“Deje su currículum y lo llamamos”: el desgaste emocional de buscar trabajo donde ya casi no hay
Por: Verónica Aravena Vega

En Chile hay 1 millón 7 mil 976 personas buscando un trabajo que, mientras lo buscan, se sigue destruyendo. El dato del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) es de esta semana, pero lo importante no cabe en el porcentaje, porque detrás de cada punto hay alguien que lleva semanas, a veces meses, mandando currículums para recibir siempre la misma frase, cuando recibe alguna: “deje su currículum, nosotros lo llamamos”. Es fácil leer eso como una queja de época, la “generación de cristal” angustiada porque buscar pega es una “mierda” y despacharlo con un simple: “siempre fue así, aguántese”.
Casi todos hemos pasado por ahí, o lo tenemos al lado: el hermano que lleva medio año mandando currículums, la amiga a la que le dicen que está sobrecalificada para un puesto y sin experiencia para el siguiente y que al final acepta cualquier cosa que pague poco y no tenga nada que ver con lo que estudió. Que te digan que no, de mil maneras distintas y durante meses, es una de las experiencias más compartidas que hay y quizá por eso la damos por normal y no la miramos de frente. Pero no es una cuestión de temple y hace casi un siglo que está estudiado.
En 1933, tres sociólogos austríacos estudiaron Marienthal, un pueblo industrial cerca de Viena que quedó por completo sin trabajo cuando cerró la fábrica que lo sostenía. Esperaban encontrar rabia y ganas de organizarse, pero se toparon con una comunidad exhausta, que había perdido la noción del tiempo y caminaba cada vez más lento, sin fuerzas ya para imaginar un futuro. Comían peor y dejaban pasar hasta las pocas oportunidades que todavía aparecían, porque la cesantía larga les había gastado la energía para desear. Lejos de encender la revuelta, el desempleo largo apagaba a la gente. Aquello no quedó en 1933: se ha confirmado estudio tras estudio desde entonces y lo que todos apuntan es que el trabajo sostiene bastante más que el bolsillo, también el orden de los días y el lugar que uno ocupa entre los demás, de modo que no conseguirlo desarma a una persona por dentro mucho antes de vaciarle la cuenta.
En Marienthal el desempleo tenía una causa clara y una fecha: el día que cerró la fábrica. Hoy no hay una sola fábrica ni un solo día, solo una búsqueda que se alarga sin final porque no hay dónde llegar. Buscar sin encontrar durante meses tiene efectos propios, más allá de los de simplemente no tener trabajo. Los estudios sobre búsqueda de empleo la describen como una tarea agotadora y solitaria, un trabajo no pagado que obliga a fabricarse entusiasmo cada mañana para salir a venderse de nuevo. Lo que vuelve, cuando vuelve, es casi siempre un no, o peor, el silencio de las plataformas, que ni siquiera deja un no al que contestar. El rechazo repetido, además de doler, enseña a esperar el rechazo y los estudios más recientes muestran que, cuando el no se vuelve rutina, la gente empieza a evitar incluso enterarse del resultado y a retirarse para no exponerse otra vez. Eso es el desaliento, el nombre técnico de rendirse: la persona sigue necesitando trabajo pero deja de buscarlo porque ya no cree que exista y en cuanto deja de buscar la estadística la saca de los desempleados y la pasa a “inactivos”, una categoría que en Chile no para de crecer.
Que todo esto hace daño no es una impresión, es de lo mejor documentado de la psicología del trabajo. Estar sin empleo aproximadamente duplica el malestar psicológico y el daño deja marca, porque aunque después se consiga pega, eso que la literatura llama scarring (cicatrización) no se borra del todo; lo que parece una fragilidad pasajera deja secuelas que duran años, mucho después de que se olvide la anécdota del currículum repartido. En los hombres el efecto está aún más estudiado, porque sobre ellos recayó siempre el mandato patriarcal de proveer y quedarse sin trabajo les saca el piso de la identidad, además del sueldo. Por eso la cesantía masculina prolongada aparece una y otra vez asociada a la depresión y a las conductas de riesgo. Un estudio chileno reciente, hecho en un pueblo del Maule, encontró además que el desempleo ni siquiera golpea parejo, que hay quien lo resiste y quien se quiebra y que buena parte de esa diferencia la explica la red que uno tenga alrededor más que ningún temple personal. A diferencia de una derrota puntual, el rechazo que se repite va corroyendo algo más básico, la confianza en que uno sirve para algo, hasta que cuesta distinguir el mercado cerrado de un defecto propio.
Nada de esto se queda, además, puertas adentro de quien busca. La investigación sobre desempleo paterno viene mostrando cómo esa falta de ingreso se mete en el clima del hogar y en los vínculos y cómo afecta distinto según el género, porque suele ser la mujer la que estira lo que hay y sostiene el ánimo de la casa, tenga o no trabajo remunerado propio. La frustración de no encontrar termina repartiéndose, callada, por toda la mesa.
De puertas afuera reescribe trayectorias enteras, con números que lo respaldan. El desempleo, sobre todo el de los hombres, dispara el riesgo de que una pareja se rompa, algo medido en decenas de países y atado justamente a ese mandato de proveer que se viene abajo. No para ahí: a los más jóvenes los deja pegados en casa de sus padres, sin forma de independizarse ni de empezar nada propio. Basta mirar a España, un espejo cercano, donde apenas un 15% de la gente joven ha conseguido irse de casa, el peor dato en casi veinte años. A muchas mujeres el no poder trabajar les cierra la salida, porque sin un ingreso propio cuesta muchísimo dejar una relación que no se quiere y la dependencia económica es de las razones mejor documentadas por las que una mujer se queda, a veces aguantando violencia. Multiplicado por un millón, todo esto compone el ánimo de un país, una sociedad medio desganada que camina cada vez más lento.
Nada de esto ocurre en el vacío: ocurre en el Chile de Kast, donde el Estado no pone la inversión en empleo que haría falta y las grandes empresas no contratan ni invierten, con las pymes cerrando de fondo y el miedo a perder la pega vuelto un ruido permanente. El plan que el gobierno anunció promete 100 mil puestos frente a un millón parado, mientras le baja los impuestos a las grandes empresas en lugar de exigirles que inviertan. En ese cuadro, que cada persona viva su búsqueda fallida como un fracaso estrictamente suyo le resulta funcional al poder. Lo que vieron en Marienthal hace noventa años sigue sirviendo, el desempleo masivo y prolongado no produce rebelión, produce resignación. Un millón de personas convencidas de que el problema son ellas no salen a pedirle cuentas a nadie y un gobierno que se limita a administrar la cifra no necesita reprimir a quien ya se levanta cada mañana a competir contra otros mil y se acuesta seguro de que el que falló fue él.
Y si todo esto se agrava porque cada uno lo carga a solas, creyendo que la culpa es suya, la primera salida no cuesta plata ni espera a ningún gobierno: romper esa soledad. Dejar de preguntarle al que busca si ya encontró algo, que es justo la pregunta que lo hunde y seguir contando con él como si no hubiera dejado de servir, pesa más de lo que parece. La salud mental que se desmorona con el desempleo se sostiene entre varios, bastante mejor que a solas con una app de meditación. Y lo que no cabe en ningún gesto privado hay que exigírselo a un gobierno que cuenta con que su millón de parados se quede callado, un cálculo que solo cambia cuando el silencio se rompe.
El millón que hoy espera una llamada es la medida exacta de un país que dejó de producir el trabajo que todavía exige encontrar. Mañana alguien volverá a imprimir su currículum y a salir a repartirlo con la misma necesidad de siempre, y la llamada quizá no entre. Lo que todavía está en nuestras manos es que no la espere solo.

