Escudo de las Américas: votaste por Kast, ¿también por Trump?
Por: Álvaro Ortiz Villalobos

“La historia la escriben los vencedores”. O eso todavía quieren creer. Y septiembre, en Chile, es probablemente el mes en que más nos gusta discutir quiénes fueron los vencedores y quiénes quedaron del otro lado.
Durante siglos se pensó así, porque la historia también formaba parte del botín de guerra. Quien conquistaba un territorio no solo se quedaba con sus riquezas y su poder, sino que además se daba el lujo de convertir la violencia propia en una gesta heroica y la resistencia ajena en barbarie, como le pasó a Chile tras ese fatídico 11 de septiembre de 1973. Pero esta frase, como tantas otras que marcaron el siglo pasado, pertenece a un mundo que ya no alcanza para explicar el presente.
Ya no alcanza porque el relato dejó de ser solo una consecuencia de la victoria y pasó a convertirse en una herramienta para alcanzarla. En una sociedad saturada de información, la verdad se disputa mientras los hechos todavía ocurren. Mientras algunos aceptan el diagnóstico de que el ex presidente Gabriel Boric había llevado al país a una situación de “emergencia” —concepto que José Antonio Kast convirtió en uno de los ejes de su campaña—, otros vemos la huella de una manipulación política capaz de transformar problemas reales en una sensación de crisis total y permanente. Una narrativa que finalmente terminó abriendo las puertas de La Moneda.
Eso es, en buena medida, la posverdad. No un mundo donde la verdad haya desaparecido, sino uno donde puede ser desplazada por afirmaciones que “se sienten verdaderas”. El sociólogo Steve Fuller la describió como una “máscara de legitimidad”, pues los hechos ya no determinan quién tiene razón, sino que cada actor reviste su propio relato de verdad para justificar su búsqueda de poder. Y cuando esa disputa está atravesada por el dinero y los intereses de la ultraderecha, no todos los relatos compiten en igualdad de condiciones.
Javier Milei encarna lo que esa fábrica le ha hecho al continente: un excéntrico que ayer insultaba desde X hoy lo hace investido como jefe de Estado. Desde la presidencia argentina califica de “basura humana” a periodistas y adversarios, convencido de que una victoria electoral le concede ese derecho.
Esa misma lógica desembarcó el jueves 3 de septiembre en Santiago, durante el Foro Madrid, una alianza que declara defender la libertad, la democracia, la soberanía nacional y el Estado de derecho, pero que por momentos parece más bien una reunión de mocitos del presidente estadounidense, Donald Trump, prestos a secundar sus pretensiones de controlar el hemisferio.
Allí, Milei vino a cobrar el botín ideológico del triunfo de su amigo Kast. Habló del “derrocamiento del comunista Allende”, presentó la dictadura como el inicio de décadas de estabilidad y calificó a la izquierda como un grupo de “zurdos mugrosos negadores de la realidad”. Ahí hay algo más grave que un insulto: la idea de que la democracia puede reducirse a los que ganaron la última elección y que todo lo demás —las instituciones, la memoria, la oposición y los millones de ciudadanos que votaron distinto— son obstáculos.
Hannah Arendt advertía que cuando los hechos dejan de importar y la frontera entre verdad y opinión se desdibuja, la política puede convertir la mentira en una herramienta de poder. Eso es lo que ocurre cuando durante años se repite que el país está al borde del abismo, que la amenaza está en todas partes y que el adversario político es parte de esa amenaza. El relato fabrica la amenaza y luego ofrece la solución. Y así, casi sin debate, Chile acaba de entrar al Escudo de las Américas.
Nuestro presidente adhirió formalmente a una iniciativa impulsada por Donald Trump para coordinar a los países del hemisferio contra el crimen organizado. El acuerdo contempla intercambio de inteligencia, acceso a tecnologías de seguridad, capacitación de fuerzas policiales, coordinación fronteriza y cooperación económica. El mandatario obvio se apresuró a aclarar que aquello no afecta la soberanía y que tampoco se trata de operaciones militares. Todo muy tranquilizador, casi parece que Chile se hubiera inscrito en un grupo de WhatsApp para compartir datos sobre narcotráfico.
Sin embargo, hay letra chica, como siempre. La declaración contempla acciones contra organizaciones calificadas como narcoterroristas, congelamiento de activos, restricciones migratorias y de visado, y plantea solicitar a la OEA un Órgano de Consulta bajo el Tratado de Río. En otras palabras, Chile no solo está compartiendo información policial. Está alineando al país con la agenda de Trump, haciendo propios sus enemigos y sus prioridades, y poniendo la política exterior al servicio de una guerra ideológica. El costo concreto del servilismo ideológico.
Es cierto que los bots no votan. A Kast, Milei y Trump los eligieron personas reales, y desconocerlo sería otra forma de negar la realidad. Pero que hoy ocupen el lugar de los vencedores no es ajeno a un ecosistema comunicacional que instala temas, fabrica climas de opinión y convierte prejuicios en banderas políticas.
Según la última encuesta Plaza Pública de Cadem, un 48% está en desacuerdo con que Chile se haya incorporado al Escudo de las Américas y un 52% considera que hacerlo implica subordinarse a Estados Unidos. Al mismo tiempo, las medidas concretas de cooperación contra el crimen organizado reciben amplio respaldo. Es decir, una cosa es que los chilenos hayan votado por un gobierno con determinadas prioridades y otra muy distinta es asumir que ese voto incluía todas las decisiones que ese gobierno quisiera tomar después.
Porque el voto no es un cheque en blanco. Y menos aún una autorización para convertir cada preferencia ideológica del gobierno en política de Estado. Si la incorporación al Escudo de las Américas fuera únicamente una decisión técnica de cooperación contra el crimen organizado, la discusión sería una. Pero cuando esa decisión también implica asumir determinadas alianzas, prioridades y enemigos en política internacional, la pregunta deja de ser solo qué se está haciendo contra el narcotráfico y pasa a ser qué más estamos aceptando en nombre de esa lucha.

