“Se hace la víctima”: el dolor bajo sospecha

Por Verónica Aravena Vega
Una madre apareció en televisión pocas horas después de perder a su hija de dos años. Habló con claridad. Señaló al padre como responsable. No tartamudeó, no se quebró, no fue sostenida por nadie mientras hablaba. Y Chile, que llevaba un día entero consternado por la muerte de una niña, encontró un segundo objeto de fascinación: la temperatura emocional de su madre.
Hablan de tu frialdad, le escribió alguien en redes. Me quedé con esa frase varios días. No porque fuera cruel —que lo es—, sino porque revela con mucha precisión lo que le pedimos a una víctima para aceptarla como tal.
Le pedimos un cuerpo.
Un cuerpo roto, de preferencia. Una voz que tiemble. Frases que no terminen. Ojos hinchados, manos que no saben dónde ponerse, alguien que te sostenga del brazo. Le pedimos un colapso legible, televisable, que nos confirme que el dolor tiene una forma reconocible y que nosotros sabemos reconocerla. Si en cambio la víctima habla con precisión, si señala responsabilidades como quien ha pensado antes de hablar, si parece más sujeto político que cuerpo doliente, algo no cuadra. Y la incomodidad del público se transforma en veredicto.
Yo conozco esa mirada. Cualquier mujer que haya tenido que explicar algo que le hicieron —en una comisaría, en un juzgado, en una comida familiar— la conoce. La que mide si tu dolor es creíble por cómo te tiembla la voz. La que te descuenta credibilidad cada vez que construyes una frase demasiado bien. La que necesita verte rota para creerte, y si no te ve rota, sospecha. Es la misma mirada en el estrado, cuando una mujer abusada declara sin llorar y el tribunal anota que estaba serena, como si la serenidad fuera evidencia en contra. Es la misma en la oficina de la asistente social, cuando una madre denuncia y el funcionario le dice que se la ve muy entera. Es la misma en la mesa del domingo, cuando cuentas algo que te pasó y tu cuñado dice; pero no parece que te haya afectado tanto, como si el permiso para nombrar lo que te hicieron dependiera de cuánto te tiembla la voz al nombrarlo.
No es casualidad que ese escrutinio caiga principalmente sobre mujeres. El guion de la víctima es, antes que nada, un guion de género. A los hombres que pierden se les permite la rabia seca, el silencio de piedra, el puño sobre la mesa. A las mujeres se les exige el desborde. Si no desbordan, mienten. Si no colapsan, calculan. Si hablan con la mandíbula firme, algo esconden. La mujer que sufre debe ser ante todo un cuerpo que se desborda; la que piensa mientras sufre resulta sospechosa de no sufrir lo suficiente.
Laura Macaya lleva años poniendo nombre a esto: la buena víctima. No es una persona. Es un dispositivo. Todo aparato que gestiona el sufrimiento ajeno —el punitivo, el mediático, el de redes sociales— necesita una víctima pasiva, impotente, que no amenace. Que no acuse con demasiada lucidez. Que no se parezca demasiado a alguien que podría prescindir de la compasión del público y seguir hablando igual. La víctima que piensa demasiado rápido desarma la máquina. Y la máquina se venga. No con una sentencia. Con un comentario en redes. Con una conversación de almuerzo donde alguien dice a mí esa mujer no me convence.
Pero la buena víctima no es solo un problema de percepción. Es una trampa política. Clara Serra lo formuló de una manera que a mí me resultó difícil de soltar: cuando exigimos pureza emocional para conceder legitimidad al sufrimiento, lo que hacemos es construir un sujeto que solo puede hablar desde la herida y nunca desde el análisis. Un sujeto que tiene permiso para llorar pero no para acusar. Que puede conmovernos pero no incomodarnos. Que es escuchado en la medida exacta en que no amenaza nada. Santificar a la víctima —exigirle fragilidad, bondad— es otra forma de disciplinarla. De devolverla al lugar que ya tenía asignado: un cuerpo que siente, que padece, pero no nombra. Lo contrario de un sujeto político. Exactamente lo contrario.
Y hay algo más que estos casos dejan ver con una claridad incómoda: el victimismo que tanto se denuncia —esa supuesta explotación del sufrimiento como identidad— acá opera al revés. No es la víctima la que se aferra a su dolor como carta de presentación. Es el público el que le exige que lo haga. Es la audiencia la que necesita que seas solo tu herida, y cuando resulta que también eres una mujer que piensa, que acusa, que exige con la voz firme, la audiencia retira la compasión. No la cuestiona, no la discute: la retira. Como quien quita un beneficio a quien no cumplió los términos del contrato.
Pasó con la madre en el matinal. Pasó con Carolina Eltit, que volvió de la flotilla a Gaza con costillas fracturadas y sesenta horas de detención encima, y lo primero que encontró en redes no fue indignación por lo que le hicieron sino el reproche por haberse ido: ustedes fueron sin que nadie los obligara. Una mujer torturada por un ejército extranjero, y el debate público gira en torno a si se lo buscó. No importa lo que te hagan, ni lo que denuncies, importa si te lo merecías, si lo denuncias con la cantidad justa de temblor.
Todo ese discurso contra el victimismo —tan popular, tan transversal, tan cómodo— omite algo elemental: que la mayor fábrica de victimismo no son las víctimas. Es el público que les exige que no sean nada más. Es el espectador que necesita un dolor con formato, una tragedia que produzca cuerpos dóciles, un sufrimiento que se pueda consumir sin que incomode demasiado. La víctima que no se ajusta al guion no falla como víctima. Falla como contenido. Y eso es lo que no se le perdona.
Porque lo que estos casos dejan al descubierto no es que seamos crueles. Es algo más preciso y difícil de admitir: que la compasión tiene condiciones. Que para recibir empatía hay que merecerla, y merecerla significa verse como la empatía espera que te veas. Que hay un casting permanente para el papel de víctima legítima, y que quien no pasa el casting queda fuera de la protección simbólica que la sociedad dice ofrecer a quienes sufren.
¿A quién protege el guion de la buena víctima? No a quien sufre. A quien mira.

