El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Y si el Ojo no lo ve todo?: entre palantíri, IAs, saurones tecno-conservadores y el papa

Por: Felipe Matus Valenzuela

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Pippin mirando la Palantir

En la saga de J. R. R. Tolkien, las palantíri son piedras antiquísimas, talladas – de acuerdo a Gandalf – por el más relevante de los artesanos elfos, Fëanor. Son de un material casi indestructible y a la vista parecen de un cristal negro. La activación de su capacidad vidente está establecida por derecho hereditario a los hijos de Elendil, o bien a los senescales delegados en Góndor. Tal vez, las más conocidas de la saga de Tolkien son dos: Anor, delegada a Denethor, quien vería nublada su visión cayendo en la demencia; y Orthanc, delegada a Saruman el Blanco para defender Isengard en el combate a Saurón. 

En “Las Dos Torres”, una noche Pippin no aguantó su obsesión por la esfera negra que Gandalf rescató de Isengard tras la derrota a Saruman. Mientras todos dormían, reemplazó la palantir de las manos del mago por una piedra del mismo tamaño. Al imponer sus manos en ella, estableció contacto con el mismísimo Saurón.

Gandalf despertó raudo y liberó a Pippin del trance en que se encontraba. Al ver sus ojos, el mago pudo inferir que Mordor e Isengard mantenían contacto directo a través de las palantíri, pero también descubrió que Saurón creyó a los hobbits por rehenes de Saruman, concluyendo que tal vez la videncia logró confundir incluso al Señor Oscuro: “extraños poderes tienen nuestros enemigos y extrañas debilidades” –  Señaló Théodem tras la elucubración del mago. Con esta lógica, más tarde Aragorn tomaría una palantir para comunicarse directamente con Saurón, desafiándolo al combate en las puertas de Mordor y abriendo paso para que Frodo y Sam pudieran arrojar el anillo.

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En la saga, las palantíri no pueden ser utilizadas por cualquiera, requieren de la autoridad y el designio vía derecho delegativo. Sin embargo y ante todo, incluso la potestad de su uso no es suficiente, porque la capacidad de videncia requiere del poder suficiente para su uso, de lo contrario otro ser más fuerte podría nublar las visiones que de ellas se obtienen. Es decir, que el medio utilizado puede ser manipulado a favor y en contra de un objetivo. Por ello tal vez Gandalf, el gris y el blanco, siempre fue cauteloso frente a su uso.

En nuestros días y en esta realidad, designios tecno-conservadores reinterpretan a las palantíri. Buscan agrupar sus prestaciones como fines, cosa que puede sonar rebuscada, aunque es bastante explícita: quienes dicen manejar la videncia como medio para el nuevo orden sociotécnico – las bigtech de la Inteligencia Artificial –, nos proponen una videncia algorítmica que está bajo su control. Es una videncia con dueños y sueños proyectados en manifiestos como el de Palantir Technologies que, diferencia de las promesas tecnológicas de liberación humana, hoy proponen a la humanidad un programa explícitamente autoritario, donde el “progresismo estadounidense” busca instalarse como eje moral de la humanidad, garante de una eventual paz venidera pero que paradojalmente concomita al rearme de las potencias dormidas; porque sí, el Ojo nos está llamado para la guerra y en ello, la IA será el software por excelencia y nuestros datos su alimento.

Pero no será cualquier IA – dicen -, sino aquella proveniente de Silicon Valley, incubadora tecnológica ahora prospectada ideológicamente para luchar contra el terrorismo y la delincuencia violenta como soporte para recuperar la señalada como una degradada calidad de vida occidental, supeditada a las políticas tibias y cancelatorias de la democracia liberal que ha erosionado los liderazgos y la vida religiosa sin esencia; Se infiere así que la cultura blanca – de los multimillonarios estadounidenses – sea la torre moral de un nuevo – ¿nuevo? – orden conservador que haga frente a las perspectivas de la multiculturalidad y de representatividad democrática. Bajo este prisma, ni el capitalismo es de libre mercado, sino expresamente monopólico. 

El brief de La República Tecnológica de Alexander Karp y Nicholas Zamiska, publicado por Palantir Tech de propiedad de Peter Thiel, nos propone una vía de progreso a través de su control. Es el designio de unos pocos sobre el resto. Aquí podemos retomar la moraleja de Tolkien. Y es que en otros tiempos, las palantíri fueron utilizadas como forma de comunicación entre los reinos de Isengard para la perduración de la paz. Sin embargo en los tiempos de guerra, fueron controladas por el poder del Ojo que todo lo ve. Así ocurrió con el Senescal de Góndor e incluso con Saruman, quien terminó uniéndose a los designios del Señor Oscuro. 

Pero en la saga, tras la intromisión de Pippin, Gandalf descubrió una vía para hackear el sistema a través de las palantíri; usó el punto de fuga de la videncia dirigida para reorientar el destino de la guerra, lo cual metafóricamente, o quizás no tanto, nos permite imaginar preguntas como ventanas de oportunidades: ¿Y si el Ojo no lo ve todo? ¿Qué cosas no logra ver? 

Y es que si bien nuestra época se caracteriza por el procesamiento del bit, en La Información,  James Gleick (2011) demuestra que en distintas épocas, las tecnologías de la información han sido valoradas de forma diferente. Así, “cada medio de comunicación nuevo transforma la naturaleza del pensamiento humano. Al final la historia no es más que el relato de la información que va adquiriendo consciencia de sí misma” (p. 16). Por consecuencia y en nuestros días ¿cómo podríamos imaginar informaciones con fines no extractivos ni asociadas a dependencias monopólicas? 

Recientemente, el Papa León XIV abordó esta cuestión en la encíclica Magnifica Humanitas (2026), donde convoca expresamente a combatir “el desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que madura la conciencia” (106). El encuadre moral del Papa, siguiendo la línea crítica de Francisco, plantea la cuestión profunda de la relación humana con el futuro en torno a las tecnologías corporativas: ¿Cómo contribuyen al bien común?  

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Nuestra moraleja tolkineana – a la que por cierto León también recurre – nos permite repensar a las IAs como medios para el bien común. Esto pasa por entender críticamente esta tecnología, y en nuestra condición periférica, nos abre un paso necesario a la discusión sobre la dependencia y la soberanía tecnológica, junto con perfilar las tecnologías otras y la búsqueda permanente de aquello que los datos no captan para su haber. Contrario a algunas perspectivas tecnófobas, esto no prescinde del uso de la IAs – porque sinceremos, las apuestas vanguardistas de omitirlas o invalidarlas -, aunque loables, no impiden que millones de personas hagan uso de ellas en este preciso momento -, aunque sí nos permiten vislumbrar vías de escape frente a lo que Shoshana Zuboff (2019) denomina como capitalismo de vigilancia. 

Y es que el baño de realidad nos obliga a salir de las metáforas. El propio Peter Thiel de gira por Latinoamérica con los gobiernos de Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil – en algunos casos con escasa transparencia de sus agendas en la búsqueda de contratos de vigilancia – nos pone hoy en la necesidad de proyectar la construcción un programa tecnológico no autoritario, transparente y orientado a políticas emancipatorias para la humanidad. Todo ello, en torno a tecnologías generativas – y no sólo en torno a estas, por cierto -, labor que debiese ir más allá de los esfuerzos regionales o nacionales de soberanía. Incluso, ha de ser algo más soterrado que las asimilaciones de las empresas y los esfuerzos académicos que realizan nuestras universidades para promover un uso ético – aunque muchas veces acrítico – de la IA en investigación e innovación. 

Más bien, un punto de partida para esta tarea ha de ser quizás más cotidiano y podría ayudarnos a pensar en colectivo sobre esta vorágine tecnológica. Y es que precisamos alterar nuestra relación con la IA por sobre las máximas del consumo extractivo y el uso optimista. Este escenario exige de nuevas alfabetizaciones con miradas reflexivas para nuestras comunidades y, en especial, para nuestras vecindades, incluyendo a las niñeces y nuestros abuelos y abuelas; también, de la masificación de un discernimiento crítico en torno a la desinformación y las fake news en la población; y por último, de la construcción de iniciativas locales y comunitarias para el bien común, así como de la validación de otros saberes como cosmotécnicas (Yuk-Hui, 2020) disponibles para el cambio social en pos de una mejor calidad de vida y como respuesta a una modernidad universal, obscurecida y lineal. 

Y es que problema nunca han sido las palantíri, sino los saurones tecno-conservadores de turno. Detectarlos es un primer paso, hackear sus designios es ya una necesidad. 

Referencias: 

  • Gleick, J. (2012). La información: Historia y realidad (J. Rabasseda & T. de Lozoya, Trads.; 1a. edición). Crítica.
  • Hui, Y. (with Amaral, H. do). (2020). Tecnodiversidade. Ubu Editora.

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    Es Sociólogo y Magíster en Ciencias Sociales. Actualmente Dr. (c) en Estudios Americanos de la USACH. Su línea de investigación se relaciona a los cambios sociales en torno a las tecnologías digitales desde miradas multidisciplinares y través de metodologías mixtas. Sus estudios se han relacionado con los ciberactivismos contrahegemónicos, el pluralismo digital en medios y los imaginarios sociotécnicos de la digitalización en universidades. Actualmente participa como tesista en el Centro de la Comunicación Pública (CECOMP-USACH).

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