El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿De qué se ríe, presidente? La insoportable liviandad de Kast

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 460 x 460 px 3

Dicen las malas lenguas que el presidente anda estos días de muy buen ánimo, soltando la risa en las entrevistas y rematando sus discursos con tallas. La más comentada la dejó hace pocos días en la Enade. Cerrando su intervención ante los empresarios, rescató una frase viral de hace diez años, “el mejor país de Chile, hermano”. La soltó y, satisfecho, la repitió mirando a la sala, seguro de que el chiste le había resultado. Del público apenas asomaron un par de risas nerviosas. No lo cuento como chisme de pasillo. Fue una periodista que lo cubre de cerca quien contó en la radio, visiblemente incómoda, que ese tono liviano reaparece cada vez que le preguntan por el ministro Rabat y por el desastre que arrastra su gobierno, hasta dejar a sus propios colegas de prensa sin saber qué cara poner. Y añadió algo peor: por lo que ha visto, el presidente a estas alturas no está escuchando a nadie.

No soy de las que se sorprenden con esto. No hace falta ninguna agudeza especial para saber lo que es José Antonio Kast, heredero del pinochetismo y pieza de una internacional de ultraderecha que no tiene nada de abstracta. Esta misma semana, en su primer viaje presidencial a Europa, su agenda arrancó con Santiago Abascal, el líder de Vox y siguió en Italia con Giorgia Meloni, justo mientras en Chile ardía la crisis que su propio gobierno había encendido. Lo que Kast es y con quiénes se junta, no estuvo nunca en discusión para quien no prefiriera mirar hacia otro lado. Lo que no habíamos visto, porque no había ocurrido, es su desempeño en el poder. Se pasó años siendo candidato y antes fue un parlamentario que nunca hizo mucho. La primera vez que le toca conducir algo de verdad y responder por las consecuencias es esta, en la presidencia, frente a un país entero. Y verlo ahí, ocupando por fin el cargo que persiguió tanto tiempo, resulta más vergonzoso y más inquietante que cualquiera de sus viejas definiciones ideológicas.

El telón de fondo sobre el que ocurre toda esta liviandad no es menor. El país que el presidente administra mientras bromea tiene hoy más de un millón de personas sin trabajo, 1.007.976 para ser exactos según el último dato del INE, la cifra más alta desde 2021 y una que no ha parado de subir desde que él llegó a La Moneda. A eso se suman un costo de la vida que no da tregua y una crisis de salud mental que nadie en el gobierno parece querer aliviar, con la inseguridad metida ya en cualquier sobremesa. Con todo ese marrón encima del país, el presidente se anda riendo por ahí.

El episodio más grotesco de ese cuadro es el que encendió la indignación de las últimas semanas. Que el gobierno haya rebajado condenas y devuelto a la calle a decenas de hombres sentenciados por violar y abusar de niños y niñas es, incluso para sectores que rara vez coinciden en algo, uno de los errores más graves que el país recuerde en mucho tiempo. Lo reconoció el propio presidente cuando admitió que había sido un error y que el Estado les había fallado a las víctimas, aunque, según cuentan quienes estuvieron cerca, lo soltó sin que se le descompusiera la sonrisa. Su ministro de Justicia terminó imputado por prevaricación. Varios de los condenados que recuperaron la libertad están de vuelta en los mismos barrios donde viven quienes sufrieron sus abusos y a esas familias nadie se tomó la molestia de avisarles.

La risa es, con toda probabilidad, lo único del todo honesto que el presidente ha mostrado en este asunto. Las palabras graves las redacta cualquiera y un asesor se las escribe en diez minutos. La risa no se delega. Se ríe con comodidad quien se sabe a salvo, quien intuye sin pensarlo que la cuenta la pagará otro, lejos, donde él no mira. Su buen humor mide la distancia exacta entre la mesa donde se tiran las tallas y las casas donde nada de esto tiene la menor gracia.

Uno se pregunta qué le pasa por la cabeza a un hombre así. La tentación es imaginar un cálculo frío, un estratega que mide costos y concluye que reírse le conviene. No hace falta ir tan lejos. El presidente se ríe porque se siente en su casa, dentro de una burbuja de clase que confunde con el país entero. Se mueve como en su zona de confort, convencido de que cualquier papelón se arregla con otra ronda de reuniones, igual que en los directorios o en las aulas de la Universidad Católica por las que pasó de joven haciendo política gremial. Son lugares donde se llega perdonado de antemano, donde los errores se diluyen entre pares que se cuidan las espaldas. Se ríe, me parece, porque en el fondo cree que sigue ahí, y no en La Moneda administrando el dolor de un país que no se parece en nada a esos salones.

La psicología social tiene un nombre para ese gesto de achicar un horror hasta volverlo un trámite manejable, para poder seguir funcionando sin que la culpa estorbe: lo llama desconexión moral, más o menos lo que en Chile decimos, bajarle el perfil. Habrá quien diga que exagero, que Kast es abogado y que de tonto no tiene un pelo y es verdad. La estupidez de la que hablo no se mide en ningún test ni tiene que ver con los títulos colgados en la pared. Dietrich Bonhoeffer, que la vio de cerca en la Alemania que se entregó al nazismo, decía que es un problema político antes que intelectual, algo que el poder produce cuando le corta a alguien el cable entre lo que dice y lo que ocurre a su alrededor. Por ahí se entiende que un hombre pueda decir que el Estado falló a las víctimas y reírse dentro de la misma frase, sin registrar la contradicción, como si las palabras hubieran perdido contacto con aquello que nombran. Lo que la risa deja ver tiene poco de la maldad grandiosa de las películas y bastante de algo más cotidiano, y por eso mismo más peligroso: un hombre que dejó de sentir el peso de lo que dice.

No estoy diciendo que el presidente tenga algo averiado en la cabeza, ni reparto diagnósticos ni etiquetas de manual, que sería tan injusto como falso. Mi punto es el contrario de un diagnóstico. Ese gesto es demasiado común como para encerrarlo en una patología individual y ahí está lo más perturbador: es algo que el poder le hace a casi cualquiera que empieza a creerse intocable.

Nada de esto es una impresión solo mía ni un invento de la prensa que lo cubre. El reproche de que el presidente no entiende lo que tiene entre manos viene estos días desde su propia vereda, desde la misma derecha que debería respaldarlo. Evelyn Matthei, que compitió contra él y perdió, salió a decir en televisión que no sabe si en el gobierno le están tomando el peso a lo que significa gobernar. Agregó que no lo ve metido en las decisiones del día a día y que empeñarse en sostener a Rabat revela una falta de criterio preocupante. Y remató con una crudeza que ningún opositor habría mejorado: la mayor crisis que un gobierno se haya autoinfligido. Mientras tanto la derecha se parte en pedazos discutiendo si respalda o no al ministro que Kast se empeña en blindar. Cuando hasta los tuyos te miran así, el problema dejó de ser de los decretos y pasó a ser del hombre que firma y se ríe.

Y esto, presidente, es de verdad. No es la testera de un directorio donde el papelón se olvida a la semana siguiente mientras todos siguen almorzando como si nada. Más de un millón de personas sin pega no se arregla con una buena puesta en escena. Y ningún gesto de imagen borra que haya condenados por violar y fotografiar niños de vuelta en sus calles, mientras sus víctimas se enteran por la prensa de que el agresor anda suelto. Se están jugando vidas y la foto del gabinete, que es lo que parece desvelarlo, es lo último que debería importarle.

“Todo va a estar bien”, repite cada vez que puede, la misma frase con la que cerró su discurso ante los empresarios en la Enade y la misma con la que despacha los puntos de prensa que lo incomodan. Puede que dentro de esa sala, entre los suyos, con la puerta bien cerrada y la alfombra mullida, la frase incluso sea cierta. La risa del presidente sigue sonando ahí adentro, cómoda, en ese lugar al que casi ninguno de nosotros fue invitado y donde, por lo que se ve, nada de lo que pasa afuera logra entrar.

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