¿Por quién votaste? El voto es secreto: sobre por qué nadie quiere admitirlo
Por: Verónica Aravena Vega

En el almuerzo del domingo alguien saca el tema de la bencina, de las cuarenta lucas de más que le clavaron la última vez que llenó el estanque y todos en la mesa asienten con la boca llena. Después, casi de pasada, con la sonrisa ya puesta para la talla, cae la pregunta: “oye, tía, ¿usted no había votado por Kast?”. La tía se ríe, dice que votó nulo, cambia de tema con el postre. Nadie insiste. Todos siguen comiendo. Nadie se cree lo del nulo.
Pasa en todo Chile. Un país que en 2019 llenó las calles gritando lo que pensaba hoy baja la voz cuando alguien menciona al gobierno. Entre medio hubo un estallido social, una pandemia y dos textos constitucionales que terminaron en la basura. Quedó el cansancio de haber opinado tanto para no cambiar nada. Hablar de política es la forma más segura de arruinar un almuerzo y la tía que esconde su voto hace lo que hace media mesa.
En Estados Unidos a esto le pusieron nombre hace cuarenta años: el efecto Bradley. Un candidato negro perdía elecciones que las encuestas le daban ganadas, porque los votantes blancos le decían al encuestador que votarían por él y después no lo hacían, para no quedar como racistas. En Chile vimos un asomo de algo parecido en el plebiscito de 2022. Todas las encuestas anticiparon el triunfo del Rechazo, pero se quedaron cortas: la más citada le daba 53% pocos días antes y terminó ganando con casi 62%. El voto obligatorio explica buena parte de esa distancia, porque llevó a las urnas a millones que no aparecían en los sondeos, así que no hace falta suponer que todos mentían. Pero algo se guardó ahí.
Los números no acompañan. El desempleo llegó a 9,4% en el trimestre marzo-mayo, el más alto desde la pandemia. La economía apenas se mueve: el Banco Central proyectaba hasta un 3% de crecimiento para este año y después de meses de cifras en rojo las estimaciones se desplomaron a un 1% en el mejor de los casos. La bencina no ha parado de subir desde el bencinazo de marzo, cuando el gobierno modificó por decreto el mecanismo que la contenía y la gasolina saltó casi 400 pesos por litro de una vez, el mayor salto desde los años setenta. Y el déficit fiscal terminó más alto de lo prometido: el propio ministro de Hacienda de Kast tuvo que corregirlo al 2,4% del PIB y reconocer que no cumplirán la meta de equilibrio fiscal que juraron en campaña. A seis meses de asumir, seis de cada diez personas desaprueban al gobierno.
Uno pensaría que basta con ponerle esos números por delante a la tía para que suelte la lengua. Que el sueldo que no alcanza, o el ministro de Hacienda explicando en la tele por qué no va a cumplir, la van a obligar a decir en voz alta que votó por esto y se equivocó. No ocurre. El dato no la llevó a votar y no la va a hacer confesar.
Nadie vota por una tasa de desempleo. Se vota por cosas más difíciles de graficar. A la tía le habían asaltado la casa, o conocía a alguien a quien sí. Había visto cambiar su barrio sin que le preguntaran y llevaba años oyendo a la misma clase política prometer lo mismo. Alguien le ofreció orden cuando lo que tenía era miedo y le creyó. Eso no se cae con una cifra; aguanta incluso cuando los números la contradicen, porque nunca fueron los números lo que estaba en juego. Amador Fernández-Savater lo dice en su último libro , “La Batalla del pensamiento”: a nadie lo cambia el argumento correcto, uno cambia cuando algo le toca el deseo, cuando el cuerpo entra en juego.
Es una mala noticia para quienes creen que basta con juntar pruebas. La oposición lleva meses apilando indicadores como quien arma un expediente para un juicio que nadie convocó. Fernández-Savater distingue opinar de pensar: opinar sale barato porque no compromete nada, uno descarga la indignación y sigue igual. Pensar cuesta el cuerpo, porque obliga a preguntarse si uno no será también parte de lo que denuncia. Y quien le tira cifras a la tía tampoco se juega gran cosa: descarga el número y se va tranquilo, sin preguntarse nunca si él mismo es parte del país que critica.
El silencio de la tía es pura vergüenza. Decir el voto en voz alta sería reconocer que tuvo miedo y que el miedo la llevó a tragarse cosas que en frío no se tragaría. Eso no lo saca ningún informe del Banco Central.
Y si con datos no se sale, no tengo una fórmula de recambio. Lo que sé es que lo que se hace hoy no funciona. Ganarle a la tía la discusión sobre la bencina no la mueve; a lo más la deja defendiéndose mejor. A lo mejor lo que falta es dejar de buscar el argumento que la haga rendirse y hacerle otra pregunta, una que no la arrincone: qué esperaba que le arreglaran, de qué tenía miedo cuando marcó la papeleta. Es una conversación lenta, incómoda, que no cabe en un titular ni en un hilo de Twitter y que casi nadie quiere tener, porque obliga a escuchar una respuesta que a uno no le va a gustar. No arregla nada por sí sola, pero es lo único que apunta a donde el voto se decidió.
La decepción ya está ahí, debajo del postre, en el segundo de más que dura la risa. Callar solo la posterga. Tarde o temprano va a buscar salida y puede irse por dos lados: hacia una promesa de orden todavía más dura que la anterior, o hacia alguien que le hable a ese cansancio sin exigirle primero que confiese en qué se equivocó. Qué camino tome depende de quién esté dispuesto a sentarse a conversar con ella antes de que vuelva a votar.
Oficialmente ya no quedan indecisos: la elección terminó hace más de un año. Pero la tía sigue diciéndose indecisa cada vez que alguien pregunta en la mesa. Uno puede mostrarle la boleta de la bencina las veces que quiera y ella va a volver a cambiar de tema con el postre. El voto es secreto por ley, para que nadie pueda pasarte la cuenta por lo que votaste. La tía ya no lo esconde del Estado. Lo esconde de nosotros.

