Mi papá no es un hombre performativo: hombres comunes y distantes

Por Verónica Aravena Vega
Mi papá habla de fútbol y de política. Se enoja con facilidad, más de lo que me gustaría, y el enojo le sirve para casi todo: para lo que le salió mal, para lo que lo pone triste, para lo que no sabe decir de otra manera. No le enseñaron otra forma de que algo le pesara por dentro y se le notara por fuera. Se ríe del aspecto de la gente, en plan broma, con una soltura que nunca tuvo para hablar de sí mismo. Me enseñó a escuchar a Phil Collins y me llevó a ver “El Señor de los Anillos”. De él aprendí sobre música, cine, y algo más difícil de nombrar: cómo se sostiene un hombre cuando no tiene palabras para decir lo que le duele.
Es un hombre corriente. No es un monstruo ni un aliado. Es un hombre. Y a ese hombre no le habla nadie.
Hay otro tipo de hombre que sí conecta con el discurso feminista. Lo conocemos bien: se cuestiona, se lee los textos, va a terapia, aprende a nombrar lo que antes ni veía. A veces es un cambio real y cuesta, y hay que decirlo. A veces, se queda en la superficie, en el vocabulario impecable que convive con el plato sin lavar y con los cuidados que siguen recayendo en otra. Pero discutir cuánto de verdad hay en ese cambio, es quedarse en el lugar equivocado, porque ese hombre no es el problema. El punto es otro: a él le llegó el lenguaje del cambio. Lo tuvo cerca, en un idioma que reconocía, en un círculo donde revisarse se premia en vez de dar risa. Y a la inmensa mayoría de los hombres ese lenguaje nunca les llega.
A ese, la izquierda lo suma fácil. Estaba medio convencido de antes: tenía la disposición, el círculo, la universidad detrás. Sumar al que ya está convencido se parece bastante a avanzar, aunque nadie se mueva de lugar. Con el resto, que son la mayoría, el progresismo no sabe hacer otra cosa que señalar. Marcar lo que está mal. Corregir. Y corregir no convoca. Se llega con un discurso de universidad, de asamblea, de un mundo que no es el suyo, y luego sorprende que no lo reciban como una invitación. No lo es. Se parece más a un examen, y nadie se sienta de buena gana a dar un examen que sabe que va a reprobar.
Reconocer esto no es repartir certificados de inocencia. El daño, cuando lo hay, sigue siendo daño. Pero la diferencia entre el que se cuestiona y el que no, no es exclusivamente moral. Es de acceso. La deconstrucción tiene precio de entrada. El que va al grupo de masculinidad, el que se lee los textos, que tiene el tiempo de revisarse los jueves por la tarde, es casi siempre un hombre con capital: económico para pagar la terapia, cultural para entrar en los textos y social para tener un círculo donde todo eso se celebra.
Damos por hecho que cualquiera puede pagar esa entrada, y al que no puede lo leemos como atrasado, como bruto, cuando muchas veces no es que no quisiera revisarse: es que nunca tuvo dónde, ni con quién, ni con qué palabras. Esos espacios no tienen un guardia en la puerta; es algo más incómodo: se parecen a un club sin que lo veamos, y el parecido lo nota todo el mundo menos quienes están dentro.
Alicia Valdés lo dice en su último libro, “Auge”: “no hay un hombre, hay hombres”. Lo que aparece en el discurso público no es esa mayoría, sino un tipo ideal, articulado, urbano, con las credenciales en regla. Todo lo que se aparta de ese tipo se lee como atraso. Y leer a la mayoría como atraso, antes que injusto, es un mal cálculo político. El hombre de clase trabajadora no es el burgués que no terminó de evolucionar: tiene su propia lógica. Lo que desde la clase media se lee como alienación, el fútbol, las cervezas, el humor pesado entre amigos, suele ser un sistema de lealtades y un idioma de cercanía que nadie les enseñó a tener de otro modo. No hay que idealizarlo ni justificarlo. Pero si no se entiende qué sostienen esos códigos, no habrá nada que ofrecer en su lugar. Y la política es eso: ofrecer algo a cambio.
Hay algo más, y es donde la derecha juega su mejor carta. A estos hombres les pasa algo real: la precariedad, el sueldo que no alcanza, el modelo de proveedor que les prometieron y que el capitalismo dejó de entregar. Están cabreados, y tienen motivos. La ultraderecha no inventó ese enojo, sería incapaz. Hace algo más astuto: lo recoge y le da una dirección. Michael Kimmel lo llamó el agravio de los que se sienten despojados de algo que creían suyo. La derecha toma ese agravio y lo apunta hacia abajo y hacia el lado, hacia la mujer que les quitó el puesto, hacia el migrante que les bajó el sueldo. Nunca hacia arriba. Nunca hacia quien de verdad los precariza.
El problema es que el relato prende, se repite en la sobremesa y en el grupo de WhatsApp, y termina organizando cómo vota y a quién odia una parte enorme del país. Cuando una sociedad acepta que la culpa del malestar la tienen las mujeres y los migrantes, deja de preguntar por la otra cosa: quién se quedó con la plata, por qué el sueldo no alcanza, qué se redistribuyó y qué no. El cabreo encuentra a quién golpear y olvida a quién pedirle cuentas. Esa es la victoria, y es enorme.
Stuart Hall lo vio mirando el thatcherismo: la derecha no gana argumentando, gana interpelando, llegando al sentido común y a los miedos concretos para reordenarlos a su favor. La izquierda, mientras tanto, sigue explicando, convencida de que basta con tener razón. Ocupa el terreno del argumento y deja entero el de los afectos. Los territorios vacíos no se quedan vacíos: se ocupan.
Aun así, ir a buscarlos no es trabajo de las mujeres. No nos toca hacerles la pedagogía afectiva ni convertir el feminismo en un servicio de acompañamiento emocional masculino: sería el mandato de siempre con otro nombre. Le toca al que ya tiene el lenguaje, al que ya pudo pagar la entrada. Ese tiene algo que el hombre corriente no puede comprar, y hasta ahora lo usó sobre todo para marcar distancia, para dejar claro que él no es como su papá, como su tío, como sus compañeros de trabajo. Marcar distancia da estatus. Hablarles da trabajo y no luce. Mientras use el lenguaje para apartarse en vez de para traducir, el lugar va a seguir vacío, y ya se sabe quién lo está llenando.
La pregunta no es qué hacer con los hombres que ya cambiaron. Es qué hacen ellos con todos los demás.
Mi papá quizás nunca va a leer esto. Pero alguien tendría que hablarle. Y no puede seguir siendo siempre la derecha la única que lo intenta.

