe mejor, y la rueda gira sola.

La frase tiene un reverso que se dice menos. Muchas mujeres no sueltan. Rehacen la mochila que él armó y repiten la rutina como si fuera la primera vez. A veces porque salió mal. Muchas veces porque entregar el control supone aceptar que se hará distinto, y distinto asusta cuando lo que está en juego es una guagua. Ahí el trabajo es de los dos. A ellos les toca cargar el mapa completo y dejar de esperar instrucciones. Y a ellas, lo más difícil, soltar el control y dejar que se haga distinto aunque al principio salga torcido.

En Chile la investigación lleva años documentando el mismo tránsito. Loreto Rebolledo lo llamó el paso del padre ausente al padre próximo: el que ya está, el que aparece en el cumpleaños y abraza distinto a como lo abrazaron a él. Pero próximo todavía no es lo mismo que a cargo. El imaginario cambió más rápido que el reparto. Tenemos un padre nuevo en las representaciones y uno bastante viejo en las planillas de uso del tiempo.

La estructura explica por qué un hombre parte atrasado, pero no por qué se queda ahí. Cuidar se aprende mirando lo que hace la otra y preguntando lo que no se sabe. Cargar el mapa mental no espera a que cambie ninguna ley. Se decide una mañana cualquiera, cuando suena el teléfono del jardín y uno contesta antes de mirar de reojo a la pareja. Tratar a los hombres como incapaces de eso es otra forma de dejarlos afuera. Pueden decidir, igual que decide cualquier adulto.

Pero ninguna pareja resuelve sola lo que está armado desde afuera. El permiso por enfermedad grave de la guagua llega por defecto al nombre de la madre; y para que lo use el padre, ella tiene que cedérselo. El jardín cierra a una hora pensada para alguien que tiene a otro alguien en casa. La hora del pediatra es a las once de un día hábil, como si nadie trabajara. La ciudad está hecha para un trabajador sin nadie a cargo, el mismo que siempre tuvo detrás a una mujer resolviendo lo que se le caía. Silvia Federici lo dijo: ese cuidado que pasa por amor es trabajo que el sistema necesita gratis y disfraza de instinto. La cuenta la paga ella, en una pensión más baja y en un cansancio que no figura en ningún indicador.

La creencia de que cuidar es asunto de mujeres no distingue clase: vive igual en el gerente y en el obrero. Lo que cambia es la estrategia. Cuando alcanza la plata, aparece una tercera, casi siempre más pobre y muchas veces migrante, que hace lo que él no hace; cuando no alcanza, lo absorbe ella sumando horas. El cuidado se mueve entre mujeres de distinta clase antes de cruzar el pasillo hacia el hombre de la misma casa.

Nada de esto se arregla pidiéndole cosas a las parejas. La natalidad cae en medio mundo y Chile, con la fecundidad más baja de su historia, acaba de estrenar el plan Chile Renace, con un bono por hijo y la promesa de remover obstáculos. Kast fue explícito: para él los males del país empiezan en el debilitamiento de la familia. La preocupación por que nazcan menos niños es real, pero viene pegada a un modelo, el de la familia de siempre, con la madre que cuida incluida en el paquete. Y la pregunta que el plan no se hace es en qué condiciones. Criar cuesta plata, una pieza más donde dormir y un sueldo que alcance para uno más, y cuesta tiempo, el que hoy se va entero en el trabajo. Para mucha gente el cálculo ni siquiera llega ahí: el arriendo y un sueldo que no se estira cortan la fantasía antes de empezar, y tener o no un hijo es una pregunta que ni alcanza a formularse.

También hace falta otra ciudad. Una donde el jardín y el centro de salud no queden a tres micros, donde la jornada baje de 40 horas. Bogotá lo intentó con sus manzanas del cuidado, barrios donde los servicios se juntan a pasos de la casa y el cuidado vuelve a ser cosa del vecindario, no de cada departamento a solas. Pedir guaguas es gratis. Criarlas cuesta plata, tiempo y manos, y mientras eso siga repartido como está, y el Estado mire de lejos, las campañas le hablan a un país que ya hizo sus cuentas.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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