Cuatro hombres y una mujer: sobre una violación grupal, el consentimiento y el deseo

El 5 de marzo, después de una fiesta de bienvenida en la Universidad San Sebastián de Concepción, una estudiante terminó en un departamento con cuatro hombres. Lo que pasó ahí lo investiga la justicia. Hará lo que hace la justicia en estos casos, con todas las taras que arrastra, que son muchas. Pero ya hablaremos otro día de eso.
Lo que sí podemos decir las demás es lo obvio. Cuatro hombres y una mujer en una pieza no es una conversación entre iguales. Es una ecuación de fuerza. Que conste: podríamos estar todos ahí dentro queriendo follar. Pasa, está perfectamente, no se le explica a nadie. Pero ella dijo que no fue eso. El abogado defensor salió a la televisión a usar la palabra “consensuado” con el mismo aplomo con el que sus colegas decían antes: “ella se lo buscó”.
El caso de Concepción es uno. Hay miles que no llegan a tribunales y millones de noches que pasan sin ser noticia y que también merecen pensarse. El consentimiento, esa palabra que el feminismo peleó durante décadas para meter en el lenguaje público, se está usando hoy contra las víctimas con la misma facilidad con la que ayer se usaba el escote. Eso no significa que la palabra esté mal. Significa que era el piso y la confundimos con la casa.
¿Y qué es entonces consentir? No es firmar un contrato. Eso ya lo sabemos. Clotilde Leguil lo dice así: consentir es decir sí sin saber del todo. Es un acto de confianza con el otro, una apertura hacia algo cuyo final no controlamos. El consentimiento es una fe laica. Un “creo en ti” sin garantías. Una entrega en la que, claro, puede haber malentendidos, historias que se desvían, aventuras que terminan siendo callejones. Por eso ningún protocolo lo resuelve. Por eso es, antes que nada, un riesgo.
El problema empieza cuando ese sí no es una apuesta sino un cálculo. Cuando una dice “sí” porque el “no” va a salir caro, porque hay cuatro hombres alrededor y una sola puerta, porque hay un marido al lado y quince años en común y una historia que sostener. Eso ya no es consentir. Eso es ceder. Es obligarse a una misma a hacer lo que no se desea, porque hay una voz interna, externa, ambiental, social, que reclama obediencia. La frontera entre los dos, dice Leguil, se vuelve turbia con mucha facilidad. Hay sí que parecen consentimiento y son cesión. Hay sí pronunciados con la boca de quien está calculando el costo del no.
Y después está el deseo, que es otra cosa. Entre el consentimiento y el deseo hay un espacio inquietante y delicado que todas habitamos. A veces deseamos y no consentimos. A veces consentimos sin desear. A veces consentimos, deseamos, y al día siguiente no entendemos qué pasó. Esto no es un fallo de las mujeres por no conocerse bien. Es la naturaleza misma del deseo, que es opaco, contradictorio, móvil. El consentimiento intenta gobernar ese territorio desde fuera y por eso se queda corto: ni siquiera intenta tocar la pregunta de qué se desea. Solo registra si la boca se movió.
¿Cuántas de ustedes han follado sin desearlo? Levanten la mano mental. Sigan leyendo. ¿Cuántas dijeron que sí porque era más rápido que decir que no, porque llevaban tres semanas evitando el tema y se notaba? ¿Cuántas se ducharon después con esa sensación rara que no tiene nombre y que al día siguiente no le contaron a nadie porque no había nada que contar? Ese sí está en regla. Es un sí jurídicamente impecable. Ningún tribunal va a llamarlo violencia. Tampoco yo lo llamo así. Pero tampoco lo llamo desear.
Katherine Angel señala que se nos exige saber. Llegar a la cama con un mapa terminado del propio deseo, leerlo en voz alta, firmarlo. ¿Y si no sabemos? ¿Y si dudamos? ¿Y si bebimos, si subimos al departamento, si en algún tramo del trayecto algo en nosotras dijo quizás? A ellos no se les pide mapa. Llegan con apetito y con permiso. La cultura neoliberal quiere convencernos de que el deseo es transparente, verbalizable, ordenable como un formulario online. Pero pretender iluminarlo todo no produce libertad, produce una mujer artificial que sabe lo que quiere antes de quererlo. Esa mujer no existe. Pretender que existe es regalarles, sin darnos cuenta, la herramienta con la que nos van a decir mañana que nuestros síes ambiguos valieron como síes claros.
Clara Serra lleva años repitiendo lo que pocas quieren oír: esto no se arregla con más Código Penal. ¿Penas más altas? ¿Leyes más finas? Llegaremos al juicio mil con la misma escena: una víctima demostrando que su no fue suficientemente no, un abogado demostrando que el sí fue suficientemente sí, un tribunal evaluando centímetros de consentimiento como quien tasa un accidente de tránsito.
Mientras tanto, arriba, en la habitación donde se vive, las cosas están peor de lo que admitimos. Los chicos llegan a la primera vez con un manual aprendido en pantallas pequeñas. Las chicas miden si están siendo suficientemente sex positive mientras performan orgasmos copiados. Follan menos, se tocan más solos, se tienen miedo. Y todo eso, oficialmente, en cifras, en formulario, está consentido.
La pregunta que importa no es solo “¿dijiste sí?”. Es otra. ¿Qué queremos las mujeres del sexo cuando podemos quererlo? ¿Qué tendría que pasar para que un grupo de hombres, una madrugada cualquiera, no asumiera automáticamente que va a obtener un sí? ¿Qué hacemos con todas las veces, las íntimas, las domésticas, las del martes a la noche, en las que el sí salió pero el cuerpo no estaba ahí?
Esas preguntas no se le hacen a un tribunal. Se le hacen a una cultura entera. A los colegios donde se enseña anatomía y no deseo. A las series donde el sexo siempre es perfecto. A los gimnasios donde se fabrican cuerpos para ser deseados pero no para desear.
Y mientras tanto, en los tribunales, la palabra sigue cambiando de manos. Cada vez que la pronunciamos nosotras, ellos la afilan más. Hoy “consensuado” la dicen los abogados defensores. Mañana la van a usar para archivar denuncias antes de que lleguen al juez. El consentimiento sin deseo, codificado en ley, sin contexto, sin distinguir el sí libre del sí calculado, es una trampa que se cierra sobre nosotras. Lo logramos meter en el lenguaje y ellos lo metieron en sus alegatos. La palabra que iba a protegernos está empezando a defenderlos. Hay que sostenerla, sí, porque no tenemos otra. Pero hay que sostenerla sabiendo que también puede volverse en nuestra contra. Y eso no es paranoia. Es lo que ya está pasando.
El consentimiento es necesario, gastado y un poco arrebatado por el enemigo. La seguimos usando. No tenemos otra. Pero la conversación de verdad está más adentro. Está en lo que esa estudiante de Concepción tuvo que denunciar por Instagram porque la justicia no se movía. Está en lo que ningún tribunal va a saber leer del cuerpo de una mujer que entró a un departamento y salió otra. Está en cómo nombramos lo que pasa entre el sí jurídico y la noche que no se duerme.
Esa conversación, todavía, no es nuestra.

