¿Cómo se supone que cuidemos nuestra salud mental si apenas alcanzamos a vivir?
Por: Álvaro Ortiz Villalobos

Al escribir, casi siempre termino en la misma disyuntiva: ¿qué tanto vale la pena? Pese a que he encontrado en estas columnas un desahogo y una manera de compartir cómo atravieso el Chile actual a mis 26 años, muchas veces me cuestiono hacerlo por el simple hecho de que nunca me ha generado un ingreso. Y ese pensamiento, aunque parezca pequeño, también dice bastante de la época que nos tocó vivir.
Hemos sido arrojados a un mundo donde el tiempo tiene que producir algo, donde incluso aquello que hacemos como hobby parece necesitar una utilidad, un rendimiento, una rentabilidad. Hemos aprendido a medir nuestro tiempo en función de cuánto valor somos capaces de generar para el mercado y, peor aún, pareciera cada vez más difícil imaginar que las cosas puedan funcionar de otra manera.
Quizás por eso no sorprende tanto lo que mostró esta semana la duodécima entrega del Termómetro de la Salud Mental en Chile Achs-UC. Un 18,5% de las personas encuestadas presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental. Son 5,8 puntos porcentuales más que en abril de 2025 y la cifra más alta registrada en cuatro años.
Pese a que la seguridad continúa entre los principales motivos de estrés, de cerca le siguen varios índices que habría que tomar en consideración. El estrés asociado al cambio climático aumentó 14,3 puntos y llegó al 53,8%. Los cambios sociopolíticos alcanzaron el 52,5%, con un alza de 9,1 puntos. Y un 46,7% manifiesta preocupación por la situación económica futura.
Por primera vez, además, el estudio preguntó por el acceso y financiamiento de la salud. Un 49,4% declara sentirse muy estresado ante la posibilidad de necesitar tratamientos o medicamentos y no poder pagarlos. Otro 49,2% teme enfermarse y no recibir una atención adecuada. Hasta enfermarse se convierte, entonces, en una amenaza económica.
Y cuando el trabajo, que alguna vez pudo pensarse como una herramienta para sostener la vida, también se transforma en una fuente permanente de incertidumbre, el círculo comienza a cerrarse sobre sí mismo. El temor a perder el empleo aumentó hasta el 24,7%, mientras un 23,3% declara sentirse altamente estresado ante la posibilidad de que la automatización o la inteligencia artificial afecten su estabilidad laboral o la de alguien de su hogar.
¿Y cómo no temerle a perder el trabajo cuando, actualmente, la desocupación llegó al 9,6%? El INE informó que en el trimestre junio-agosto de 2026 las personas desocupadas aumentaron 13% en doce meses y que, quienes quedan fuera, tampoco saben cuánto tiempo estarán ahí, ya que la duración promedio de la búsqueda de empleo alcanza los 7,8 meses. Para casi 187 mil personas, se extiende por un año o más buscando.
La situación, al complementarlo con otros estudios, solo se hace más difícil de digerir. El informe N.º 45 de Claves Ipsos reveló en noviembre del año pasado que un 45% de las personas consultadas señala que su hogar no alcanza a llegar a fin de mes con los ingresos disponibles. Entre quienes reciben $500.000 o menos, la cifra llega al 61%.
La incapacidad económica también termina afectando la forma en que nos valoramos como personas. Nos hemos acostumbrado a que el trabajo no solo sea la condición para pagar una casa, una cuenta o una enfermedad, sino también para acceder al tiempo libre, al descanso, a viajar, a disfrutar. Incluso aquello que debería existir por el simple hecho de estar vivos parece haberse convertido en una recompensa que debemos financiar: pagamos una suscripción para ver una serie después del trabajo, una mensualidad para ir al gimnasio, una entrada para distraernos, un viaje para desconectarnos.
En “La sociedad del cansancio”, Byung-Chul Han describe el paso desde una sociedad disciplinaria hacia una sociedad del rendimiento, donde la exigencia termina interiorizándose. Ya no hace falta que alguien nos ordene producir constantemente: aprendemos a exigirnos hacerlo nosotros mismos. Por eso incluso cuando dejamos de trabajar, cuesta realmente dejar de sentir que deberíamos estar haciendo algo más, algo productivo.
Lo que hace todavía más difícil esta situación es la desconexión de quienes reciben nuestro poder para administrar el país. En medio de este debate de salud mental aparece el niño símbolo del gobierno de José Antonio Kast, el ministro Jorge Quiroz. Ante el alza de la parafina, el titular de Hacienda afirma que “hoy día nadie consume parafina, porque a estas temperaturas la verdad es que el consumo es mínimo”. Dos días después se desdice tras las críticas.
Lo complejo, quizás, no es solamente si la afirmación podía sostenerse estadísticamente. Es también qué tan lejos puede quedar una decisión económica de la experiencia concreta de quienes dependen de ella. Una autoridad puede discutir porcentajes de consumo, pero una familia puede estar calculando cuánto combustible puede comprar para pasar la noche.
Hoy se nos pide confiar en que favorecer la inversión y reducir la carga tributaria a las empresas terminará traduciéndose en más crecimiento y mejores condiciones de vida, pero Marx, tan anticuado como la premisa a la que se sujeta el gobierno de que “el mercado se regula solo”, ya había cuestionado la lógica detrás de esa confianza. En “El capital” escribió: “Toda acumulación se convierte en medio al servicio de una nueva acumulación”. Esa necesidad permanente de crecer, producir y acumular no necesariamente coincide con lo que las personas esperan de la vida.
Al final vuelvo a preguntarme: ¿qué espacio queda para vivir en medio de todo esto?
Me parece que esa pregunta no habla solamente de escribir una columna que no genera ingresos, sino de algo mucho más grande: de una generación que empieza a preguntarse si vale la pena traer más personas a un mundo en el que cada vez cuesta más garantizarles tiempo, tranquilidad, salud, trabajo y un futuro que no esté permanentemente condicionado por los intereses del dinero.

