El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿De qué sirve marchar?

Por: Constanza Heredia

images


A raíz de una conversación y de volver sobre muchas otras, me he quedado pensando en una pregunta: ¿De qué sirve marchar?

Me la hago porque marcho. Porque conozco esa sensación extraña de volver a casa, mirar las noticias y descubrir que aquello que una vivió de una forma ya está siendo contado de otra.

En Chile, hace siete años, marchamos como pocas veces. El 25 de octubre de 2019 más de un millón de personas llenó Santiago. Parecía abrirse algo definitivo. Siete años después, la Constitución sigue siendo la misma. Y palabras que entonces parecían anunciar otro tiempo (dignidad, derechos, comunidad) han sido desplazadas por otras (seguridad, control, frontera, orden).

Entonces la pregunta vuelve a mí con cierta crueldad: ¿Para esto marchamos? No quiero regalarle esa pregunta a la derecha. Tampoco quiero responderla con una consigna. Los panfletos hoy ya no alcanzan.

Hay una desolación difícil de nombrar en este tiempo. Miro América Latina y siento que algo se ha ido estrechando, la posibilidad de imaginar una vida compartida y de pensar que los problemas de otros también pueden ser nuestros. En su lugar avanza una política de miedo y repliegue que poco a poco constriñe nuestra imaginación de lo común.

Rebecca Solnit me ayuda a mirar esa incomodidad desde otro lugar. En Wanderlust. Una historia del caminar, desplazarse a pie no es solo ir de un punto a otro. Es una forma de pensar con el cuerpo y de habitar el mundo. En sus páginas aparecen peregrinos, manifestantes, mujeres que disputan su derecho a transitar solas y multitudes en las calles. Caminar es también la posibilidad de aparecer.

Solnit observa que las marchas reúnen aquello que la vida privada mantiene separado. Personas que nunca se habían visto descubren que comparten una demanda, una rabia o una esperanza.

¿No ocurrió algo de eso en octubre de 2019? La calle hizo visible un malestar fragmentado. Esa fuerza abrió el proceso constituyente, pero no pudo conducirlo hasta el final. Ahí aparece una disonancia. En 2022, el 62% rechazó la propuesta constitucional. Sentir que somos muchas y muchos no es lo mismo que ser mayoría. Quienes llenamos la Alameda creímos, por momentos, ver a Chile entero. Pero después apareció otro Chile, quizás uno que siempre había estado ahí. Esa distancia no se juega solo en las urnas. También aparece en la forma en que una movilización es narrada.

Volví a pensarlo tras la marcha de la CONFECH del 1 de octubre. Miles volvimos a la Alameda bajo una demanda elemental, ni un peso menos para la educación. Horas después, la conversación pública se había desplazado hacia los enfrentamientos frente a la Universidad Católica. Quizás por eso la calle se disputa más de una vez. Mientras la caminamos, cuando intentamos traducir esa fuerza políticamente y cuando se decide qué quedará de ella en la memoria pública.

Si nada de esto garantiza un resultado (una ley, una nueva Constitución), ¿por qué sigo creyendo que marchar vale la pena? Tal vez porque marchar ya hace algo antes de conseguir aquello por lo que salimos.

Una marcha tiene objetivos concretos, pero no se agota en ellos. Incluso cuando lo que se exige no se consigue, salir y ocupar una calle convierte una demanda en presencia pública. Cuando camino junto a miles de personas, hay algo que mi cuerpo entiende antes que cualquier análisis político. Aquello que me preocupa no me pertenece solamente a mí. Esa certeza puede engañar sobre cuántos somos, claro que sí, pero no sobre lo otro. Aquello que yo vivía como un problema propio también atraviesa la vida de otros.

Algo de nuestro tiempo, en cambio, nos empuja a interpretar experiencias sociales como responsabilidades individuales. La deuda, el trabajo precario, la jubilación, la educación de los hijos terminan siendo devueltos a cada persona como asuntos que debe resolver por sí sola. Por eso ya no estoy segura de que la mejor pregunta sea de qué sirve marchar. Tal vez habría que preguntar otra cosa. ¿Qué perdemos cuando dejamos de hacerlo?

Podría abrirse ahí un abanico de pérdidas posibles. Quisiera detenerme en una. Perdemos uno de los pocos espacios donde todavía podemos experimentar, con nuestro cuerpo, que existe algo entre el individuo y el Estado. Algo común, aunque sea frágil y momentáneo. Quizás eso sea también aquello que alguna vez llamamos pueblo.

Marchar no garantiza una victoria. Nunca la ha garantizado. Pero en un tiempo latinoamericano atravesado por el cansancio, el miedo y la individualización de la vida, mientras ganan espacio proyectos que ofrecen orden y autoridad frente a la incertidumbre, conservar la posibilidad de aparecer juntas y juntos en el espacio público sigue teniendo un valor difícil de medir. No se trata de insistir en que la marcha siempre sirve. Estoy lejos de esa certeza. Me interesa, más bien, dejar abierta una pregunta más desafiante y mirarla de frente. ¿Qué ocurre con una sociedad cuando deja de aparecer ante sí misma?

Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x